Make it with you.

Una calle angosta llena de vida y ajetreo, personas que van de un lado a otro: niños que se dirigen a la escuela, señores y refinadas señoritas que caminan rápidamente a su lugar de trabajo sin notar el tiempo que se les escapa entre las manos, cual fino oro que se gasta inútilmente.

En la esquina se encuentra una tienda de música de agradable apariencia aunque no lujosa, en la que se puede hallar cualquier cosa, desde tríos como los Panchos hasta bandas de la talla de The Rolling Stones.
Las horas transcurren entre el veloz trajinar de la gente. Frente a la tienda pasan un sinnúmero de personas, cada una ocupada en sus propios asuntos.

Ya declina la tarde cuando una joven mujer se detiene frente a la tienda esperando el camión que la llevará a casa después de un duro día de trabajo en la empresa CASA MARZAM donde es secretaria. Varios muchachos al pasar junto a ella la observan con interés pero no es consciente de ello, tan ocupada está en pensar lo que debe hacer al llegar a casa con su familia y en rememorar lo ocurrido en el día. Un joven de negro cabello y expresión tímida se detiene cerca de ella, muchas emociones se adivinan en sus ojos claros, profundos y misteriosos. Su corazón anhelante lo impulsa a contemplarla tan fijamente como si fuera a desvanecerse de pronto en el aire, como a una suave ensoñación que acabará por desaparecer, y él sabe, sabe que tiene que mirarla no sólo esa tarde sino todas las del resto de su vida, sabe que aunque tiene poco tiempo de conocerla sus almas se han identificado y han descubierto que son una sola. Sabe que sus latidos y el sentido de su vida dependen de ésa simple acción.

Fija la atención en su largo cabello castaño oscuro, el cual se mueve suavemente siguiendo el compás del viento; en su cara redonda pero delicadamente delineada; en sus ojos un tanto oscuros pero increíblemente dulces, reflejo de un alma llena de matices y que muestran diferentes emociones, imperados sin embargo por una melancolía indescifrable; sus delgados labios en los que ansía depositar un beso puro y real. Ve su ropa anhelando grabar en su memoria cada color, cada detalle, cada contorno.

Inhala profundamente buscando la valentía que, traidora, se evapora cada que está en su presencia. Ella es amable con él aunque siempre lejana, como la luz de una estrella que no sabes si te alumbra, igual a una oración que ignoras si es escuchada. Y él necesita saberlo, necesita conocer cada secreto que yace en una mirada, en una sonrisa. Necesita vencer las barreras que ella coloca para protegerse de incognoscibles peligros, para demostrarle que no pretende herirla, que no quiere perderla antes de haberla poseído.

Se acerca silenciosamente, con ternura, para no asustarla y le da ligeros golpecitos con el dedo en el hombro. Ella se da la vuelta, la sorpresa inunda sus ojos cafés abarcándolos por completo. Aparentando una tranquilidad y una despreocupación que está lejos de sentir la saluda y ella responde con alegre y distraída cortesía.

Como si no acabara de abordarla en el trabajo para platicar reinicia sus preguntas y comentarios devanándose la cabeza por decir algo interesante, ella sólo sonríe y realiza comentarios de tanto en tanto. Él tiene miedo, cada poro de su cuerpo es torturado por la incertidumbre, sabe que será difícil conquistar su corazón pero no quiere abandonar tan rápido la empresa, aunque le cueste media vida, pues su corazón sólo quiere darle cada latido, sus oídos sólo quieren escuchar su voz, sus ojos sólo quieren admirarla y su ser entero rendirse de adoración eternamente.

No se explica cómo es que ha pasado a ser fundamental en sus proyectos. Ha llegado a ésa escondida ciudad huyendo de los recuerdos y el dolor, de los engaños y decepciones, de las esperanzas asesinadas, de las ilusiones muertas, buscando un futuro lleno de luz y tratando, inútilmente, de cerrar sus sentidos para el mundo. Una simple mirada, una sonrisa, bastaron para derribar el duro muro que ocultaba su triste debilidad, le ha curado un poco sin saberlo, con esas misteriosas actitudes suyas, con esas atenciones que le han tocado fibras que jamás consideró sentir y, lamentablemente, ni siquiera se ha dado cuenta. Le aterra pensar que es uno más, que no siente ni puede sentir lo mismo que él. Se flagela el pensamiento buscando una manera… una manera…

Pidiéndole que lo espere un momento entra corriendo a la tienda de música. Ella lo mira un tanto desconcertada y apenas atina a asentir deseando que no se tarde demasiado pues ya debe llegar a su hogar y ha dejado pasar demasiados camiones. Luego de un rato que a ambos les parece eterno (aunque sean tan distintas las razones) sale, una enorme sonrisa corona su rostro e ilumina sus hermosos ojos. Porta con delicadeza y algo de orgullo una pequeña bolsa negra que deposita con mano firme y alma temblorosa en la mano de ella. Con curiosidad la abre y saca lo que contiene dentro: un casete que lleva escrito el nombre de la banda “BREAD”, sonríe por cortesía sumamente extrañada y él insiste en que quiere mostrarle una canción especial así que lo coloca en el walkman y se pone los audífonos, inmediatamente suenan los acordes lentos, delicados y melodiosos acompañados de la agradable voz del intérprete.

“Hey have you ever tried, really reaching out for the other side?”

Él la mira con intensidad confiando en tocar su corazón. Un lenguaje sin palabras se establece entre ellos cortando toda comunicación con el exterior, fluyendo a través de la tranquila canción que hace brotar sensaciones inesperadas. En forma de notas un no sé qué cálido y vibrante penetra en ella, quien minutos antes se sentía indiferente y un tanto aburrida.

“Dreams there for those who sleep, life is for us to keep, and if you’re wondering what this song is leading to I want to make it with you, I really think that we can make it girl.”

De golpe comprende lo que yace en el fondo de él que la ve como hipnotizado con esos ojos, dos armas capaces de rendir a cualquiera por más frío y fuerte que sea; la sensación cálida sigue recorriéndola y le provoca escalofríos, teme que todo sea una cruel broma del destino, su interior se niega a ceder, está aterrada.

“Though you don’t know me well and every little thing only time will tell…”

Se acercan un poco más, ahora es imposible retirar la mirada, ella adivina un poco del fondo de él y nota su genuina e inocente sinceridad, se da cuenta de que a pesar de todo sigue creyendo en el amor, el cual en lo personal le preocupaba muy poco hace menos de cinco minutos, cuando pensaba en regresar a su casa a seguir con su vida, huyendo del peligro de entregar su corazón herido y roto.

“Life can be short or long, love can be right or wrong, and if I chose the one, I’d like to help me through, I’d like to make it with you…”

La sensación cálida ha llegado por fin a su corazón transformándolo, las lágrimas brillan en sus ojos al descubrir un poco del cariño que él le tiene, las dudas siguen asiéndola con sus huesudas y descarnadas manos pero decide darle una oportunidad, darse una oportunidad de volver a creer, de volver a soñar, de volver a esperar.

Le sonríe para indicarle que ha captado su mensaje, él le corresponde aturdido pues no imaginó que su idea fuera a dar resultado. La esperanza ha abierto sus brazos colmándolo de alegría y paz, de valentía para encarar el futuro a su lado. Se inclina para besarla y ella, con una mueca traviesa que él no alcanza a percibir sube rápidamente a su transporte diciéndole adiós con la mano, una sonrisa resplandece haciéndola más bella que nunca. Algo apabullado descubre que sólo ha sido una pequeña victoria y camina a su casa con la canción adhiriéndose a su ser entero, convirtiéndolo en una melodía andante, cuyas palabras van cobrando vida, vibrando en su interior… y en el de ella.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Revelación.

La inexperta muchacha suspira aburrida detrás del viejo y corroído mostrador de madera. El rumor de las conversaciones se esfuma con las personas que cruzan la puerta de cristal sin dirigirle una mirada. Apenas han pasado unos cuantos minutos y se fija nuevamente en el reloj de la pared, el cual se burla cruelmente con el tic tac desesperante de sus afiladas manecillas. Volviendo a suspirar, derrotada, se concentra en los garabatos y rayones que traza en una blanca hoja de papel. Está tan absorta en su trabajo que no nota la sombra proyectada en el cuaderno y los demás objetos encima del mostrador. Escucha que alguien carraspea con fuerza y levanta la vista sobresaltada. Él se encuentra ahí sonriendo de esa manera que le causa un escalofrío delicioso que la atraviesa y daña como si Cupido, no contento con lanzarle un dardo, la azotara con mil a la vez. Le corresponde atontada sin saber qué decir extendiendo la mano para recibir su credencial. Roza su piel y el estómago le da un vuelco.

Lo ve alejarse por entre las estanterías con el anhelo latiendo en su interior. Fingiendo que tiene libros por acomodar se sitúa en un estante cercano a Él. Sintiéndose un poco acosadora lo observa casi sin pestañear recordando los escasos momentos que han formado juntos: no sólo ha sido el insignificante trámite de recoger su credencial y sellar los libros que se lleva, han compartido risas cómplices, miradas sugestivas, pláticas sobre temas variados… un algo más que la hace creerse especial. Sonrojándose rememora el día que se despidieron con un beso en la mejilla.

Tan hondo yace sumergida en el lago azul de las vanas ensoñaciones que no se da cuenta cuando una incitante y atractiva mujer pasa a su lado con evidente desdén. Regresa a la triste realidad al tiempo que la ve rodearlo con los brazos, siendo amorosamente correspondida por Él.

¡El cruel dios Amor ha cortado implacable las frágiles y nacientes alas de su más íntima ilusión! Despechada, como si quisiera cavar más en su carcomido corazón se queda ahí, vigilándolos un tanto descaradamente. Luego se dirige a su lugar desbordada de un peso aplastante que le oprime los órganos vitales.

Poco después Él se aproxima tomado de la mano de la provocativa fémina. Extiende la mano con indiferencia para recibir la credencial, ni una sonrisa o una mirada especial acompañan su petición. Los contempla mientras caminan hacia la salida disfrutando su propia atmósfera de amor sin percatarse de lo que ocurre a su alrededor.

Como hace pocas horas suspira y atisba al despiadado reloj que parece mofarse con sus cortantes manecillas. Una lágrima solitaria, luz del desengaño, resbala tiernamente por su mejilla.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Sagrario de evocaciones.

Me destiño levemente
cada vez que tú me miras,
transparentando el alma
regresas dulcemente.

El sabor de tus besos
da forma a las mentiras
que me digo para no morir
en el triste ocaso
de las palabras finales.

Nos despedimos con
la promesa de no volver
al camino ya tapiado
de las caricias
que colmaron nuestros
versos iniciales.

Las plegarias no me
ayudan a olvidarte
¡Oh, dios de los
anhelos ya prohibidos!

Vago sin motivos
buscando la manera
de acceder a tus gracias
que prodigas
en brazos ajenos.

Recojo el fruto amargo
que dio la cosecha
de nuestra separación,
en el fértil seno
de la tierra que
es mi carne.

Adorno con flores
el camino de la tumba,
el altar de los recuerdos
de aquella,
nuestra unión.

Ofrezco en inmolación
mi sangre,
con gusto de deseo,
y aún me atrevo
a colmarte, de
ese algo
que forjó
mi llanto y lo
convirtió en polvo.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Confusión.

Despierto en medio de una oscuridad total. Todo a mí alrededor es silencio y tranquilidad.

Me encuentro aturdida pues he dormido más de lo que acostumbro. Supongo que aún es de noche y la luz eléctrica no funciona ya que, a pesar del tiempo que ha pasado sigo sin ver nada en torno a mí.

Luego de un rato, comienzo a sentir mucha sed y pienso que puedo llegar a la cocina a tientas, después de todo mi casa es pequeña. Quiero incorporarme y noto las piernas entumidas además de que no puedo moverlas libremente. Un dolor paralizante corre por mi espalda con pasos ardientes siguiendo las huellas producidas por sus antecesores. Me quedo muy quieta en espera de que se vaya igual que los demás, dejándome pisoteada. Al fin parece ceder, sólo permanece una ligera molestia en la parte baja de la espalda.

El ambiente se siente enrarecido en derredor mío, huele a polvo y hace mucho calor. Levanto las manos, que tropiezan con una superficie dura y varias texturas que mi piel no reconoce. Muevo los brazos hacia los lados y chocan con algo duro y pesado. Intento nuevamente desplazar las piernas pero éstas no me responden, como si hubiera perdido la sensibilidad de la cintura para abajo. Mi cuello se encuentra torcido como producto de varias horas en una misma e incómoda posición. Todos los intentos culminan en el fracaso. Comienzo a ponerme nerviosa y mi respiración se hace bastante irregular provocándome dolorosas punzadas en el costado izquierdo.

Me esfuerzo por recordar cualquier cosa que me indique qué me ha llevado a este estado. La fría neblina de mi memoria me muestra la vieja casa de mis padres en el campo. Recuerdo que he ido a visitarlos y que quedé con mis hermanos y primos de explorar cada rincón de ese misterioso lugar. Descubrir que no estoy en casa me produce desazón al acordarme de mi ruidoso y gordo gato, el cual debe estar sufriendo.

Sin embargo, sigo sin saber donde estoy realmente. La imagen de una caída dolorosa danza en mi cabeza, además de juegos y otras anécdotas que compartimos ése día. Me agito llorosa al darme cuenta que no sé cuantas horas han transcurrido. Escucho la voz de mi hermana menor invitándome a jugar al escondite. Luego viene la caída lenta y desgarradora hacia el vacío, al que llegué distraída buscando la salida de uno de los túneles de la antigua morada paterna. ¿O primero fue la caída y después el juego? ¿Sucedió cualquiera de los dos? El suplicio aumenta cada vez más al intentar esclarecerlo.

A pesar de todo me esfuerzo. La necesidad de descubrirlo repta inquieta y apremiante, mordisqueando aquella zona de mi conciencia que nunca se detiene. Luchando por salir, varias escenas pasan frente a mis ojos: el juego del escondite, la caída, las advertencias del médico ¿o era al revés? Ya ni siquiera estoy segura de estar con mis padres. Lo más probable es que haya quedado varada en un bar de mala muerte y ahora me han traído quién sabe a dónde y quién sabe también con qué intenciones ¿O si arribé a la casa de mis progenitores? ¿Si jugué al escondite aún con lo que sucedió la última vez? Las terapias hacen su aparición luchando contra mi claustrofobia, la que curaron generándome adicción a todo tipo de lugares cerrados. Pero ¿la curaron realmente?

Una nueva escena se abre paso a través de las lágrimas: las paletadas de tierra cubriendo un ataúd que no debería estar ahí. La caída… Una posibilidad aterradora rompe el imperturbable silencio… ¡Me han enterrado viva!

“No te dejes llevar por el pánico” me ordeno con severidad. Pero la desesperación es más fuerte y descubro que sí puedo mover las piernas al ponerme a patalear con furia al tiempo que suelto atronadores alaridos. Me canso en pocos minutos y comienzo a sollozar con angustia.

La realidad y mis fantasías se mezclan torturándome.

¿Caída o escondite? ¿Muerte o vida?

¿Caída?

¡No! Escondite… ¿Escondite?

La duda me está royendo y la siento caminar por mis piernas, extrañamente pequeña y peluda. Los gritos se renuevan, ya que en realidad son ratones los que se pasean sin restricción. Levanto aterrada las manos y palpo de nuevo una superficie resistente y una textura ¿textura? ¡Son telarañas! vislumbro en la oscuridad a las arañas grandes y venenosas. El pánico me lleva al delirio y reinicio los golpes arañándome y lastimándome. Los ratones me obligan a patear al entrar en contacto con sus húmedas naricillas.

Deteniéndome exhausta me pregunto: “¿Qué pasará si sigo golpeando hasta abrir un agujero? ¿Me caerá la tierra y moriré aplastada?”. Si no hago lo que sea para salir mi verdadera muerte sobrevendrá y sospecho que no será dulce, ni apacible: irremediablemente me asfixiaré. Poco a poco – no sé si en cuestión de horas o días – el oxígeno se va a terminar, entonces mis pulmones realizarán una lucha titánica por conseguir aire. ¿Estallarán? ¿Cuánto tardaré en perder el conocimiento?

¡Qué manera de ingresar en el olvido! Nunca me preocupe por un cielo o un infierno. Ni siquiera creo en la existencia de algo más allá, con el último latido termina todo, luego me disolveré en la nada.

¿Qué va a suceder con mi cuerpo? Los gusanos harán presa de mí con insoportable avidez. ¿En cuántos días empezaré a podrirme? ¡Qué montón de desechos es el ser humano!

Me deslizo en la inconsciencia llena de relieves. Mi respiración se ha vuelto mesurada, las palpitaciones son débiles.

Una pregunta late en mi cabeza melodiosamente: ¿caída o escondite?

¿Caída?

¿Escondite?

Comienzo a marearme y a jadear en busca de más aire, sé que mis esfuerzos no tendrán éxito. Grito con la esperanza de que alguien me escuche hasta que un ataque de tos me impide continuar. La oscuridad se cierne sobre mí apretándome en un abrazo de muerte que no promete paz. El compás de mi corazón disminuye gradualmente tomando mi mano y guiándome al final…

¡Alto!

¡Acabo de recordarlo!

Sólo estoy en el armario.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Traiciones.

La noche se encuentra plagada de estrellas. Distraída las atisbo por la ventana de mi departamento. Martín acaba de irse, enfadado por mi negativa de pasar la noche con él. Quisiera que en ocasiones no me hiciera sentir como un objeto destinado sólo a su placer.

Me preparo para pasar, la que considero, una de las veladas más tediosas y tortuosas de mi vida ya que intentaré no sentirme culpable y sé que fracasaré por completo. Estoy a punto de retirarme de la ventana cuando reparo en la silueta de un hombre, el cual me observa fijamente, oculto en la sombra que proyecta el edificio de la acera de enfrente. Sus ojos, contra toda lógica, parecen brillar; se encuentra vestido de negro y su sola presencia me produce un escalofrío.

Me encuentro mirándolo tan atentamente que el sonido del teléfono me ocasiona tremendo sobresalto. Me dirijo a contestarlo con miedo, esperando casi que al levantar el auricular sea él anunciándome que va a asesinarme.

– ¿Hola?
– ¿Mónica? ¡Hola! ¿Qué tal te va?
– ¿Manuel?
– Sí. ¿Te encuentras bien?
– Claro. ¿Qué necesitas?
– Mmm… sé que es un poco tarde pero me preguntaba si te gustaría ir a tomar algo por ahí. Hace mucho que no platicamos.
– Por supuesto. ¿Nos vemos en el parque de siempre en unos diez minutos?
– Está bien. Ahorita te veo.

Cuelgo el auricular y me percato de que para llegar al parque debo pasar justo por donde está ese extraño hombre. Por otro lado, la feliz perspectiva de ver a Manuel, mi mejor amigo, termina de decidirme.
Salgo de mi casa con mucha cautela. Sin embargo, a pesar de todas mis precauciones, no encuentro al hombre.

Al llegar al parque me oriento hacia la zona que denominamos “nuestro lugar secreto”. Tengo muchos meses sin pararme por ahí, de modo que me aseguro que sea tal como lo recuerdo: con los columpios que apenas se sostienen y, como fondo, varios árboles carentes de vida.

Manuel se encuentra balanceándose lentamente en un columpio. Lo miro fijamente salvaguardada por las sombras de los demás árboles. En tres años apenas ha cambiado, su expresión sigue siendo tan pensativa como la recuerdo aunque sus ojos no reflejan la misma luz de antaño. Sonrío con nostalgia recordando los instantes que pasamos juntos. Conocernos ¿fue casualidad o destino? Muchas veces me lo he preguntado. Pienso que en secreto nos hemos amado desde el día que nos conocimos pero la vida se esforzó en llevarnos por caminos diferentes y ninguno tuvo la fuerza necesaria para oponerse a ello. “¿Por qué ha regresado?” me pregunto mientras me adelanto haciéndole notar mi presencia. Me siento a su lado y comienzo a balancearme también mirando hacia el vacío de la noche, sintiendo el viento rozar delicadamente mi rostro.

– Sigues recordando nuestro lugar.
– Jamás podría olvidarlo.
– Manuel ¿por qué te fuiste?
– ¿Qué ha sido de tu vida? Recuerdo que tenías tantos proyectos…
– No vas a responderme ¿verdad?
– ¿Y Martín? ¿Siguen juntos?
– Vamos a casarnos la próxima semana.

Me giro esperando ver alguna reacción pero él se mantiene impasible. Enfadada me pongo de pie con la intención de alejarme. Esto me hace más daño que si me hubiera quedado en casa haciéndome recriminaciones. Comienzo a caminar con la determinación de regresar a la seguridad de mi departamento. No he dado más de diez pasos cuando siento que una mano me sostiene y me da la vuelta rápidamente. Como si estuviera en una de mis más locas fantasías me encuentro entre sus brazos, sus ojos brillan y sé que es por mí. Con ternura absoluta deposita sus labios en los míos y por primera y única vez nos besamos.

Es un beso lleno de dulzura, amor, pasión y dolor. El beso que se dan aquellos que saben que no podrán estar juntos.

– Mónica, no te cases.
– No puedo dar marcha atrás.
– Sí puedes. Tú me amas.
– No quiero seguir hablando del tema. Lo mejor para ambos es que esta sea la única vez que nos veamos. Debo irme, no me busques más. Sé feliz.
– No te vayas por favor. Quédate un momento conmigo. Te necesito. Por sólo un rato déjame vivir la ilusión de que estamos juntos.
– Manuel…
– Por favor.
– Está bien. Por sólo un momento vivamos esa ilusión.

El sol entra a raudales por la ventana de mi habitación. El fulgor me obliga a abrir los ojos. A mi lado yace una bandeja con fruta y una nota: “Sé feliz”. Sonriendo con cierta tristeza recuerdo la noche pasada. La aparición de Manuel me parece parte de un sueño, un dulce sueño que pienso atesorar toda la vida.

Los días se deslizan como hojas llevadas por el viento.

Al ir caminando por la acera advierto que frente a mí está el mismo hombre que vi por la ventana de mi habitación; está vestido de negro tal como lo recuerdo, me quedo helada de la impresión. Sin saber por qué el miedo me invade paralizándome. Cruzo la calle caminando velozmente, casi con frenesí.

De pronto, tropiezo con Manuel, quien me mira como si no me conociera y sin dirigirme una sola palabra sigue su camino. Su indiferencia me golpea y el dolor atraviesa mi corazón pues sé que lo he perdido para siempre. Las lágrimas surcan sin misericordia mis mejillas y cualquier intento de refrenarlas desemboca en el fracaso. Ahora, justo cuando menos lo necesito, la memoria de esa noche regresa con fuerza. Lo dejo alejarse, siento como su ausencia me duele, palpo la agonía de lo que será mi vida sin él y no hago nada por impedirlo, lo dejo seguir su camino. Limpio aquella sustancia acuosa que revela mi dolor y me dispongo a ultimar los preparativos de la ceremonia que sellará nuestro destino.

Llamo a Martín para pasar la noche con él. Llega al departamento radiante de alegría y no cesa de besarme con amorosa pasión. Intento responder colmándolo de gozosas sensaciones pero la alusión de otros brazos me entristece, me doy cuenta que me he convertido en una saboteadora experta de finales felices y he obtenido como resultado atesorar dos almas rotas, corazones sangrantes que van muriendo, a los que planeo dar el golpe de gracia en unos días. Veo a Martín fijamente. Él me corresponde inocentemente sin saber lo que encierra la cárcel de mis pensamientos. Me enternezco de su ignorancia y me propongo hacerlo el más feliz de los hombres.

El calor acaricia suavemente mis mejillas colándose indiscreto por la amplia ventana. Me refugio más en la suave textura que cubre a mi compañera de secretos y aventuras. Intento retener la sombra vana de un sueño dulce y lejano que tiene sabor de nostalgia y colores oscuros. Por más que cierro los ojos apretándolos con fuerza el intrépido Morfeo escapa llevando prisionero al dueño de mis ilusiones.

Exhalando un suspiro retiro las cobijas como señal de rendición. A pesar del sol, el frío recorre mi habitación igual a un visitante indeseado que quisiera obligarme a cubrirme otra vez. Pero no puedo hacerlo. Un hormigueo me domina de pies a cabeza sin que logre evitarlo al darme cuenta del día que es y al notar que se me hace tarde. El tiempo va desgajando los minutos inexorablemente.

Me dirijo al baño con desgana, sin ganas de tocar el agua que puede limpiar mi cuerpo pero no la sucia culpa que me horada el espíritu. Luego de unos minutos las gotas heladas van tornándose en un fuego quemante y, debo admitirlo, delicioso. Tallo a conciencia eliminado mis impurezas exteriores, hasta que la piel se vuelve roja y lastimosa. Dejo que el agua me inunde rogando que pueda transformarme en una ondina libre y sin sentimientos. Siento la humedad susurrante que me canta al oído la verdad de mi destino, la cual hierve sin cesar.

El timbre de la puerta desvanece esta melodía. Salgo temblorosa. La piel húmeda me arde.

Doy entrada a dos personas en las que he puesto mi confianza. Charlan sin cesar bastante animadas mostrándose más emocionadas que yo. Esperan con impaciencia a que termine de secarme y me ponga una bata para dar inicio a lo que denominan “su sesión de belleza infalible”. Tengo enormes dudas al respecto pero me guardo de externarlas.

Me siento en un taburete dando la espalda a un enorme espejo. Inmediatamente comienzan a embadurnarme de cremas y otros productos desconocidos para mí. Me rizan las pestañas y me pintan los labios. Transcurrido un rato me piden que me dé la vuelta dando saltitos de emoción. Lo hago y veo que no he quedado tan mal después de todo. Se aprestan a peinarme dándome innumerables jalones y enterrándome numerosos pasadores. Llega el momento de enfundarme el inmaculado vestido. Me ayudan con un respeto reverencial cuidando hasta el detalle más pequeño. Cuando todo ha quedado listo me abrazan derramando lágrimas de emoción que estropean su maquillaje y me vaticinan felicidad, yo intento sonreír. Afortunadamente atribuyen mi mutismo a los nervios.

Con un chirrido se estaciona el auto que me conducirá a la ceremonia. Voy hacia él con pasos vacilantes. Al fin ha llegado la hora.

La ceremonia, la cara del juez, los buenos deseos de personas que no conozco y seguramente no volveré a ver, la alegría de los festejos, la expresión amorosa de Martín, todo ese cúmulo de experiencias que no siento mías danza vertiginosamente en mi cabeza, al compás de los litros de alcohol que consumí desmedidamente, mientras nos dirigimos a lo que será nuestro hogar. Descendemos tambaleándonos sin cesar de reír torpemente. Conseguimos llegar a la puerta, Martín se detiene intentando besarme y tira las llaves que forman un rayo de plata acompañado de un sonido tintineante al caer. Se agacha a recogerlas y al alzar la mirada un terror oscuro, latente, animal, se asoma a ella. Me doy la vuelta alarmada y veo al hombre de negra ropa, quien se acerca a nosotros con parsimonia.

Martín suelta una serie de alaridos agudos y chirriantes. Corre al auto antes de que yo dé un solo paso, entra apresuradamente y se larga como alma que lleva el diablo. Sin parar de maldecirlo intento correr también pero tropiezo con los bordes del ornamentado vestido torciéndome el tobillo con el estúpido tacón de trece pulgadas en una parodia bastante patética de una mala película de terror.

Suelto una carcajada amarga y me sobo el tobillo escupiendo sangre, me he roto el labio. Escucho sus pasos lentos y seguros, los cuales incrementan mi ritmo cardíaco con cada metro de distancia que acortan entre él y yo. Demasiado exhausta para tratar de salvarme lo espero casi con anhelo. Finalmente su sombra me cubre, abarca todos mis sentidos incapacitándome de cualquier defensa. Desciende hasta igualar mi tamaño examinándome con sus ojos carentes de sentimientos y que siguen refulgiendo contra toda lógica. Se inclina hacia mí susurrando con voz tranquila y solemne: “Te condeno por traicionar tu corazón”.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Decisiones.

Lo observo fijamente amparada por una de las grandes columnas que forman el pasaje del parque al cual nos gusta acudir. No para de moverse lo que me confirma, nuevamente, su nerviosismo natural. Me recreo en su figura: su porte gentil y fuerte, sus miembros delgados y vigorosos, su cabello largo y de apariencia sedosa. Mira y remira con ansiedad la pantalla de su teléfono celular comprobando, tal vez, la hora o esperando una llamada que no sé si llegará.

Al fin se sienta exhalando un melancólico suspiro, cansado ya de esperar. Reclina suavemente su cabeza en la banca y cierra los ojos. Contemplo su perfil tenuemente iluminado por los rayos del sol, que se cuelan atrevidos por las hojas de los árboles; las cejas delgadas e irregulares que enmarcan sus ojos, los que, a pesar de yacer ocultos bajo sus párpados, sé oscuros y a la vez límpidos; su nariz recta y sus labios finos e incitantes.

Estoy indecisa. Mi corazón emprende la carrera contra mis sentidos y provoca que cada parte de mi ser se estremezca. Me tiemblan las manos y un frío aterrador penetra en mis huesos dejándome ahí clavada. Me arreglo el cabello y me aliso la ropa en un inútil intento de tranquilizarme. Inhalo y exhalo respirando el aroma de las flores y la esencia de los árboles.

Me dirijo a él silente como una sombra y me siento a su lado con el imprudente impulso de tocarlo. Sin abrir los ojos sonríe y me saluda. Aprovecho para mirarlo más de cerca memorizando el color de su cabello, cada parte de su rostro, la textura de su piel, el volumen de sus labios… Me acerco suavemente sin que lo note.

De pronto, se abren las puertas que resguardan el tesoro de su interior y me veo deslumbrada por su oscuridad. Me hago de un salto hacia atrás profundamente ruborizada refugiándome en el silencio.

Él sonríe nuevamente viéndome con una expresión indescifrable. Sin hacer comentario alguno sobre lo que habría sucedido de haberme yo atrevido, platica sobre cosas comunes y sin sentido para mí. Intento seguir la conversación, sin embargo mi mente no deja de regresar a lo que estuvo por suceder. Me embarga la derrota de mi cobardía y esto arruina cualquier otro pensamiento.

Escucho que menciona con otra de sus sonrisas el día que nos conocimos y sonrío también al recordarlo. Aún conservo la correa del perro que motivó nuestro acercamiento. De ese perro, mi perro, ya no queda más que el recuerdo pues murió hace unos meses.

La conversación sigue otros derroteros hasta que me percato de que ya llevo rato entre sus brazos. La sorpresa es tal que no digo palabra alguna y me limito a mirarlo con, debo admitirlo, no poca desconfianza. Sin más vuelve a soltarme y a mostrarse indiferente. Son, éstos, sus juegos, los que me llevan al borde de la locura, torturándome.

Enfadada me doy la vuelta ignorándolo. Él pone con delicadeza su mano en mi hombro y la desliza lentamente hasta mi mano que toma con fuerza. Varias sensaciones me sacuden, a cada cual más dispar. Tira lentamente pretendiendo darme la vuelta, yo me resisto con cruel satisfacción. Parece cansarse de este nuevo juego y olvidando las buenas maneras me da la vuelta bruscamente.

Antes de que empiece a protestar sujeta mi cabeza y me besa con desconcertante pasión. En lugar de rechazarlo me aferro a él, nuestros movimientos van haciéndose cada vez más frenéticos y anhelantes…

Una minúscula y molesta piedrita arrebata de mí estos pensamientos.

Con la respiración agitada vuelvo a mirar a través de la columna: él sigue ahí con los ojos cerrados. Los abre un instante para fijar la vista, dolorosamente decepcionado, en la pantalla del celular, esperando una llamada que ahora sé no llegará.

Soportando las lágrimas abrasadoras doy media vuelta y me marcho. Después de todo, no tenía sentido revivir un sentimiento agonizante.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

A J.A.

Me miro en tus ojos,
delicada y frágil,
etérea e invisible.

El temor de perderte,
día a día
me abatió como un huracán,
dejándome rota y malherida.

Pienso en tu mirada límpida,
en tu sonrisa cristalina
y en tu voz que reía.

Los recuerdos me abandonan
indiscriminadamente,
se alejan ignorando
mi secreto sufrir.

Todos esos momentos
de feliz inconsciencia
se mezclan con aquellos,
de dolor interminable.

Las drogas
embotaron tus sentidos
y me hicieron creer
que terminarían con
el siniestro enemigo.

Lentamente me desvanecí,
diluyéndome en la cama
que guardó tu agonía.

Los últimos instantes,
deseando tocar tu mano
para acompañarte
en tu nuevo caminar.

Impotente contemplé
la fría indiferencia
de los que prometieron
tu salvación.

Tu vacío mirar
fue la revelación
de la nívea doncella que
tranquilamente,
me arrebató tu alma.

Después, la nada.

Nueve meses ha
que navego en tu ausencia,
muchas lunas
quedaron por abrir.

Y sólo deseo
contigo encontrar
la razón de este silencio.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)