El Amor.

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<< Tomas el volante con decisión, giras la llave y pisas el acelerador con cuidado, no quieres dañar a nadie como la última vez.

Enfilas hacia la carretera por el camino de asfalto lentamente, ayudándote del espejo retrovisor para no atropellar a ningún descuidado e invisible habitante de esa ciudad fantasma.

A lo largo de las calles ya tan conocidas sólo observas abandono y esterilidad. La paz y la dicha han muerto, lo sabes bien porque tú te encargaste de colocar las lápidas. El sol abrasa toda forma de vida y la calcina sin que puedas evitarlo, debes apresurarte si no quieres compartir su condena.

Avanzas hacia la salida de la ciudad con la esperanza escondida de comenzar en otro lado, de “echar raíces” en un fértil y hermoso lugar en el que puedas darle posada al olvido, quién – si no es muy indiscreto mencionarlo – es un aterrador compañero de viaje, el cual se limita a mirarte con sus cuencas vacías, sonriendo de cuando en cuando y señalando con sus dedos largos de uñas afiladas los lugares más devastados.

Te detienes un momento en el límite sin retorno que marca tu salida de ese lugar, hogar de tu más valiosa posesión, la primera que cayó en el momento del final. Tras vacilar un instante sales del auto y tomas el cartel que daba la bienvenida a los extraños visitantes. Lo colocas con cuidado en el asiento trasero y subes de nuevo. El olvido te contempla implacablemente, con un silencio que indica que es hora de continuar.

Poco a poco vas aumentando la velocidad en esa carretera sin retorno. Más pronto de lo que esperabas dejas atrás la destruida y humeante ciudad, en la que aún sobrevive, sin embargo, un trozo de recuerdo.

Conduces durante horas. En un momento del trayecto tuviste que parar para dejar subir al silencio y las lágrimas, quienes cómodamente se instalaron en el auto junto a ti. La desesperación te hizo la parada y entonces sí, ¡vaya que aceleraste!, procurando no perder de nuevo el control.

Luego de varias subidas, bajadas y días sin luna, tus acompañantes te indican que debes detenerte. Salen del auto y te hacen señas para que los sigas. El olvido encabeza la comitiva tomando al silencio de la mano. Las lágrimas se abrazan a ti y se funden con tu carne provocando el nacimiento del dolor.

Los sigues por un camino trazado con las memorias del adiós, desdibujándote a cada paso que das. Llegan por fin a un paisaje impregnado de verdor y de vida. Una luz brilla intensamente a poca distancia. El olvido y el silencio, tomados aún de la mano, se alejan prometiéndote regresar, pero no demasiado pronto.

Miras la luz y sientes que adquieres corporeidad poco a poco. Una certeza nueva y a la vez conocida se origina en ti.

Tomas el cartel y lo cuelgas en un árbol muy alto, a la vista de todos. De él penden dos palabras que refulgen con fuerza: “Mi corazón” >>…

Finalizas de leer ese mamotreto de letritas y arrojas el libro lejos de ti. Rascándote la cabeza te alejas. No puedes comprender cómo eso te hará comprender la esencia verdadera y la naturaleza del amor.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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El viaje.

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Le dio un último retoque a su maquillaje y salió de casa. Andaba rápido pero de forma ligera, se le había hecho tarde por tercera vez en esa semana. Imaginó los reproches que el profesor le haría y realizó una anticipada mueca de fastidio.

Llegó más pronto de lo que creía a la vacía parada, su mochila de colores claros chocaba persistentemente contra su espalda baja provocándole una sensación de tranquilidad. Los minutos fueron pasando uno tras otro, la parada permaneció sola, tanto que temió no llegar a su destino.

Al fin, repiqueteando y expulsando humo un destartalado camión se detuvo ante ella. Anunciaba con colores chillones que tenía como parada final una plaza cercana a su escuela. Subió y con no poca dificultad sacó el importe correspondiente depositándolo en la helada mano del conductor.

El toque de su mano tibia y juvenil fue como un hálito de esperanza para su virilidad en decadencia. La observó de pies a cabeza: tenis negros, un mallón que delineaba a la  perfección sus torneadas piernas y una blusa color azul cielo que permitía adivinar una cintura estrecha y los pequeños pero bien formados senos. Subió un poco más deteniéndose en su cuello, el cual parecía pedir a gritos ser lamido, y continuó ascendiendo al fijarse en sus gruesos labios y sus grandes ojos color castaño oscuro. Le calculó quince o dieciséis años. Sonrió al tiempo que retenía su mano más tiempo del necesario y la vio agitar incómoda la larga y ondulada melena oscura. Era demasiado apetecible como para dejarla ir sin haberla probado a saciedad. Permaneció sonriendo como un idiota, la siguió con la mirada mientras se sentaba en la parte trasera del camión y una erección potente lo sorprendió al tiempo que el semáforo cambiaba verde.

Molesta por las estúpidas miradas que el conductor y tres hombres, que parecían ser sus acompañantes, le lanzaban, se dirigió a los asientos traseros con la esperanza de escapar de su presencia. Por la puerta abierta contempló el remolino de colores en que se habían convertido las calles e intentó tranquilizarse.

Alzó distraídamente la vista y reparó extrañada que los hombres retiraban a toda prisa los coloridos anuncios que indicaban la ruta que recorría el camión. Iba a levantarse a preguntar si el servicio se había suspendido cuando, con un horrible y sordo sonido, la puerta que estaba a su derecha y permitía el descenso se cerró.

Con un gesto que cuidó ella no viera les ordenó retirar los anuncios. Sin dejar de sonreír al ver su creciente erección dos de ellos se apresuraron a obedecer mientras el tercero vigilaba con disimulo la  parte trasera del camión. Un extraño vértigo los invadía a todos pues era la primera vez que se atrevían a materializar las fantasías que reinaban en la mayoría de sus correrías nocturnas. La feliz perspectiva de lo que les esperaba al final bien valía obedecer lo que dijera el estúpido viejo.

– Pero qué cabrón. Mira cómo se le ha parado – murmuró el que vigilaba a la muchacha a uno de los que se encontraba delante y que acababa de quitar un cartel, un muchacho que no aparentaba más de veinte años y que sonrió con desdén al observar aquello que abultaba el pantalón del conductor, el más viejo de los cuatro.

– No hay pedo, todos sabemos que la espada no durará envainada por mucho – dijo riendo entre dientes el otro que los acompañaba, un rubio postizo con arrugas en los ojos.

Una cansada mujer, la cual llevaba un niño en los brazos, les hizo la parada pero el viejo la ignoró y le recordó a su madre – por paradójico que parezca- con el claxon.

La clásica y siempre vigente mentada de madre fue lo primero que ella escuchó luego de que se cerrara la puerta. Levantó la vista y se preocupó al comprobar que no le hacían la parada a la señora con el bebé.

            – Disculpe-dijo con voz tímida – yo bajo aquí.

El conductor pisó el acelerador como toda respuesta. El mal presentimiento que se había ido condensando en el fondo de su corazón alcanzó eco en su cerebro.

-Bajo aquí – dijo con un tono más fuerte y seguro – Abra la puerta.

– No vas a ir a ningún lado preciosa- dijo el gordo que no había parado de vigilarla y que se colocó entre los asientos para taparle el paso. Las risas de los otros resonaban en su cabeza augurándole el peor de los placeres. Se estremeció de sólo pensar en la posibilidad.

El raquítico camión aumentó la velocidad, parecía que volaba sobre el pavimento para arrojarla sobre una orgía seductora y podrida. Varias personas levantaban su mano y lo único que recibían era el canto de los neumáticos que olían a incienso, aspiraban el aroma corrupto de la virginidad en decadencia. Aterrorizada se percató de cómo se desviaba de su ruta mientras dos de los hombres hacían el amago de acercarse a ella.

Retrocedió por instinto, con la mente en blanco. Recordó con lágrimas en los ojos el beso que Iván depositó en sus labios con ternura y miedo, la caricia insegura que le provocó un estremecimiento muy diferente al que ahora desbordaba su ser. Su mano chocó con la puerta y la abrió levemente.

Se preparó mentalmente y la empujó con todas sus fuerzas. Antes de que cualquiera pudiera siquiera respirar se lanzó al vacío. Su pie se dobló en un ángulo imposible y una melodía de dolor, sufrimiento y huesos rotos se ejecutó sin error. Cayó cuán larga era y su cabeza rebotó sin cesar en un gris escenario. Las lágrimas nublaron su vista y la condujeron a un negro refugio mientras un par de botas negras se precipitaban sobre ella.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Definición.

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 Nota del autor: Esta es una historia de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Desvelada y cansada abres los ojos, más de fuerza que de ganas, y estiras la mano para apagar tu celular. Prendes la lámpara que se encuentra en la mesita de noche, – tardas unos minutos en localizar el interruptor entre tantas hojas, notas y libros que invaden la superficie – tomas tu más reciente adquisición, el Orlando de Virginia Woolf, y te introduces en su mundo con apenas dar la vuelta a la página.

Ya la mañana clarea cuando tu madre abre bruscamente la puerta de tu habitación y te dice que el desayuno está listo. Asientes vagamente y ella, antes de salir, amenaza, como casi todas las mañanas, con quitarte el libro y no devolvértelo hasta que se venza tu plazo en la biblioteca.

“Sólo este capítulo más y bajo. De verdad que exagera, ni que tardara tanto”, piensas antes de hundirte en las almohadas y proseguir con tu lectura. Bajas luego de media hora, tu mamá te sirve con una expresión de reproche en los ojos y grita exasperada cuando te dispones a continuar con tu lectura. Antes de que cumpla su amenaza te apresuras a guardar el libro. Terminas de desayunar y caes en la cuenta de que se te ha hecho muy tarde para llegar a la escuela. Corres a alistar tus cosas y sales de casa prometiéndote no volverlo a hacer.

Reinicias la lectura donde la dejaste, sin importar que la gente te empuje o te mire raro, durante tu viaje en el transporte público. Únicamente la interrumpes durante las clases – a veces, dependiendo de la habilidad del profesor para hacer aburrida la clase – y cuando platicas con algún amigo.

Vuelves a leer de camino a casa, durante la cena y antes de dormir. Como ya se te ha hecho costumbre duermes cuando ya está avanzada la noche, en pleno apogeo de la madrugada, pues, como siempre te pasa, te has quedado prendada de los personajes y los escenarios, has bebido de sus mentiras que te saben a verdad.

Ese ritmo se mantiene durante meses, convirtiéndose en un estilo de vida que te afecta pero constituye tu alegría más pura.

Preocupada, tu mamá decide acudir con la única persona que tiene influencia sobre ti, aquella que por su experiencia y sabiduría podrá guiarte hacia el camino de… Para no hacerte el cuento largo, tu madre lo platica con tu abuela y le pide ayuda.

Tú te encuentras cómodamente instalada en su sillón favorito, estás – sí, has adivinado – completamente abstraída, leyendo el Orlando como si no hubiera un mañana, cuando sientes unos golpecitos cariñosos en el hombro.

– Mi niña, si sigues así, se te van a secar los ojos.

– No creo, abue. Además, ya me falta muy poco. Estoy a punto de terminarlo.

– ¿Y qué harás cuándo lo termines? Seguir con otro y así, hasta que se te sequen los ojos y, luego de los ojos, el corazón.

– ¡Ay, no seas exagerada abue! No es para tanto. Lo dices como si sólo me la pasara haciendo eso.

– ¿Y no? Hija, yo no digo que esté mal. Sólo opino que no debes olvidarte de vivir. Hay ahí afuera, en el mundo al que no quieres pertenecer, tantas cosas que no vas a experimentar en tus libros, así los leas hasta que se te quemen las pestañas. No te olvides de vivir, la vida no la conoces en los libros, la aprendes viviéndola.

– Pero si no es para tanto. Claro que vivo. Voy a la escuela, salgo a caminar… yo… hago muchas cosas. ¡No entiendo por qué no quieres que lea! Los libros te permiten conocer, no sólo una, sino varias visiones, varios mundos.

– Tranquila niña, yo no te digo que no lo hagas. Lo que digo es que ya no te excedas. Lo que tú tienes va más allá de un gusto o una afición. Lo tuyo es obsesión. Y las obsesiones pesan, roban poco a poco lo que es tuyo, nunca están conformes, ni siquiera cuando se sirven de tu último suspiro. Piénsalo, ¿lo harás?, yo sólo quiero lo mejor para ti.

Esa noche, luego de cenar con tu familia – cosa que no sucedía desde hace mucho -, te quedas largo rato pensando en lo que dijo tu abuela.

“¿Obsesión? ¿Será que tengo una obsesión? ¿Qué es una obsesión?”

Abres el diccionario y encuentras lo siguiente:

Obsesión. Deseo que no se puede apartar de la mente.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Retrato urbano.

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Observemos a la joven que lee sentada en una de las esquinas del metro Tlatelolco. Su mirada pasea veloz página tras página. Ignorando al resto del mundo murmura unas palabras. Si inclinamos un poco la cabeza podremos mirar el título del libro que atrae tanto su atención, “Ensueños” de Herman Hesse, y que brilla como un anuncio en la hoja inmaculada. Si nos acercamos un poco más a ella – ¡Shh! ¡Silencio! Va a escucharnos – podremos notar el brillo febril de sus ojos y el engrandecimiento de sus pupilas. No tiene nada de especial, sólo es una persona más, pero parece, por momentos, que ha accedido a un mundo al que no podemos seguirla. Al observador común pasará desapercibida la luz sobrenatural que emana de ella gracias al pequeño y deshojado pasaporte de viaje ultraterreno que sostiene con avidez.

-¡Ayuda! ¡Por aquí! – podemos escuchar y al dar la vuelta y desviar la atención tropezaremos con un peculiar personaje de mirada triste y labios contraídos, con el cuerpo siempre prisionero de un artefacto que gira y le sirve de piernas. Varios acuden al llamado, por un instante se rompe la quietud de la rutina y se observa lo inimaginable: lo levantan y suben la escalera ayudándolo a llegar a la enloquecida realidad exterior.

Se quiebra el encanto y escuchamos ahora el rumor desquiciado de unas hienas sangrantes que ostentan el título de “autoridad”. Jalonean a una sombra de mísero aspecto regodeándose y arrancándole lo poco que le queda de humanidad.

Gritan, salivan, empujan.

Aúllan, arañan, destrozan.

Hacen valer lo que han dado por llamar “ley” hasta que la evaporan y reducen a ceniza. Patean los fragmentos y los escupen formando una masa que los más estudiosos y civilizados llaman “ciudadano”. Dicha masa se levanta, le imprimen con acero una sonrisa y escupiendo balas se une a la multitud de almas sangrantes que descienden del gusano mordedor que las transporta día y noche a aquello que llaman vida.

-¡Alto! – grita el poeta horrorizado por lo que ve, pero es imposible parar una vez has abierto los ojos.

El gusano abre las fauces nuevamente y notamos el espectáculo que se desarrolla en su interior:

Seres sin nombre se flagelan sin cesar por un poco de alimento.

Princesas sin belleza pasean de un lado a otro, estiran las raquíticas manos – besadas por la muerte pero, ¡chist!, no les digas – en busca de un poco de consuelo y algo con qué mantener la máquina que les permite vivir.

Y así, entre abismos y suplicios, se desarrolla el circo que exhibe el nombre de “existencia humana”.

Y así… ¡Esperen! ¿Qué ha sido de la joven que intenta refugiarse entre muros de palabras materializadas por un mago hace tanto?

Escribe – tal es su condena – este mamotreto  de letritas que están destinadas a diluirse con el viento.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Epístolas marinas.

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La Bahía más escondida, 18 de junio de 1993.

 

Querido capitán:

¿Cómo va todo en altamar? Imagino la cantidad de maravillas que sus ojos estarán descubriendo justo en este momento: los avistamientos de ballenas, esos monstruos tan nobles como la inmensidad de su tamaño; los peligros que implican las tormentas, que pueden hacer naufragar a un barco tan poderoso como el suyo, como muestra de lo pequeño que es el ser humano ante la incognoscible naturaleza; la diversidad de pueblos y culturas, que subyacen entremezclados perfectamente, bajo la moneda de cambio en los puertos.

Le cuento que acá, por otro lado, la única novedad está en el movimiento de las olas, las cuales a veces traen, aún no sé si como regalo o maldición, a forasteros enredados en las redes de pesca, tal y como yo lo encontré hace ya tanto, que me parece una eternidad.

Estoy segura que lo recuerda: iba yo con un vestido ligero, paseando por el puerto sin una meta fija en la mente, sólo la de distraerme mientras esperaba a mi padre, actividad que he hecho desde que tengo uso de razón. Me silbó y trató de llamar mi atención en innumerables ocasiones, yo sólo atiné a reaccionar como me había aconsejado la esposa del viejo pescador: con la mirada fija en un punto determinado al frente y haciendo oídos sordos, caminando tan rápido como si huyera de un grupo de cangrejos prestos a magullarme con sus pinzas.

Me dio alcance cuando doblaba la esquina que conducía a mi hogar ubicado en una vieja pensión. Sorprendida y sin saber de qué manera reaccionar, pues la esposa del pescador nunca me dijo qué hacer ante un caso así, me limité a mirarlo fija y retadoramente, con la intención de dejarle claro que conmigo no se podría entretener y que yo no era una de “esas” mujeres. Con una sonrisa se presentó y me preguntó mi nombre, el cual pasó a ser parte de sus posesiones en el mismo momento en que fue pronunciado por mis labios, lo comprendo ahora.

Sin perder tiempo me invitó a salir, cosa que acepté cohibida y con la certidumbre de estar cometiendo algo importante, un error o un acierto ¿quién podría saberlo? Así que en lugar de arribar a mi casita en la pensión, me fui con usted a mostrarle todas las bellezas ocultas en mi puerto.

Ya anochecía cuando regresábamos a mi casa, ante las insistencias de usted de dejarme a la puerta de la misma. Ya en el umbral, llamó mi atención hacia la hermosura de la luna, ingenuamente volteé y me vi presa en el abismo insondable de sus labios. El beso fue húmedo y suave, me dejó una sensación de calor que me fue recorriendo lentamente y anidó en mi corazón, lugar del que no he podido desterrarle desde entonces. Presto y seguro, como capitán que sabe manejarse a través de cualquier estado de la marea, aprovechó mi aturdimiento para colarse al interior de mi casa, y de paso al fondo, muy al fondo de mi alma.

Si el beso fue la antesala del paraíso, ¿cómo explicar lo que me hizo sentir después?, sólo puedo dejarle en claro, que nunca navegó en aguas tan trasparentes y cristalinas, bravas y pasionales, tranquilas y llenas de éxtasis, como lo hizo aquella noche sobre mi cuerpo. Aunque después me dejara la pureza destrozada.

Desperté a la mañana siguiente y no lo encontré a mi lado, había zarpado con las primeras luces del amanecer, llevándose incrustada en el corazón, sin saberlo, una parte de mis ilusiones. ¿Qué me quedó a mí, que me quedó? Esa es una pregunta que a diario hago a la ventana, la cual visito a diario, con la intención de verlo aparecer en el horizonte, devorado por los tiburones o coronado de victorias, pero mío al fin.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Prefacio.

La noche era fría y brillante, el cielo se encontraba plagado de estrellas mas yo no podía notarlo. Lo único que había sentido durante tres días había sido el dolor, la quemazón, la agonía…

 Lo sentía extenderse por todo mi cuerpo, me recorría centímetro a centímetro, pulgada a pulgada. Al principio grité, grité con todas mis fuerzas, luego hasta eso perdió su significado, me limité a sollozar tendida en el suelo.

 Me encontraba a un paso de dejarme caer en la dulce negación de la inconsciencia cuando pasó algo que me sobresalto sobremanera y casi logró que me pusiera a gritar otra vez: mi corazón se detuvo. Lo sentí de una manera tan clara y estremecedora que pensé que todo era una pesadilla. Pero no… esperé y no sucedió nada.

 Me levanté con cuidado, me sentía asombrosamente ligera, “¿seré un fantasma?” me pregunté divertida. Caminé a lo largo del callejón sintiendo como si flotara en las nubes. Reparé en un espejo roto que se encontraba tirado y al ver mi reflejo en él abrí la boca de asombro: mi piel reflejaba la luz de la luna, refulgía en ella, casi brillaba. Y eso no era lo único que había cambiado: mis ojos antes castaños, me miraban ahora rojos; mi piel habíase tornado blanca y como de porcelana, igual al mármol más fino. Me mordí el labio, como siempre hago cuando estoy confundida,  y me sorprendió el dolor punzocortante de los colmillos sobre mis labios. Los toqué con mi dedo y me admiré de su larga y afilada longitud.

 Retrocedí asustada, la desconocida a la que contemplaba no era yo, un instinto antiguo y animal brillaba en sus ojos despiadados. Golpeé el espejo con fuerza, y un frío mortal me recorrió cuando vi que había hecho un gran agujero en la pared. Sin comprender nada y sintiendo que la razón había dejado de existir salí corriendo, y una nueva cosa me sorprendió: la velocidad. Todo pasaba delante de mí como un borrón. Poco a poco me colmó esa embriagante sensación, lo más parecido a la libertad, imaginé que volaba.

 Descubrí que no me sentía cansada, mi respiración no se alteró pues no la necesitaba; sin embargo, paré para reflexionar sobre esta nueva condición. Poco o nada recordaba de mi vida anterior a este estado. Me senté en una banca confundida e indecisa del sendero al que se aventuraría mi caminar.

 Fue entonces cuando me atacó, me abrumó, me subyugó, hizo que me olvidara de todo: la sed. Era la sed más fuerte y profunda que había sentido en toda mi vida pues me quemaba la garganta, más parecida al hambre que otra cosa, calcinaba mis sentidos exigiendo inmediata satisfacción. Al llevar las manos a mi garganta para tratar de contener el dolor, lo olí. El aroma más dulce y delicioso que se pudiera concebir prometiéndome el alivio de mi necesidad. Me levanté alentada por él, siguiéndolo como si mi vida dependiera de su obtención.

 Por fin lo localicé. Provenía de un muchacho que se encontraba sentado contemplando su reflejo en una fuente. Me acerqué sin hacer ruido, él no me percibió siquiera.

 Escuché los latidos lentos y armoniosos de su corazón deleitándome con su sonido, suspiré de satisfacción. Él se dio la vuelta con rapidez y me observó con sorpresa. Me acerqué lentamente saboreando cada paso hacia su acelerado corazón, sentí el impulso de morderlo, de beber su sangre hasta hartarme. Él no me retiraba la vista de encima, parecía fascinado, como hinoptizado. Me incliné hasta él, aspirando su aroma descaradamente. Esbozando una sonrisa tomé su cabeza con delicadeza y pude ver el miedo reflejado en sus ojos mientras escuchaba como martilleaba la sangre en sus venas. Deslicé mis labios suavemente por su cuello y lo mordí con fuerza. Inmediatamente el sabor de su sangre llenó mi boca, me deleité bebiendo hasta no dejar una gota de sangre en su cuerpo. Habiendo terminado lo solté, su cadáver cayó pesadamente en la fuente y me salpicó de agua. Lo contemplé horrorizada. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? Me alejé tambaleándome y sin poder apartar la vista de su figura desmadejada.

 Caí de rodillas confundida. Imágenes de los últimos minutos danzaban ante mí como brujas en un aquelarre. Mi desconocimiento de lo que me había llevado a ese cambio amenazaba con volverme loca.

 En ese momento lo escuché: – Así que aquí estabas- dijo una voz suave y melodiosa.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)