La casa de las siete puertas.

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La nostalgia

se nutre del no ser.

 

Se alimenta de

tus ausencias,

mis desvelos,

tu ignorancia,

mis anhelos.

 

Es la esperanza secreta

de no encontrarte,

por fin sentirte,

intentar no soñarte.

 

Se origina

en el deseo,

la insatisfacción,

nuestra inevitable despedida.

 

Ocultándose en

las palabras nunca dichas,

los sentimientos no confesados,

las lágrimas jamás descubiertas.

 

Sobreviviendo

gracias a los besos no dados,

las caricias no imaginadas.

 

Presente siempre,

cuando la noche suena

y mis labios

no encuentran tu cuerpo.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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El beso.

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El galope de los caballos se pierde en la lejanía. El ambiente huele a tierra, sangre y peligro. La que algunos han dado por llamar “guerra cristera” ha cobrado muchas vidas y sumido al territorio en la desconfianza y el miedo.

Una humilde y hermosa mujer cruza a paso rápido las calles, evita realizar cualquier contacto y va murmurando por lo bajo. Se detiene en una esquina mirando con desconfianza a uno y otro lado. Un hombre se acerca a ella lentamente y le dirige un respetuoso saludo quitándose el sombrero. Caminan juntos sin hablarse. Ella voltea de tanto en tanto, en su expresión se dibuja un atisbo de piedad religiosa.

Casi han alcanzado su destino cuando escuchan detrás de ellos el rumor de unos caballos, señal inequívoca de que los soldados están cerca. Repentinamente, él se da la vuelta y la coloca contra un muro silenciándola con sus labios. La textura de su boca es dura, ajena, desacostumbrada e inocente.

Los soldados voltean a verlos con curiosidad y prosiguen su camino haciendo toda clase de comentarios dotados de lujuria. Él se separa de ella, le pide una disculpa y prosiguen su camino. Aún siente ella el curioso sabor de sus labios, a tierra y sangre, y anhela repetir la experiencia, pero sabe que él no sólo se negará sino que dejará de verla pretextando que su corazón está ocupado ya.

Muchos años han transcurrido de este suceso, los restos de la guerra cristera y sus mártires han sido lavados por el viento. Ella ya es poco más que un montón de huesos y ceniza. Él… bueno, tu abuelita le reza una novena todos los días pidiendo la ayude con un “milagrito”.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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