Cierro los ojos y te miro.

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La luz de la luna se filtra por la ventana del cuarto mal iluminado. Dando un suspiro me acerco más a ella mientras sujeto el pequeño libro con firmeza. Mis ojos cansados recorren línea tras línea, página tras página, hasta que llego a la hoja final, que me recibe con un sabor dulce en los bordes.

Suspiro nuevamente y me tiendo sobre la cama dejando el libro a un lado. Mis ojos no han terminado de secarse después del último relato, así que miro al cielo a través de la ventana, intentando retener esa sensación jubiloasfixiante que acompaña el término de un libro, la despedida de su contenido que siempre me deja alegremente adolorida.

Cierro los ojos y esbozo una ligera sonrisa mientras pienso cuál será la siguiente víctima de mi bien proporcionada vista: Jorge Hernández, Pablo Neruda, Benedetti, García Márquez, Julio Cortázar, Lilia Rosa… la lista es extensa, pero eso me causa más alegría que miedo, tal vez haya perdido la cordura, como sea, no creo necesitarla.

Doy la vuelta y me acurruco dispuesta a dormir, la elección es mejor que la haga por la mañana, con una caliente taza de café en la mano.  Despierto sobresaltada horas después al escuchar un suspiro, a lo largo de toda la habitación una serie dispuesta de huellas hechas con cal se encuentra perfectamente distribuida.

“¿Eva?” pienso confusa, me levanto llamándola sin cesar, recorriendo cada parte de mi pequeño apartamento hasta que vuelvo a llegar a mi habitación. Me dirijo al armario que no para de temblar violentamente, y lo abro decidida a terminar por fin con sus juegos. ¡Cuál no es mi sorpresa al encontrarme ante una réplica exacta de la Muchacha en la ventana!, obra de Salvador Dalí, acompañada de una mujer que escribe sin dejar de sollozar, y que, al percatarse de mi presencia me dice: “¿se habrá acordado de mí alguna tarde lluviosa en París? Cierro el armario con la certeza de estar alucinando y retrocedo un poco llevándome las manos a la cabeza.

Una niña pequeña me toma de la mano mientras me pide que no deje a su abuela encerrarla en un convento. Asustada, la suelto y echo a correr fuera de ese recinto de la locura, ya en la salida me doy de bruces con dos mujeres tomadas de la mano, las cuales me sonríen y penetran en el cuarto como si nada. Atónita las observo besarse con ternura mientras Carmen – que no deja de susurrar algo de un pájaro extraño – entra seguida de una mujer con un agujero enorme en el pecho.

He pensado mandar un mensaje con urgencia a Elvira Aguilar para informarle que los personajes de sus cuentos se han escapado de sus páginas, como muestra de rebeldía absoluta, y han venido a poblar mi casa y mi cabeza.

¡Ah, se me olvidaba! Cierro los ojos… y te miro. Sí, a ti, que debes estar creyéndome una desquiciada al tiempo que te recargas suavemente en el respaldo de tu asiento, sintiéndote a salvo de mujeres y fantasmas.

 Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La Huésped.

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“Mi cuerpo es mi hogar,

mi caballo, mi sabueso.

¿Qué es lo que haría

si lo perdiera?

(…)

¿Cómo sería

yacer en el cielo

sin techo ni puertas

ni otros ojos que el viento;

con una nube para cubrirme,

cómo me esconderé?”

 Aburrida doy vueltas y vueltas sin parar, en busca de algo interesante que cambie el panorama de mi día. Rememoro fragmentos de la película vista el día anterior, más por obligación (debido a que se habían acabado las funciones de la que quería ver) que por gusto, y recuerdo que está inspirada en un libro.

 Tecleo el título con poco interés e intento descargar el libro, pero me resulta imposible. Exasperada, entro al enlace que considero mi última opción y lo encuentro.

 La singular sinceridad de la protagonista me toma por sorpresa, así que sigo cada una de sus aventuras y pesares con curiosidad creciente. Como en casi todas las novelas, la indecisión amorosa es uno de los ejes principales. Aunque en este caso, se soluciona con la introducción de otro elemento masculino, dando una salida demasiado fácil.

 El hecho de que la autora sea Stephanie Meyer no es un factor determinante en mi decisión de conocer el libro, a pesar de la fama que últimamente se ha acarreado por su saga de vampiros luminosos: Twilight. Se nota una evolución en el desarrollo de sus personajes, los cuales se muestran más redondos, a diferencia de los pertenecientes a la saga mencionada anteriormente.

 También me llevó a cuestionarme: ¿Qué sentiría si un ser se apropiara de mi cuerpo y no pudiera impedirlo? ¿Qué haría? ¿Cómo me libraría?

 Mismas cuestiones que se plantea Melanie Stryder, luego de que una raza alienígena se apodere de los cuerpos de los seres humanos. La alienígena que se apropia de su cuerpo y que recibe el nombre de Wanda, tendrá que prepararse para enfrentarse a la intensidad de las emociones humanas, mientras se ve embarcada en la búsqueda de los seres que ama Melanie, y que ahora son lo más importante para ella. En el camino conocerá lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Además de la intempestiva aparición, de un joven de ojos violeta que tiene la determinación de mostrarle el lugar al que verdaderamente pertenece.

Sé que tal vez no es el gran descubrimiento del siglo, pero manifiesta ciertos temas a tomar en cuenta, y que, al menos a mí, me llevaron a reflexionar.

He de confesar también que, desde entonces, aún espero a que Ian irrumpa en mi vida, con el violeta de sus ojos como cielo y morada.

 

Misión.

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Corro sin notar la luz de las estrellas que bendicen mi camino mientras intento escapar de aquello que amenaza mi vida.

Los arbustos y demás hierbas intentan impedirme el camino, lo que me revela que están completamente de su parte. Sigo corriendo a pesar de ello, sé que si me detengo estaré perdido sin remedio. Prometí proteger el tesoro aún a costa de mi vida.

Sigo avanzando lo que me parecen horas, las cuales van trocando, poco a poco, mi determinación en vacilación. Doy con una especie de cueva y me escondo ahí, consciente de su proximidad amenazante. Me interno en la oscuridad mordiéndome los nudillos para no gritar al notar su negra sombra acercándose lentamente.

Viene a mi memoria el último día que me encontré con la dulce Cordelia, mi prometida, a la que juré desposar al regreso de mi misión. Sus palabras suaves, aún adheridas a mi alma, me proporcionan el consuelo y el valor que tanto me hacen falta. Evoco su figura delicada, su piel de mármol y el color ambarino de sus ojos como una manera de aferrarme a todo lo bueno y puro que existe en la vida.

También, y sin ser invitado, el recuerdo de ése día toma control de mí, cubriendo todo con su mano fría y despiadada…

– Fernando debes asegurarte que entiendes las instrucciones como se debe o provocarás la ruina de todos.

– Las entiendo, su excelencia.

– Eso espero. Sólo existen dos llaves. Como ya sabes, una la posee el conde y sólo ante él debes presentarte; la ubicación de la otra es un misterio desde hace varias generaciones, así que no te preocupes por ella.

– Así lo haré.

Un ruido cercano me sobresalta y me pongo en guardia, sosteniendo mi espada con fuerza y algo de desesperación. La sombra ha desaparecido y el bosque se muestra algo sombrío, pero tranquilo. Cruzo la entrada de la cueva con prudencia, rezando porque llegue el amanecer y así el término de la misión.

Suspiro aliviado al comprobar que no hay nadie alrededor mío y prosigo mi camino. No he dado más de diez pasos cuando un árbol cercano estira una rama haciéndome caer. Aterrado ante la irregularidad de la situación, compruebo que el concepto de miedo puede ser más amplio de lo que jamás imaginé al ver que la sombra está justo frente a mí, oculta a pesar del intenso brillo de las estrellas.

Da un paso y yo retrocedo, otro más y vuelvo a retroceder, parece que danzamos bendecidos por la refulgente luna. Mientras retrocedo, llegando al límite entre la locura y el horror, viene a mi cabeza un pensamiento extraño: la certeza de que para cualquiera podría parecer algo hermoso, pues hay una exquisita sincronización entre su avance y mi huída, un espectáculo bello aunque el final vaya a acaecer con mi lenta y dolorosa muerte.

Choco contra un árbol y me percato de que, por más que me arrastre, no podré huir. Me doy cuenta también que mi conducta ha sido indecorosa, un caballero no puede caer de esta manera, es ignominioso que el fantasma de la cobardía sea el último malsano recuerdo en la vida de alguien entregado al honor.

Alzo la cabeza con la intención de mostrarle a la sombra enemiga que no me verá caer sin dar lucha.

Mis ojos se abren asombrados al descubrir que una hermosa doncella se encuentra oculta tras la sombra, que no es más que una capa bellamente adornada. Toda ella me deja sin aliento, pero es al posarse mi vista sobre sus ojos que me inunda la dolorosa certeza de haberme perdido para siempre. Su color negro me hechiza a tal grado, que la imagen de la pura y tierna Cordelia desaparece absolutamente de mi alma. Trago saliva intentando recuperar la cordura y la firmeza, pero su sonrisa me dice que no tengo remedio.

Se lleva el dedo a los carnosos labios pidiéndome silencio. Mi espanto se encuentra mezclado con fascinación al mirarla con más detenimiento: de piel tan blanca que parece traslúcida; nariz recta y afilada; labios pequeños y exquisitamente contorneados; ojos grandes y luminosos, que invitan a sumirse en el feliz vacío de la inexistencia; figura menuda y delicada, de movimientos suaves y dotados de una dignidad real, más parecida a una hermosa aparición que a alguien proveniente de este mundo.

Busca entre su ropa, de magnífica apariencia aunque desgarrada en algunas partes, algo que no consigo identificar. Sigo sus movimientos con verdadera curiosidad y anhelo, olvidando que es el peligro al que debía enfrentarme, olvidando que va a asesinarme al no conseguir el tesoro, olvidando el sentido de mi propia existencia. Saca al fin una llave y se inclina hacia mí. El temor vuelve a tomar protagonismo en mis sentidos al reconocerla, recuerdo confundido la aseveración del virrey: “Sólo existen dos llaves. Como ya sabes, una la posee el conde y sólo ante él debes presentarte; la ubicación de la otra es un misterio desde hace varias generaciones, así que no te preocupes por ella…” y suelto un pequeño bufido de indignación. Confusamente pienso que debieron revisar sus fuentes antes de embarcarme en semejante peligro pues la otra llave está perfectamente ubicada, brillando peligrosamente ante mí. Una gota fría de sudor escurre por mi rostro mientras pienso en el tesoro, que vibra dolorosamente en mi pecho, como si supiera que se acerca el final… de los dos.

Sonriendo levemente, ella acerca su mano a mi pecho. Un dolor terrible recorre mi cuerpo al sentir su contacto, quiero retroceder y recuerdo que me es imposible, no puedo escapar. Algo caliente me ilumina interiormente, mi piel se abre lentamente y con esfuerzo, dejando escapar sangre en abundancia, me niego a gritar en medio de la agonía. Un soporte de metal sale del lugar donde debería estar mi corazón, rompiendo algunas costillas en el camino y se abre ante ella con insulsa facilidad. Acerca la llave y comienza a girarla, provocándome punzadas tan absurdamente fuertes, que me niego a creer en la existencia del dolor.

Al fin, la llave se detiene. Mete la mano y saca un objeto pequeño, lo hace tan rápido que me impide ver la forma que tiene. Dejándome ahí arrumbado, se pone de pie y dándose la vuelta se va sin mirar atrás.

La lágrima solitaria que derramaron sus ojos, es el último fantasma que me acompaña en mi viaje al infinito.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

El artista y su cadáver

Imagen Mi primer acercamiento fue accidental, tropecé con él mientras buscaba una distracción de los dulces momentos en compañía de un ser ahora inexistente. El título y la portada llamaron instantáneamente mi atención debido a mi escabrosa imaginación: “El artista y su cadáver” leí intentando vislumbrar un poco más, pero nada. Una sencilla y vaga revisada me convenció de tomarlo al momento. Los relatos, historias o como quieran llamarlo que residen aquí tienen la cualidad de apelar a alguna escondida fibra en el alma, a aquella parte que no nombramos por miedo a ser descubiertos. Aún sigo esperando a que sus sombras me visiten como cada noche.

SCAH

Ninguna eternidad como la mía

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Dicen que las pasiones cortas y tal vez hasta efímeras son las que dejan la huella más profunda en el alma, las que excavan y se asientan más hondo en el corazón. Isabel Arango es una joven apasionada que viaja a “la ciudad que despierta a dos mil metros de altura bajo el augurio de dos volcanes” para aprender a bailar. En la danza descubre un motor para su existencia y para desbordar la pasión que lleva en el alma, y es ésta la causa de que, una noche, se asome al abismo a través de los ojos del poeta Javier Corzas.

Casi como un ritual suelo leer cualquier libro de Ángeles Mastretta que llega a mis manos. Ella tiene la capacidad de lograr protagonistas fuertes, decididas, apasionadas, con las que suelo identificarme a menudo. Siempre que me sumerjo en el amplio océano de sus narraciones descubro cosas que no conocía y me atrevo a nombrar aquellas que subyacen en lo más profundo de mí. Aún estoy en la disyuntiva, no sé si me atrevería a desear un amor como el que plasma en sus novelas… dudo que mi corazón pudiera resistirlo.

SCAH

La entrada a un mundo… mi mundo

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Bueno, pues, este espacio planeo usarlo para algo más que mostrarles mis locuras. A lo largo de mi vida, y ahora debido a la carrera que estoy estudiando, he leído muchos libros, tantos, que siento que se pierden en las umbrosas paredes de mi memoria.

Y me he dado cuenta que no quiero que suceda, deseo poder compartir lo poco o mucho que he conocido a través de ellos. Los mundos que he explorado, temido, amado, odiado, soñado y deseado, quiero hacerlos llegar a alguien más.

Así que te invito, sí, a ti, que has sido lo suficientemente despistado o temerario para penetrar en este territorio de nadie, en el que la locura se ha proclamado reina y señora, y la melancolía es la eterna dama de compañía; te invito, a recorrer conmigo los largos pasillos de la fantasía y la imaginación.

Vamos, toma mi mano.

SCAH

Temblando

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El frío aire se cuela por mi ropa llegando hasta el interior de mis pensamientos, desordenándolos con cierta inocencia juguetona.  Permanezco con los ojos cerrados intentando ponerlos en orden nuevamente. El frío insiste, penetrando en cada músculo, en cada hueso, recorriendo la sangre hasta llegar al corazón. Tiemblo y me sacudo para espantarlo y activar un poco de mi circulación.

Suspiro y observo la cabina telefónica que se encuentra a unos metros, aguardando a que me libere de los escalofríos corporales y espirituales. Me imagino recorriendo esa breve distancia, marcando su número, esperando a que levante el auricular con esa desganada vitalidad que la caracteriza. Me imagino el color de su voz, la nota levemente musical que cruzará sus ojos al reconocer la mía. Me imagino diciendo las mismas palabras que han establecido una frecuencia en mi cabeza, como si de un canal de radio se tratara: “Y aquí, en los clásicos de hoy, presentamos a este desventurado amante y su manoseado y repetitivo discurso…”, palabras que perderán su significado en cuanto nazcan de mis labios. Me imagino la vacilación en su lado del teléfono, el deseo de no haberme contestado y el sonido del vacío representado por el “clic” con el que colgara no sólo la llamada sino lo poco que me resta de cordura.

Tiemblo nuevamente. Está vez más de miedo que de frío, pero tiemblo al fin y al cabo.

Abandono mis ridículos intentos de reunir calor y valentía y me dejo llevar de la mano por los recuerdos, que como una constante no me dejan un momento, ya sea de noche o de día.

A lo lejos vislumbro la nota roja del día, un muerto o dos, tal vez tres si el periódico tuvo suerte. Muerte… Es gracioso que este hecho tan tremendamente trágico e insuperable para muchos sea, en cierto modo, dulce para mí debido a que me acercó más a ella. Definitivamente la muerte de su novio, acaecida en un terrible accidente, no fue algo gracioso o dulce, pero hizo que me diera cuenta de cuánto temblaba y se estremecía mi alma en su presencia.

El llanto que, como se supondrá, no le dejaba solaz, fue el motivo de algo más profundo entre nosotros. La sostuve en mis brazos mientras el dolor fluía libre por sus pestañas y no pude evitar recordar al personaje de Altamirano: “No me alegraría de estrechar contra mi pecho un corazón que latiese al recuerdo de otro hombre…” ¡y no pude evitar estar menos de acuerdo!

El desinterés de su parte por todo lo que sucedía a su alrededor después del trágico suceso fue invariablemente proporcional al mío por todo lo referente a su persona. Ahora sospecho que ella se vio obligada a soportar mi compañía como único remedio a su soledad. Quiero creer que fue bueno que tuviera alguien en quien confiar. Y no es que no tuviera a otras personas, pero entre ellas me escogió a mí, sí, a mí.

El frío me provoca nuevamente un estremecimiento. Me paro y vuelvo a sacudirme pero no quiere separarse y congela cada centímetro. Decido caminar en un intento de encontrar calor para ya no dejarlo ir, como haría si tropezara en este mismo instante con ella.

Como si una fuerza cósmica escuchara mi deseo, se materializa a pocos metros el objeto de mis anhelos. La contemplo como idiota por varios minutos hasta que ella se percata de mi existencia. Sonríe levemente y se acerca a saludarme con esa dulce indiferencia que me hechiza y la hace parecer un ser ultraterreno.

Caminamos hablando de cosas triviales. Una parte me insta a revelar mis sentimientos, la otra solo me pide que finja, una vez más, desinterés. Nervioso la miro de reojo, parece tan ajena como de costumbre. Decido empezar poco a poco, con profunda delicadeza para no asustarla.

Aprovecho su distracción para tomar su mano entrelazando mis dedos helados con los cálidos de ella. No retira la mano y lo interpreto como un buen comienzo. Seguimos paseando durante un tiempo más, no podría determinar su duración.

Una nueva corriente de aire helado la hace estremecer y, cómo no, aprovecho para estrecharla contra mi cuerpo en un intento de protegerla dándole mi calor. De forma extraña, sin embargo, la temperatura de mi cuerpo va descendiendo más y más, los temblores han dado paso a una sensación de insensibilidad que se apropia de cada poro de piel. Ella me mira con expresión indescifrable, sus ojos brillan y sonríe como nunca, mi corazón se acelera con la promesa de un “quizá…”, me inclino hacia ella pero me evade con facilidad y concentra su atención en la nota roja del periódico. Sonríe nuevamente, con melancolía y un algo más que no puedo identificar, se aleja de mí y se apoya en un gran árbol.

Confundido y ofuscado ante sus acciones dispares, su cercanía e inmediato rechazo, a los que debería haberme acostumbrado hace tanto, fijo la vista en la nota roja del periódico, sólo unas palabras llegan a mi aturdido cerebro: mujer joven… depresión… suicidio…

Vuelvo a temblar, de terror o por el clima ¿acaso tiene alguna importancia? Doy media vuelta y la miro, ella sólo sonríe y estira su mano.

La nota roja del periódico, monstruo insaciable que todos los días tiene una historia que contar, desgarra la mañana del día siguiente con el reporte de los decesos motivados a causa de las bajas temperaturas. El que más llama la atención, como podrás imaginarte, es el de un joven, al que encontraron y recogieron, sin ver, el corazón deshecho entre sus manos.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)