Libertad.

estacion

Sus dedos tamborilean nerviosos a lo largo de la dura superficie mientras el tiempo pasa lentamente, pasa.

Uno, dos, tres trenes se van de largo mientras Ella espera, espera. El corazón va incrementando su marcha cada vez más, más. Quiere encender un cigarrillo pero este resbala nervioso de sus delgados labios. Maldice en voz baja y una anciana enfundada en negros ropajes voltea a verla con desdén. Ella se sonroja y se apresura a ocultar el rostro tras su larga y sedosa cabellera. Sus piernas se agitan nerviosas como incitándola a huir pero consigue mantenerse firme. Se promete no esperar más allá de tres trenes.

Llega el primero velozmente, apenas se detiene unos pocos segundos con las puertas abiertas, como mostrándole que no contiene lo que Ella espera. Suena un pitido sordo y las puertas se cierran, una fugaz figura con grandes ojos que la miran fijos tras las abundantes pestañas negras la sobresalta. Luego desaparece junto con el tren que no disminuye su marcha dejándola intranquila.

Se pasa continuamente la mano por el negro cabello, alisándolo, mientras se pregunta si aquello es una buena idea. A pesar de sus aprehensiones se ve obligada a esperar, esperar.

Se dedica a observar los adornos navideños, los cuales dotan a la estación del ambiente cálido que carece a menudo. Un enorme muñeco de nieve la mira desde la pared, su sincera sonrisa le otorga un poco de la calma que necesita y renueva la esperanza de conseguir liberarse, liberarse.

El segundo tren la sobresalta y echa por tierra sus intentos de permanecer sosegada. Retumbando, se detiene en la estación con un chirrido largo. Abre sus puertas como un animal raquítico y a punto de fallecer y le muestra que él tampoco contiene aquello que Ella aguarda. Las puertas se mantienen abiertas demasiado tiempo, como si quisieran que se asegurara bien de que no se encuentra ahí, ahí. Tras un largo rato se cierran por fin con pesadez y el tren emprende su doloroso marchar. Justo cuando va cobrando velocidad se detiene con un golpe seco. Aterrorizada contempla, a través del vidrio de la puerta de uno de los vagones, una figura que va adquiriendo más y más volumen. Los mismos ojos inmóviles que la hicieron sentir desnuda, los labios que recorrieron ansiosos su cuerpo y que forman una mueca que pretende ser seductora, las manos que se mueven impacientes de su carne.

Cierra los ojos esbozando una mueca de terror ya que se sabe incapaz de resistirlo. El tren emprende quejumbroso su marcha y Ella descubre feliz que no fue más que un ensueño.

Sólo falta uno, un tren más y Ella será libre para siempre, siempre.

En lo que espera al mensajero que proclamará su salvación se distrae dirigiendo su atención a la gran cantidad de personas que transita a lo largo y ancho de toda la estación. Todos sin distinción portan gruesos abrigos y coloridos guantes, gorros y bufandas pues la temperatura desciende con ejemplar constancia. Algunos le lanzan miradas de reojo y los niños la saludan al pasar.

Transcurre rápidamente una hora y la estación se llena de una multitud cansada que sólo desea llegar a casa. Al fin llega el tercer tren. Ansiosa lo mira detenerse, vacío. Las personas se agolpan a su alrededor luchando por ser de los primeros en entrar y obtener un lugar. Se cierran las puertas prontamente y Ella se da la vuelta, un amplia sonrisa comienza a nacer en lo profundo de su ser y se desvanece como la efímera primavera al escuchar una voz grave que pronuncia su nombre saboreando cada sílaba.

Siente una mano fría que le da la vuelta con ternura y su contacto le produce un escalofrío que nada tiene que ver con el frío.

Se topa con aquellos grandes ojos los cuales la miran con voracidad. Las lágrimas pugnan por salir pero su expresión se mantiene y aún consigue esbozar una débil sonrisa.

Él corresponde a ese patético intento de mostrar alegría con una sonrisa esplendorosa y atenaza su frágil cuerpo con sus brazos delgados. Le planta numerosos besos en las mejillas y el cuello anhelando gozar de Ella hasta que no quede una gota de placer por satisfacer. Ella ni siquiera intenta corresponder.

Finalmente posa sus labios con violencia e intenta obligarla a corresponder el beso pero Ella se separa empujándolo con firmeza. Lo mira con un algo que intenta ser valentía y él le corresponde con una mirada suplicante. Niega con un gesto que no admite réplica y abre la boca, de ésta, sólo salen unas simples palabras que resuenan en cada rincón, claras y luminosas:

– Ya no quiero estar contigo.

Después de esto baja la vista, temerosa de la reacción que producirán. Transcurren varios minutos de silencio profundo, como la calma que antecede a la tormenta. Se atreve a levantar los ojos y descubre con sorpresa que él está llorando.

Se quita su inseparable gorra roja y la arroja al suelo, asemejando sin querer a Don Ramón en uno de sus múltiples berrinches. Se pone de rodillas y sin cesar de sollozar abraza sus piernas con actitud implorante. Con delicadeza Ella retrocede unos pasos y lo mira con culpabilidad. Babeando y sin cesar de llorar él suplica, suplica. Inevitablemente la culpabilidad termina trocándose en otra cosa: repugnancia. Con un gesto de confuso asco le dice que jamás volverá a verlo y da media vuelta alejándose con paso firme.

Haciendo pucheros él da media vuelta también, esperando, esperando. Sabe que Ella regresará arrepentida y será su turno de suplicar. Inquieto se da la vuelta y la ve a lo lejos, marchándose, moviendo la cadera al caminar de esa manera que lo vuelve loco, loco.

Corre para alcanzarla sin importar a quién tire a su paso. No puede dejarla ir, es su premio, su tesoro, su cuerpo es el altar en el que adora ofrecer sus libaciones.

Al fin la alcanza y la jala violentamente, arrastrándola nuevamente hacia el andén. Encantado, siente el miedo que se apodera de Ella irremediablemente. Se jura no dejarla ir nunca más, nunca más.

La suelta momentáneamente para asomarse al fondo de las vías en busca del tren. Ella se acerca con lágrimas en los ojos al muñeco de nieve, su sonrisa la invita a un mundo lejos del miedo, de la impotencia, del dolor, lejos de él.

El pitido fuerte y seguro resuena en toda la estación. Con una sonrisa resignada Ella vuelve junto a él, esperando. En sus manos siente la hormigueante tentación. Un empujón y nada más, nada más. Su rostro se muestra transfigurado, la ilusión y desesperanza brillan en sus ojos a partes iguales. El tren se acerca inexorablemente. En el último momento toma impulso y se lanza hacia delante.

El canto melodioso de sus huesos al romperse es lo único que se escucha y parece decir: libre, libre.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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Despedida.

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Se va alejando sobre el andén
aquella serpiente soberbia y emplumada,
dejándote con las esperanzas rotas
y llevándome con
los residuos de un amor inconcluso.

Se va, se va alejando
aquel reptil de color ardiente
transportando dentro de sí
varios entes, magos y brujas,
farsantes llenos de deseos sin cumplir.

Observo muda
el circo de la miseria humana,
el cual actúa siempre sonriente
la comedia que llamamos vida.

Y cada día representa una victoria que se va
si abro los ojos y no estás,
dirijo una sonrisa de cristal
y canto a las memorias del final
que yacen en tu corazón ardiente,
al tiempo que se va alejando sobre el andén
aquella soberbia y emplumada serpiente,
devoradora de sueños.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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A E.A.P.

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Allá en el cementerio
sentada bajo un viejo roble
encóntrose un dulce joven
a la fría seductora.

Lo deslumbró con sus ojos
de mar lleno de misterio
y lo invitó amable
al lugar que no tiene fin.

Atrapado quedó aquel
corazón delatado que
no pudo dar más latidos
en ésa noche traidora.

El vuelo lejano de un
cuervo de aspecto noble
dio fin a la dolorosa
y profunda agonía.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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Monitor.

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El sonido de la máquina aterradora inunda con estridencia la habitación – pip piiip – (silencio) – pip piip…- Interminable, cruel, impostergable se ciñe sobre las dos mujeres temblorosas que intentan no llorar mientras hacen la prueba de mantener vivo el eco roto de su ser – pip piip -.

La certeza del final entra con paso marcial – uno, dos, uno, dos, firmeees YA- y fija su impasible mirada en la escena surrealista que se desarrolla como un cuadro de Dalí – colores, infinidad de colores refulgentes, evanescentes… – . Saca un puro y al dar la primera bocanada su aspecto empieza a cambiar – pip piip –.Se sienta y lo degusta con elegancia.

El adolorido y cansado cuerpo que yace pesado en la cama palidece cada vez más – pip piip (silencio más largo) -. Las mujeres lo observan con algo de impotencia y mucho de nostalgia. Y aunque la esperanza es lo último que muere, termina muriendo al fin y al cabo porque
NADA
PERMANECE
AQUÍ
EN
LA TIERRA

Los cornudos entes de piel roja y blancas alas revolotean alrededor de aquel cuerpo tan amado cubriéndolo de sondas, cortes, piquetes, cortes, electricidad y más cortes.

Un silencio absoluto y asfixiante cubre la habitación – piip piiiip (silencio prolongado)- la más joven cae de rodillas y solloza, todo el dolor del mundo se concentra en cada uno de sus gestos desesperados.

Levanta confundida la mirada cuando llega a su nariz el aroma del puro, una bocanada la golpea en el rostro y ve a un hombre vestido de negro, el cual la contempla con una expresión divertida, sus ojos se abren desmesurados al notar que es idéntico al flácido cuerpo que descansa en la cama.

Él representa la autenticidad de lo efímero, el sonido del silencio que nadie quiere escuchar, lo palpable de su propia mortalidad. Le sonríe con dulzura y deposita los restos del puro a sus pies. Se levanta con agilidad poco natural y sale por la puerta.

– Piiiiiiip piiiiiiiip piiiiiiiiiiiiiip- (y luego, el silencio).

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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