Metamorfosis.

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Manchones de rojo carmín cubren la negra superficie de madera recién pintada fundiéndose en algunas zonas.

Dejando las puntiagudas y afiladas tijeras a un lado, la pálida muchacha observa la culminación de su obra con una mezcla confusa de placer y dolor.

Por fin ha terminado. Se sienta en la cama suspirando de cansancio y recordando, recordando…

El eco discordante de la continuidad se rompió esa fría mañana. Las estrellas aún iluminaban el cielo y rivalizaban con las luces de los postes y los edificios, débiles imitaciones que lograban refulgir debido a no sé qué bien fabricada ironía.

Toma una cajetilla de cigarros que reposa sobre el mueble ubicado a su izquierda. Sus manos frías tiemblan con tanta violencia que tira más de la mitad al tomar uno. Estira la mano para agarrar el encendedor y lo deja caer debido a lo frenético de sus movimientos. Maldiciendo se agacha y sus dedos ansiosos tropiezan con algo suave. Lo atrae hacia sí con curiosidad y la invade un aroma, ahora prohibido y muerto para ella.

– Cámbiate y ocupa tu lugar, ya casi es momento de comenzar – dijo él con voz amable pero indiferente.

Ella asintió con un nudo en el estómago y se dirigió a la bodega, donde se encontraban los vestidores. Miró al cielo por la ventana, aunque las estrellas habían desaparecido no se sentía la presencia del sol todavía, con sus rayos tranquilizadores.

Enredándose con todo por fin quedó lista. Él la esperaba y le sonrió fugazmente con la intención de darle ánimos.

Se para junto a la ventana y la abre para expulsar el humo que asfixia sus pulmones, el cual resulta, sin embargo, tranquilizador. La araña negra que mordisquea su alma se regodea en su interior y mastica ya un poco de su corazón, ya otro poco de sus pulmones, disfrutando antes de llegar al final.

Con un sabor amargo naciéndole en los labios, apaga el cigarro apachurrándolo y arroja la colilla al vacío.

– Tengo un problema con la dueña del negocio – mencionó él como de pasada mientras esperaban la llegada de los clientes.

– ¿Qué sucede?

– Ha prohibido las relaciones amorosas aquí.

– ¿Y eso qué? ¿Andas con alguien? – preguntó ella con divertida curiosidad.

– No… ella cree que tú y yo… ¡es una estupidez! Sólo porque nos ha visto platicar.

Sus ojos se abrieron por la sorpresa y comenzó a reír, él se limitó a mirarla con desconcierto.

– ¡Que mente tan distorsionada!  Jajaja ¿Cómo se le ocurre? Yo tengo veinte y tú como… ¿cuántos? ¿Cuarenta?

El rió también pero la alegría no se reflejó sinceramente en sus expresiones, volviéndose seca y débil.

– El próximo mes cumpliré cuarenta y dos – contestó con voz seria al tiempo que la miraba de una manera extraña, nueva, que le produjo cosquillas en el vientre.

Contempla como la colilla choca con un bote de basura y se sumerge en la inmundicia. La araña muerde más y más, devorando todo lo bueno que yace en su interior, demorándose en las venas y arterias.

Abraza el suéter que sacó debajo de la cama. Lo acerca a su rostro disfrutando su suavidad, aspirando su aroma, que invade sus fosas nasales y penetra en ella, provocándole un orgasmo espiritual.

Este momentáneo y abrumador bienestar sensual precede a la agonía, que viene acompañada por lágrimas hirvientes.

Los días que siguieron a ese breve intercambio de palabras fueron una mescolanza de excitación e inseguridad a partes iguales. Confundida, ella intentó buscarle una explicación a tal cantidad de deseo insatisfecho por una persona que bien podría ser su padre.

Un día de otros tantos entró a la bodega para acomodarla por orden de la encargada. Lo vio en un rincón, guardando sus cosas para irse. Pasó a su lado sin detenerse pero él la tomó del brazo con violencia y la puso contra la pared aprisionándola con su cuerpo y besándola sin darle tiempo a nada más.

Sus rudas caricias disolvieron uno a uno sus prejuicios y los dientes sobre su piel arrancaron sus reticencias con seguridad abrumadora.

La despojó de su ropa con la habilidad que sólo puede dar la experiencia y arrancó de su garganta notas musicales que acompañaron a la perfección el rumor de sus embestidas, formando aquella melodía ancestral y a la vez desconocida, siempre inconclusa.

Cae de rodillas lanzando el suéter al otro extremo de la habitación, como si su contacto la hubiera contaminado. La salina sustancia que brota de sus retinas cae dejando surcos profundos en su piel.

El avance de la araña negra es inevitable. Luego de acabar con su esencia, corazón y pulmones, avanza hacia las cuerdas vocales mordiendo con sádico placer, dejando telarañas y huevecillos por doquier. Agotada se sienta a esperar el final.

– Tenemos que hablar – dijo él unos días después de lo sucedido en la bodega.

– Estoy ocupada ¿no lo ves?

– No puedes evitarlo por siempre.

– No sé qué pensar, todo fue un error. Prácticamente me acosté con mi padre, aunque tú no lo seas.

– Sólo te diré una cosa: Te quiero. Pero sé que estás “fresca” y buscarás sangre joven, te lo mereces. Sin embargo, piénsalo. Conmigo tendrás todo lo que jamás conseguirías con otro.

Unas horas después lo encontró haciéndole el amor a la dueña del negocio. Aspiró fuerte y sintió que algo se introducía por su garganta produciéndole un ligero dolor.

– ¡Espera! lo que vist…

– ¡Vete al carajo! ¿Entiendes? Sólo vete al carajo – dijo sin saber cómo reaccionar y huyó cobardemente.

Finalmente el arácnido termina con sus cuerdas vocales, separando el alma del resto de su cuerpo. Su mano choca contra las tijeras con las que se arrancó el cabello, ve las manchas de sangre sobre la superficie negra y luego su mano atravesada por un corte longitudinal.

Arcadas la invaden de pronto hasta que expulsa por fin a la araña, cubierta de una membrana amarillenta. Sonríe y mira a la desconocida del espejo. Ha matado su fugaz placer y con ello a su propio yo. 

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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