Esperanza

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Me siento a los pies de la sucia escalinata del consulado de Brasil. Increíblemente, han rechazado nuevamente mi petición de salir del país hacia mi amado suelo mexicano.

Llegué a Brasil hace más de veinte años, en busca de una explicación sobre la desaparición de mi esposa, a la que encontré feliz en los brazos de un brasileño joven y fuerte, el cual me corrió de su casa a puño limpio. Sangrante y sin esposa, recorrí aquellas calles desconocidas mientras la gente me miraba de un modo extraño, casi hostil.

Llovía a cántaros cuando arribé a las puertas de una modesta casita de la que colgaba un letrero que me indicaba que era un hostal. Tropezando y arrastrándome debido a las heridas y la decepción, entré y me dirigí a una salita en la cual esperé a la dueña del hostal para pedir una habitación. Me recibió luego de un largo rato. Aceptó mi dinero sin pedir explicaciones y me indicó mi cuarto, moviéndose con gracia juvenil a pesar de su apariencia sexagenaria.

Contemplé con curiosidad la habitación, austera pero bellamente decorada. La cama descansaba contra la pared, cubierta con una colcha café adornada con grecas. Me acosté en ella con un horrible peso en el corazón: había gastado los ahorros de toda una vida para nada. Ahora me enfrentaba a un futuro incierto en un lugar ajeno, sin posibilidades de regresar a mi barrio en el centro de una de las ciudades más pobladas y desconcertantes.

Los días siguientes trajeron sorpresas y desilusiones. Después de un tiempo me quedé sin dinero y fui echado sin miramientos de ese cuartito que había llegado a considerar mi hogar. Tuve que habérmelas entonces con personas que no parecían dispuestas a aceptarme, personas de las que me separaba la barrera inexpugnable de un idioma distinto. Me mantuve a raíz de  pequeños trabajillos por aquí y por allá, pero no logré establecerme. Dormía donde me agarraba la noche, siempre cuidándome de los vecinos inconformes y las pandillas, que siempre estaban de humor para atacar al extranjero sin recursos que había llegado a “invadir” su territorio.

Crueles y asfixiantes pasaron los años. Pronto me hice mayor y, por lo tanto, ineficiente, por lo que dejaron de emplearme. Comía cada que podía y dormía la mayor parte del tiempo en los basureros. Mi barba creció, mi ropa y zapatos se destrozaron por el uso. Terminé convertido en una patética imagen de mi mismo.

Hace más de un año, mientras recorría las calles en busca de alguna sombra donde refugiarme debido al intenso calor, reparé en un edificio grande y elegante, el cual ostentaba las banderas de todos los países como adorno. Lo contemplé fijamente durante mucho tiempo, pues vi mi bandera ondear suavemente, como llamándome, prometiéndome protección y consuelo.

Una ráfaga de esperanza me invadió de pronto. ¡Era la embajada! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Corrí hacia ella con todas mis fuerzas. En todos esos años no se me había ocurrido acudir ahí. Había sido un idiota.

Franqueé la puerta con una sonrisa. Los guardias me dirigieron una mirada de desconfianza, luego decidieron que no era peligroso y me dejaron pasar, ni siquiera me hicieron registrarme. Me recibió una recepcionista con una sonrisa centelleante, no pareció reparar en mi ropa en mal estado ni en mi penoso aspecto. Hizo que me sentara en una salita y me llamó después de un rato.

Me pasaron a una oficina grande pero confortable. Detrás de un escritorio atestado de papeles se encontraba un joven de unos treinta años mirándome con un gesto de bienvenida. Lanzó una mirada a mi aspecto, yo sólo pude murmurar: “No han sido buenos tiempos”. Asintió como si estuviera de acuerdo conmigo y luego me preguntó en qué podía ayudarme. Le expliqué mi situación lo mejor que pude y le pedí, casi le rogué, que me subiera en el siguiente avión a México. Me preguntó por mi pasaporte y la sangre se heló en mis venas: había sido robado semanas atrás. Se lo dije y me explicó que no podría salir del país sin mi pasaporte. Derrotado y sumamente triste salí de la embajada, mi esperanza había muerto.

Al día siguiente regresé, debía haber una alternativa para casos como el mío. Y así ha sido desde hace un año. Todos los días entro con la ilusión de encontrar una solución pero siempre salgo un poco más derrotado y cansado que el día anterior. Sin embargo, no me rendiré, debo exhalar mi último suspiro en la tierra que me vio nacer.

Suspiro algo aburrido. Gente perfumada y trajeada entra y sale sin parar de ese edificio en el que reside mi última esperanza.  En ocasiones, veo a personas salir con una sonrisa en los labios. Eso sólo puede significar una cosa: les han dado la autorización. Recargo la cabeza en la pared y observo el amplio cielo que me vio llegar hace ya mucho tiempo. Algún día yo también seré libre.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Delirio

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El lóbrego y austero edificio se impone ante cualquiera que deposite la vista en él. De tendencias y alma victoriana, se dedica a guardar a todas las pobres almas que tienen la desgracia de posarse sobre sus dominios. Se encuentra poblado por genios de lo infinito que tienen la desagradable  tendencia de revelar sus conocimientos en arcano e incomprensible lenguaje. Gracias a lo limitado de su economía, se ha visto obligado a abrir sus fauces a todos aquellos que necesitan reflejarse en la desgracia ajena para poder arrastrar mejor su mísera existencia.

¡Pasen! ¡Pasen al circo de deformidades! Aquí podrán encontrar la solución a enigmas nunca planteados, la medida justa del dolor y la desesperación. ¡Podrán encontrar solaz para su alma! Por una módica cantidad de ese despreciable metal tan necesario, podré ofrecerles entretenimiento sin límites. No se preocupen por las pequeñeces morales, la libertad ha asentado sus dominios, siéntanse en el mejor lugar para hacer un retrato de la podredumbre humana. Nadie se enterará.

¿Ya viste? ¿Cómo es posible que alguien pueda vivir así? ¡Ni siquiera tiene ropa! ¿Cómo puede vivir sin música, libros y todo lo que es necesario? ¡Mira cómo habla con la pared! Y cree que le responde… ¡Es de admirarse! La especie humana es lo más caótico y sinsentido. ¡Pobrecito de aquél! ¿Ya te fijaste cómo come en el suelo? Parece un perro… ¡Eso es lo que son! ¿No? Perros que han decidido renunciar a su noble condición. ¿Ya contemplaste bien a la bruja de allá? ¡Quiere jugar a la mamá! ¿No es tierno? ¡Espera! ¿Por qué le está sacando los ojos a la muñeca? Más que un circo esto parece el infierno. No puedo vivir con tantas contradicciones juntas. Vámonos, pasemos a otra sala, los alienados deben descansar…

¿Ya observó a la del fondo? Sí, ésa que sólo mira al vacío.  Lleva así desde que la trajeron. Tiene una interesante historia. ¿Quiere enterarse? Acérquese sin hacer ruido y no haga contacto de ningún tipo. ¡Vamos! Sin miedo.  Después de todo pagó por ella…

La frialdad, la frialdad, la frialdad de su cuerpo. Su mirada vacía. ¡Sí! Su mirada… vacía… No está aquí, no está aquí… Lo sentimos, su familiar está muriendo…

¿Qué te hicieron? ¿Qué te hicieron? ¿Te hicieron? ¡Tus ojos! ¿Por qué no me ves? Estoy aquí y te amo… ¡quédate! ¡quédate! Tienen que ser fuertes, tiene miedo, no gritar, no llorar, no gritar, no llorar…

Puedes cerrar tus ojos… quédate… cierra tus ojos… los cuidaré… no me dejes… los cuidaré.

Toma su mano. ¿Recuerdas? Los fantasmas se alejan si tú estás aquí. No te vayas. Tomaré tu mano, duerme.

Frialdad, inmovilidad, ¡cerró los ojos! Vacío, vacío… ¡cerró los ojos!

Piel azul, textura de piedra, la caja de música dejó de sonar, la máquina se detuvo…  vacío, el maldito vacío.

¡No estás aquí! ¿Por qué? Me dejaste sola. ¿Por qué?

¿Quieren despedirse?

Caja gris… ¡un ataúd! ¡Despierta! ¡Despierta! ¿Es esto un sueño? No juegues más, te amo, no huyas más.

Es sólo una cosa vacía, una cosa vacía, su alma escapó… ya no está más, ya no está más. ¡Entréguenlo a las llamas! No está más.

¡Cerró los ojos!  La frialdad, el olor, las flores muertas… su muerte, mi muerte.

Pero, ¿qué son todos esos disparates?

Ella se aleja, la otra murmura… murmura.

Mirada vacía… No te vayas… papá.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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