Historia de un amor.

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Las puertas del metro se abren dejando salir a gran cantidad de personas. Con esfuerzo, y a base de golpes e insultos suben varios pasajeros, entre ellos una joven mujer de cabello negro. Se las ingenia para conseguir un lugar y se pierde en sus pensamientos el resto del viaje. Las estaciones se van sucediendo una a una. El bamboleo del tren es tan rítmico que se queda dormida. Despierta asustada al sentir una mano que la mece suavemente. Entre las brumas, de la no existencia de la que acaba de ser arrancada, reconoce un rostro que le parece familiar. Se levanta de un salto al reconocerlo tirando más de la mitad de sus cosas. Sonriendo él le ayuda a levantarlas al tiempo que una voz femenina les anuncia el fin del trayecto.

Salen en silencio, apenas mirándose. Llegan al cruce en que acostumbraban separarse hace más de cinco años. Permanecen indecisos uno al lado del otro, sin nada que decirse pero tampoco sin irse. ¡Cuántas noches no soñaron con un momento así! Se miran y sonríen pero sus labios no se abren. Pareciera que es el silencio el que los une, el que no los deja separarse. El mismo que los juntó hace ya tanto, cuando aún no decidían el rumbo de su caminar.

No puede decirse que llevaran, lo que se dice, una estrecha amistad. Apenas cruzaban un par de palabras, un ocasional saludo y muchas despedidas. ¿Cómo puede el amor surgir en un terreno tan infértil? No tengo manera de responderlo. Sólo sé que el amor se logra precisamente en “el no ser”. La vida y sus responsabilidades al fin se impusieron y sus caminos se convirtieron en dos líneas paralelas: siempre juntas pero sin poder tocarse. Los años pasaron y ahora los encontramos juntos otra vez, agradeciendo y maldiciendo a la casualidad, esa hechicera que ama complicar la vida de los hombres.

Con un ademán él se despide sonriendo levemente. Da la vuelta, no muy seguro de estar haciendo lo correcto y se ve interrumpido por una voz queda:

–          Espera. Quédate. ¿No te gustaría ir a tomar algo? Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que nos vimos.

El café espeso y cálido resbala por sus gargantas quemándolas un poco. Luego de que él volcara el salero por accidente en su café provocándole a ella un ataque de risa, su conversación ha cambiado de un montón de monólogos internos y silencios incómodos, a una plática amistosa y añorante.

–          En definitiva, jamás me había divertido tanto – dice ella con los ojos chispeantes y los labios vueltos hacia arriba.

–          Lo mismo digo. Y ahora, – él baja la voz pretendiendo dar un tono de misterio y secretismo a sus palabras – ha llegado la parte más interesante  de todo reencuentro entre viejos compañeros que se considere como tal: hay que confesar quién robaba nuestros suspiros.

Ella se sonroja y niega con la cabeza. Por más que le insiste, ruega y promete no consigue arrancarle su secreto. Casi rendido, le propone:

–          Mira, para que las cosas sean justas y te animes, ¿qué te parece si lo anotamos en una hojita de papel? La leeremos a la vez, ¿te parece?

–          Estás loco – le contesta ella pero sonríe y asiente. Toman una propaganda, cortan dos trozos de similar tamaño y escriben una sola palabra. Ella dobla el papel muchas veces, parece ser consciente, al fin, de lo que está por hacer. Lo único que aún no descubre es si tal acción la llevará al paraíso o al averno. Él se ha puesto serio y parece algo indeciso sobre la conveniencia de su insistencia, pues se ha dado cuenta de que se enfrentará a la verdad.

Se lanzan una última mirada incognoscible antes de entregarse los papeles. Muy pálidos los desenvuelven y los leen. Se quedan largo rato en silencio, sin mirarse. Ella dice en voz baja:

–          ¿Desde cuándo?

–          Desde siempre, ¿y tú?

–          Desde que te vi por vez primera. Jamás creí…

–          No me perdono no decírtelo. Siempre estuve poniendo banales excusas. ¿Sabes cuánto tiempo se nos ha ido?

Los ojos de ella se abren por la sorpresa. Él sonríe y la toma de la mano.

–          A pesar de no conocerte mucho, tú siempre fuiste importante para mí. Temí amarte y romperte el corazón, no me di cuenta que, con mi silencio, ya te lo había roto. Sin embargo, aún podemos. Nuestra historia todavía puede ser escrita… si tú quieres, claro. Si te parece una tontería puedes decirlo.

–          ¿Sabes? Siempre he creído que cometí un error al ocultar y negar lo evidente: nunca he dejado de pensar en ti.

Ambos se acercan y sus labios se unen con ansía.

¿Acaso mencioné que el amor se logra en “el no ser”? No me hagan caso, después de todo sólo me dedico a desgajar ilusiones en una hoja siempre en blanco.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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One comment

  1. Fresa · octubre 18, 2014

    Es muy lindo. Casi como tú.

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