Posesión.

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Las sábanas adhiriéndose al cuerpo virginal que yace sumergido en el amplio y fértil terreno de la inconsciencia.

Basta solamente un suspiro, un suspiro.

La mano que se origina en el aire y que acaricia sus zonas más escondidas. El desconocido deseo embistiéndola una y otra vez, con tal fuerza que invierte el crucifijo que se aferra a la pared.

El sudor diluyendo las oraciones más fervorosas y, el calor, el sabor a carne quemada. La lengua introduciéndose en los labios inexpertos, vomitando su esencia dividida en siete que corrompe sus virtudes más arraigadas.

Las uñas desgarrando su alba epidermis, despedazando sus anhelos más puros. Y el calor, el maldito calor, penetrándola, impregnándola, como una segunda piel.

Se acerca el éxtasis poco a poco, con pasos cuidadosos, casi suaves. El calor aumenta llevándola a la antesala del averno, y la virgen, con la inocencia ya perdida, llega a la certeza de ya no pertenecerse, pues ahora comparte su cuerpo con el de aquél… dueño del placer eternamente insatisfecho.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Reseña de El alienista (Caleb Carr)

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Nota: Antes del siglo XX, a las personas que padecían una enfermedad mental se les consideraba <<alienadas>>, apartadas no sólo del resto de la sociedad sino de su auténtica naturaleza. Por tanto, a los expertos que estudiaban las patologías mentales se les denominaba <<alienistas>>.

Nueva York, 1896. John Schuller Moore, reportero de sucesos del New York Times, recibe la llamada de un antiguo compañero de Harvard, el famoso alienista Laszlo Kreizler, quien le cita en el escenario de un horrible crimen.

Theodore Roosevelt, director de la policía de la ciudad, solicita la colaboración de ambos amigos para indagar el crimen, una atrevida iniciativa, pues el alienista – médico especializado en la curación de las enfermedades mentales – es visto con desconfianza por una sociedad conservadora, que considera que un asesino nace y no se hace. A ellos se unen Sara Howard, primera mujer que trabaja en la comisaría, y los hermanos Isaacson, quienes son pioneros en las nuevas técnicas de investigación.

Mientras este grupo, que lo ignora todo acerca del asesino, procura trazar su perfil psicológico, el asesino parece conocerlos perfectamente.

Ocaso

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Deseo morir

al terminar el día,

pidiendo al ocaso que destile,

uno a uno,

mis recuerdos.

                       

Cuando se me transforme

en suspiro la alegría y

el placer se vuelva el ave,

que errante parte

en busca de mejores horizontes.

 

Morir, y pronto, mientras aún

conservo la dulce silueta

de tu cuerpo

en la opaca luz

de mis pupilas.

 

Antes de empezar a añorar

las frágiles sensaciones

que, poco a poco,

me abandonan.

 

Deseo morir

contemplando,

con el rostro demudado,

la vida que,

lentamente,

cual fina arena,

se escurre entre mis dedos.

 

Mientras la máscara

de la fútil gloria

corona de laureles el

ancho mar de mis victorias.

 

Morir, sólo eso, para encontrar

esa misteriosa cura

que ha prometido

cerrar nuestras heridas.

 

Pues en esto

se resume mi largo camino,

fuera del que vagué buscándote

y al que ahora

regreso para perderte.

 

Deseo morir

sin cuestionarme

la razón de tus silencios,

con la cara vuelta

a nuestro amor eterno,

vida que me dejas,

sin otra cosa que mis sueños.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

El precio de una vida (Violet Winspear)

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“Perséfone, hija de Zeus, -pensó ella -, estaba recogiendo flores silvestres cuando llegó Plutón, Señor de las Tinieblas, y, agarrándola por la muñeca, dijo que tenía que ser suya.”

¿Te casarías con un hombre al que no amas para salvar a otro que ni siquiera es tu verdadera familia?

Ravena Brenin es una joven alegre, orgullosa y decidida. Conoce entonces a Mark di Curzio, hombre de gran atractivo que fue víctima de un brutal accidente que dejó huellas en su cuerpo y… en su alma. Se entera entonces de un terrible secreto que involucra a una de las personas que más quiere en el mundo: Rodrigo Brenin, hijo de su tutor, y que, de saberse traería horribles consecuencias.

Debido a ello, termina casándose con il signore di Curzio. Sin embargo, no puede esconder la profunda aversión que experimenta hacía él lo que ocasiona un tremendo choque entre ambos debido a su orgullo.

¿Puedes amar a la persona que juraste odiar?

Ravena debe aprender a desenvolverse en el ambiente de Mark, lejos de su casa y las personas que considera su familia. Debe aprender a lidiar con los fantasmas del pasado y con los del presente, que insisten en embrollar su vida. Sorprendida, descubrirá que si existe algo verdaderamente impredecible e indomable, ese algo es el corazón humano…

Tomé por accidente el pequeño libro, sus hojas amarillentas me indican que podría llevar años ahí oculto, a la espera de alguien. Lo agarré por curiosidad y lo abrí con algo de desconfianza. Me atrapó desde las primeras palabras debido a la sinceridad con la que están trazados sus personajes y la sensibilidad que se desprende de sus respectivas personalidades. Lamentable o afortunadamente terminé innamorata de Mark di Curzio.

Te invito a descubrir una de las múltiples caras del amor, grabada en dos personajes nacidos del fuego, narrada con delicadeza, sencillez y una sutil inocencia que conmoverá tus sentidos.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Reseña de El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie.

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“Nadie dice enteramente la verdad. Las personas no son buenas o malas por completo, las circunstancias cambian, la realidad es algo que fluye, nada es definitivo.”

Miro por la ventana de la habitación asustada. Un hombre de edad avanzada y aspecto pomposo pasea a lo largo de la habitación examinándolo todo con su mirada aguda y penetrante.

En el fondo de la habitación, justo enfrente de un elegante escritorio, se encuentra el cadáver de un hombre que horas antes rebosaba salud. Se trata de Roger Acroyd, uno de los hombres más ricos del poblado, el cual se había enfrentado a duros golpes en los meses anteriores.

Inmediatamente las sospechas recaen sobre Ralph Paton, hijastro del primer matrimonio de Ackroyd, quien había tenido continuas desavenencias con él debido a su carácter y costumbres.

Ralph Paton, por cierto, se encuentra comprometido con la señorita Flora Ackroyd, sobrina del fallecido,  una de las últimas (o eso se dice) que lo vio antes de su muerte. La miro de arriba abajo, evaluándola, considerando la posibilidad de que ella… pero me devuelve la mirada con franqueza y algo de altanería reflejada en su hermoso rostro.

Al parecer no soy la única que observa a la señorita Acroyd ya que sorprendo al capitán Blunt, amigo del señor Acroyd, mirándola con tal intensidad que parece como si quisiera comprobar su inocencia. Al darse cuenta de mi escrutinio se sonroja y finge platicar con Raymond, secretario del  hoy occiso, quien me lanza una sonrisa deslumbrante.

Un poco descolocada fijo la vista en una señora de aspecto desagradable a pesar de su apariencia distinguida. Farfulla nerviosamente y mira a todos lados. Se trata de la señora Acroyd, cuñada del fallecido, la cual se apresura a llamar al mayordomo de la familia, Parker, quien se encuentra también presa de momentos de agitación.

Me fijo, por último, en un hombre de aspecto tranquilo y sereno, el único que parece sincero de ahí. Hablo, claro está, del dr. James Sheppard, médico y amigo del muerto, quien parece profundamente triste.

El hombre de edad avanzada termina su paseo por el cuarto. Se para muy recto, casi como un militar, lo que le da un aspecto realmente pomposo. Señala con el dedo a todos y cada uno de los que se encuentran ahí y dice: “Si tienen algún secreto relacionado con este caso confiesen. De lo contrario… bueno, monsieur Poirot siempre se entera de todo. Sólo recuérdenlo.”

Asustada abro los ojos y doy tal respingo que el libro cae de mi regazo, abierto en la página donde se encontraba mi separador que salió volando debido a mi salto. Mientras lo levanto con cuidado y lo coloco en la mesita de noche, pienso en Agatha Christie y su maravillosa capacidad de desarrollar el ambiente y los personajes para mantener en vilo al lector por horas, días, semanas, meses, años…

Con una vaga sensación de irrealidad me quedo pensando: Todos tenían una razón para asesinarlo, ya fuera dinero u otras cosas. Pero ¿quién lo hizo en realidad? Te invito a descubrirlo en compañía de Poirot

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH).

Tras la ventana.

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Arturo patea distraídamente una lata oxidada, lanzando un suspiro al moribundo atardecer. La lata choca estrepitosamente contra la barda y se precipita al vacío sonoro de los autos que recorren la gran avenida.

Los acordes desenfrenados de una canción de moda interrumpen la línea de sus pensamientos y lo guían a la parte trasera del edificio colindante. A través de la barda mira la pequeña ventana iluminada que sabe pertenece a una de las compañeras de su salón.

Curioso une sus dedos al entramado de la barda y sube un poco más. En el fondo de la habitación yace su compañera en una pose extraña. Levantándose se seca el sudor con una toalla y se dirige a la grabadora depositada sobre un bonito mueble con estampados rosas. Presiona unos cuantos botones y vuelve al centro del cuarto. Inicia una nueva melodía con acordes más lentos. Ella se mueve despacio, enfatizando cada uno de sus movimientos.

Atrapado irremediablemente, Arturo la contempla con la respiración contenida. Un velo parece desprenderse de sus ojos y la observa como por vez primera, como se ve el botón de una flor abrirse esplendorosamente después de un largo invierno. Mira el brillo de su sedoso cabello sostenido en una coleta desenfadada, el color de su piel inexplicablemente incitante, la cual imagina suave y tersa.

Ahogando un suspiro se pregunta cómo no ha podido notar a la hermosa criatura que ha compartido pupitre con él desde primero de secundaria. Con el corazón desbocado pega su cara a la barda hasta que le deja marcas. Anhelante, sigue cada uno de sus pasos grabando en su memoria hasta el más mínimo detalle.

El fin de la canción termina con el encantamiento.

Arturo baja de la barda completamente atontado. Su corazón late desbocado y algo caliente le recorre el cuerpo dejándolo emocionado y asustado. El grito de uno de sus amigos, invitándolo a echarse una cascarita, termina de despertarlo. Baja corriendo, dejando atrás la ventana iluminada, con la secreta e imperceptible promesa de regresar a ella.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Noche de fiesta

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La luz de la luna acaricia suavemente el fausto edificio filtrándose por los balcones sobre los que reposan varias parejas ricamente vestidas. Dentro se adivina un ambiente de juerga y alegría.

Un carruaje suntuosamente adornado se detiene frente a la puerta principal. De él desciende una misteriosa dama: la larga capa que cubre su magnífico vestido semeja la bóveda celeste en una noche sin estrellas resaltando la blancura divina de su piel. En sus manos porta varios anillos que rivalizan con su dorada cabellera y de su cuello pende una joya maravillosa, que ella se apresura a ocultar.

Se dirige con paso vacilante a la entrada del amplio salón de donde provienen risas, cohibida se detiene y mira al interior como buscando a alguien. Una alegre pareja pasa a su lado dirigiéndole miradas de curiosidad tan insistentes que logran incomodarla y provocan que, indecisa, traspase el umbral.

Las intensas luces del salón la ciegan momentáneamente. Poco a poco su vista se acostumbra y dirige una mirada, entre inquieta y divertida, a todos los asistentes.

Observa damas ataviadas con elegancia, las cuales rivalizan en juventud y hermosura. Comentan entre sí los rumores propios de la alta sociedad que se dedica a disipar el tedio entregándose a la satisfacción de toda clase de pasiones, y fingen escandalizarse ante los que, ya sea por situaciones extraordinarias o sumamente vulgares, causan más revuelo.

Del otro lado los caballeros parecen estar sumergidos en una importante reunión. A medida que el tiempo pasa algunos comienzan a distraerse y a dirigir ardientes y sugestivas miradas que son plenamente correspondidas con risitas fingidas por las más jóvenes y descaradas.

Tras presenciar todo esto y con un suspiro lleno de fastidio y desprecio sale hacia el amplio jardín que se encuentra cubierto de toda clase de flores exóticas y grandes arbustos.

Mientras pasea tranquilamente pensando en la mejor manera de realizar el trabajo que tiene por delante se ve interrumpida por una pareja que se encuentra oculta detrás de un arbusto, rindiendo un tributo a la brillante luna mediante la mutua entrega de su carne. Voltea nuevamente al interior del salón, la fiesta se desarrolla en un ambiente de placer, no podría haber escogido mejor momento, él debe pagar el precio.

Tras un momento de duda, decide que ha llegado la hora. Se desprende de su capa con un movimiento fluido y elegante, y la coloca en la rama de un árbol cercano. La luz de la luna le da de lleno en el rostro descubriendo su semblante mortalmente pálido, sus pupilas se encuentran dilatadas, su cabello flota suavemente a su alrededor y la cubre de un halo luminoso que le otorga una belleza sobrenatural.

Camina con parsimonia y se sitúa frente al arbusto.

Escucha el confuso rumor de besos y caricias nacidos del deseo y el frenesí, esas suaves y mudas promesas que se desvanecen antes de ser pronunciadas.

Con un leve encogimiento de hombros penetra en el arbusto. Luego de un corto período de tiempo, lo que tarda el corazón en latir, sólo se oye el ruido que producen sus cuerpos al caer.

“Los primeros dos” piensa con calculadora indiferencia mientras los observa, inertes. “Sólo faltan doscientos noventa y ocho. Él prometió pagar el precio: trescientos vidas por un alma”.

 Sale, toma su capa, la coloca delicadamente sobre sus hombros y se dirige con paso seguro hacia el salón.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)