Navidad

Imagen

 

De fantasmas y silencios

– ¡Andrea levántate ya!

Los gritos de mi madre son la melodía discordante que me trae de vuelta a esta mierda todas las mañanas.

– ¡Ya voy Graciela, deja de dar lata!- me levanto rápidamente y cierro la puerta con seguro antes de que entre a dar cualquier sermón. A pesar de la puerta de madera aún puedo escucharla rezongando así que enciendo la grabadora y subo el volumen a tope. Las notas de “Suicide” de Bring me the horizon se dejan escuchar haciendo vibrar las ventanas de mi habitación.

Me siento en el suelo y me dejo invadir por la música olvidando todo. Saco la navaja que siempre guardo conmigo y realizo un corte en mi antebrazo. La vista de la sangre me hace sentir enfermizamente viva. La dejo correr mientras reviso un poema que escribía anoche

La luz del túnel

no quiere salir

¿sientes el miedo?

El vacío me inunda.

No abras los ojos.

Arranco la hoja y me limpio la sangre antes de que manche la alfombra. Me ducho y fantaseo con la mejor manera de abandonar este mundo de porquería.

Salgo, apago la grabadora y bajo movida por el hambre. Entro a la cocina, que desde hace meses me parece excesivamente grande, y como lo más rápido que puedo para poder largarme.

– Espera, Andrea- dice mi madre sin desviar la vista de la televisión- esta noche es la cena de navidad así que te quiero aquí a las ocho de la noche. Si no llegas te despides de tu paga.

La miro con furia y me voy arrojado el plato a la trastera. El hermoso sonido de los cristales rompiéndose me acompaña a la salida. Me aseguro de azotar la puerta y me largo a vagabundear por ahí pensando que de todas las cosas que te hacen perder el tiempo, la navidad se lleva el primer premio.

A mi pesar regreso a las ocho menos cuarto. Una ridícula corona cuelga de la puerta de entrada y un insulso tapete con renos da la bienvenida. Escarcha, estrellas y luces contaminan todas las habitaciones.

No me digno a saludar al montón de gorrones, a los que me piden llamar “familia”, que sólo han venido a ver qué sacan.

El reloj marca las once cuando nos sentamos a la mesa. Evado todas las estúpidas preguntas sobre mi persona y un silencio tenso cae sobre todos.

– Mami, ¿qué es la Navidad?- pregunta mi hermano pequeño cuando el silencio se ha vuelto asfixiante.

– Es un tiempo para celebrar y convivir con tu familia- responde ella con voz suave.

– Eso es mentira.- intervengo yo- La navidad es la época más absurda del año en la que todos se reúnen con gente que detestan y hacen una admirable exhibición de hipocresía.

Todos me miran con gestos que van de la idiotez a la sorpresa. Aún sin comprender todo lo que he dicho, mi hermanito me mira enfadado.

– Mentirosa- dice.- La navidad es cuando viene Santa Claus y nos trae regalos.

Me río de su inocencia e ingenuidad y le suelto la verdad de lo que siempre ha sido un secreto a voces: – Santa Claus no existe, es Graciela la que pone los regalos debajo del árbol.- Sus ojos se abren por la sorpresa y comienza a llorar mientras ve a mi madre, esperando que ella me desmienta.

– ¡A tu habitación!- grita. La miro y no doy muestras de querer levantarme.

– Piénsalo, Roberto. ¿Cuántas veces has pedido a Santa Claus que traiga a papá? ¿Lo ha cumplido?

Él me mira sin saber qué responder. Las lágrimas aumentan su cantidad y eso me hace sentir horrible.

-¡Estoy harta de esto! ¡Fuera de aquí Andrea!- exclama mi madre furiosa. El resto de la familia nos mira expectante. No se perderían el espectáculo navideño de cada año, por supuesto que no.

-¡Ustedes que miran gorrones!- digo con furia- Sí, Graciela, me largo pero de esta mierda. ¿No te cansas del vacío de su ausencia? ¿Por qué finges? Todo se acabó cuando él murió. ¡No quiero ver otra vez a ninguno de ustedes en toda mi puta vida!

Antes de que ella o cualquiera pueda alcanzarme me lanzo por la ventana.

De esperanzas y realidades

 El hombre alto y barbón me mira con bondad y me sienta en sus rodillas.

-¿Y tú, pequeño? ¿Qué quieres que te traiga?- lo veo impresionado y con timidez le respondo al oído.

Él me ve con algo que ya he aprendido a reconocer en el rostro de los adultos: lástima.

-No puedes, ¿verdad?- le digo bajando de sus rodillas. Agarro mi botella y mis trapos y me voy a mi cruce.

-¿Una limpiadita, patrón?- pregunto a un elegante señor. Ignorándome acelera su carro y casi me apachurra.

-¡Órale, jijo de la chingada!- le grita el “Sonrisas” y corre a levantarme.- No te preocupes mi “Sonrisas junior”, así son estos cabrones, no’más vienen a presumir. Mejor ‘amonos para mi cruce, ahí no son tan culeros.

Pasamos el día en su cruce intentando obtener unas monedas “para celebrar nosotros también nuestra navidad”, como dice el “Sonrisas”.

Al final del día me voy a esperarlo en nuestro puente y él se va con la lana que juntamos a comprar algo para llenarnos las tripas.

Mientras camino hacia el puente miro con asombro las luces y las sonrisas brillantes de todos. Cargan paquetes relucientes y se ven más felices de lo que yo podré ser jamás.

El “Sonrisas” llega bien pasado luego de unas horas.

– Toma “Sonrisas junior”- me dice dándome una bolsa en la que encuentro cuatro tacos y un jugo de manzana, mi favorito. Me apresuro a comerlo todo e intento no pensar en el frío que cada vez cala más y más.- Hoy te vi en la plaza con el güey de rojo que se la pasa tomándose fotos. Te vi bien sentadito en sus piernas, como un señorito, ¿qué le decías?

Su pregunta me toma por sorpresa. Lo miro sin saber qué responder.

-Sólo quería comprobar que es un farsante.

-Por eso m’ijo, ¿qué le pediste?

-Una vida.

El “Sonrisas” me mira como todos, con lástima.

-¿Tienes frío?

– Sí.

-Dale un jalón a esto, se te quita.

Agarro la estopa mojada. Nunca he querido hacerle a eso, un día escuché a una señora decir que te deshacía por dentro y yo no quiero deshacerme todavía. Pero el frío es más fuerte así que la acerco a mi nariz y aspiro con fuerza.

Creo que estoy dándome el viaje de mi vida porque me encuentro de pronto en una sala muy lujosa. Una mujer hermosa me agarra la mano y me lleva a una gran mesa con cosas deliciosas para comer. Me doy el banquete más grande que cualquiera pueda imaginar y cuando me recargo satisfecho en la silla algo frío escurre por mi frente.

Regreso y veo al “Sonrisas” tirado a un lado, durmiendo a pierna suelta. Desesperado por volver a ese lugar tan hermoso busco la estopa y la acerco ansioso a mi nariz. Aspiro todo lo que puedo, con todas mis fuerzas. Cierro los ojos y algo caliente escurre por mi nariz. Sin darle importancia sigo aspirando, aspirando… luego dejo de respirar.

De dolores y ausencias

Observo la blanca pared del hospital y escucho los sonidos tranquilizadores de las máquinas que me mantienen con vida. Las risas lejanas y las luces de colores me indican que ya es navidad. Aquí, postrado en esta cama, los días desdibujan su curso sin cesar, se me escabullen, se ocultan.

Miro de nuevo a mi alrededor, la parquedad de adornos me hace sentir olvidado. He esperado la visita de mis hijos durante tanto tiempo, sin embargo, las ocupaciones diarias, la familia, en fin, la vida, los ha mantenido alejados de mí. Puedo comprenderlo, ¿quién querría estar atado a un viejo al que no le quedan más que unos hilos de vida?

Por la ventana puedo contemplar el árbol majestuoso que han colocado al centro del parque. Siempre que fijo mi vista en él me siento atravesado por un sentir dispar: por un lado, me hace sentir felicidad, anhelo de cambio, de querer vivir. Por otro lado, me hace sentir la tristeza del tiempo que se va para ya no volver, odio por la injusticia de mi situación, miedo.

Esta noche, el árbol se haya engalanado por la presencia de varias familias que han acudido a convivir y tomarse la foto del recuerdo. Verlas me hace sentir cansado y solo, tan solo. ¿Por qué existe la muerte? ¿Qué significa la vida?

Con el paso de los años me he dado cuenta de que la navidad no es sólo comprar regalos y ya. Implica compartir con las personas que forman tu corazón, poder regalar un abrazo y un sinfín de caricias. Daría todo lo que soy por pasar de nuevo una noche con los que amo, feliz, sin la sombra de la enfermedad que me carcome lentamente. La navidad es tiempo de nostalgia, de añorar lo que ya has perdido, de recordar lo que nunca tendrás. Es creación de la sociedad que mata y te renace, que te obliga a marchar al compás de sus designios.

Toso descontroladamente y me aferro a las sábanas con el dolor palpitando dentro de mí. Pulso el botón pidiendo ayuda, sintiéndome desfallecer. Antes de desplomarme siento mi corazón latir por última vez y veo a una de las enfermeras pasar sin siquiera mirarme con una botella de sidra aferrada en los brazos. La navidad es tiempo de compartir, dar y recibir… ¡lo que yo daría por un soplo de vida!

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved

Afasia

Imagen

 

Hoy es el día de mi muerte.

Es gracioso que mi relato comience así ¿no lo crees?

Soy la última del grupo de resistencia que aún vive. Sin embargo, es inútil, he comenzado a notar los síntomas de la enfermedad, la cual no tardará en manifestarse.

Me aferro a la hoja de papel como mi último consuelo. Pronto terminará y no sentiré más.

Supongo que como última superviviente de la raza humana debo narrar el hilo de los acontecimientos que nos llevaron a la extinción. Debe quedar, al menos, un mudo testigo de que aguanté hasta el final, qué mejor que sea una página arrancada del corazón de un cuaderno maltrecho.

El apocalipsis comenzó de un modo confuso: ni las propagandas religiosas, ni las películas de ficción, ni la ciencia, ni siquiera los demás absurdos que rondan el orbe, pudieron prepararnos para lo que vino. Todo comenzó de forma silente, con casos aislados replegados en cada continente.

Los hombres de ciencia se entusiasmaron con ellos, analizando pero sin buscar una cura. Mientras pasaban los años, uno se acostumbraba a escuchar la noticia de más y más víctimas. -¡Qué curioso!- comentaban algunos – no cabe duda que el cerebro humano es un misterio.

Comenzó a extenderse por los vecindarios y escuelas, centros de trabajo y de religión, cualquier lugar donde habitara el hombre. Era divertido al principio, sí, era divertido. ¿Quién no se ha reído del error de alguien más? “se me lengua la traba”, decían por ahí con una sonrisa de disculpa ante la burla del resto.

Yo tenía un amigo, Miguel. Platicábamos de todo y éramos inseparables. Un día mezcló los elementos en las oraciones que tenía que realizar su hermano menor. Sus padres lo regañaron de la peor manera por lo que consideraron una mala broma. Días más tarde me confesó con triste expresión que no había bromeado. En la escuela comenzó a tener problemas pues a menudo se confundía al hablar y escribir. La situación se volvió tan insostenible que dejó de ir a la escuela y fue llevado a numerosos “especialistas”, pero ninguno hizo nada.

Fui a visitarlo unas semanas después. Sus padres se opusieron a que lo viera pero encontré una manera de colarme a su habitación. Se encontraba sucia y oscura, apestaba de tal modo que tuve que vomitar en el cesto de la entrada. Lo llamé con voz temblorosa y sólo obtuve silencio como respuesta. Distinguí un bulto en una esquina de la habitación y me dirigí a él tambaleante, insegura, temerosa. Cuando estuve a menos de un metro se movió con una agilidad sorprendente y se lanzó sobre mí con rapidez y furia. Su rostro se encontraba tan herido y deformado que me costó reconocerlo: se había clavado un lápiz en un lunar de la mejilla izquierda y tenía profundos cortes a lo largo y ancho de la cara. Orienté mi vista hacia sus ojos y lancé un grito de horror que nadie escuchó porque cubrió mi boca con una mano a la que le faltaban dos dedos. Observé fascinada su ojo izquierdo, el cual lucía amarillento y destrozado; otro de los lápices descansaba en su interior y rezumaba sangre, agua y pus en cantidades iguales.

Me aparté con asco y mucho miedo. Abrió la boca pero de ella sólo salió un concierto de sonidos inentendibles. Notó mi expresión de desconcierto y volvió a intentarlo una y otra vez, las lágrimas resbalaban por su único ojo y me miraba con una impotencia tal, que sentí más miedo que antes.

Retrocedí con la intención de huir, estaba tan desolado que ni siquiera intentó impedírmelo. Nunca volví.

“La afasia es la pérdida de capacidad de producir o comprender el lenguaje, debido a lesiones en áreas cerebrales especializadas en estas funciones. Procede del vocablo griego ἀφασία, que quiere decir, sin palabra.” Esa frase comenzó a circular por todas partes, primero como un rumor y luego como una certeza inevitable. Era uno de los primeros síntomas, quizá el más importante de todos. La pérdida de la capacidad de comunicarse puede parecer algo simple pero… Imagínalo por un segundo: no poder expresar tus pensamientos, ilusiones, sentimientos y miedos. Quedar solo poco a poco y a merced del abandono. Perder la única interacción con el mundo que permite sostener la cordura. De hecho, no se sabe si la locura es la consecuencia lógica de tan terrible acontecimiento. Se cree que, de cierto modo, el tipo de afasia que nos compete es una mutación que provoca la muerte de células y una especie de retroceso en el cerebro humano, un retroceso de miles de años, casi a los orígenes del hombre. Esta teoría podría explicar porque todos los que la padecen se vuelven salvajes, agresivos, animalizados. Matan por cualquier cosa y se comportan bestialmente.

La afasia se desató como una epidemia. Los casos alrededor del globo se multiplicaron por millones, sobrepasando pronto a los “especialistas”. El comportamiento de los enfermos fue imposible de detener. Millares murieron en sus manos, sin poder defenderse de su furia asesina. ¿Se vengan acaso de su soledad? Es algo que quisiera saber. La economía y las principales potencias no tardaron en caer presas del frenesí y la locura. Los que no presentábamos síntomas huimos a las montañas, lejos de la civilización. ¿Cómo se desata la enfermedad? ¿Está dentro de nosotros? Lo único que sé es que acabo de ver como toda mi comunidad se asesinaba entre sí, presa del desquiciamiento colectivo. Me queda poca carga en la batería de la lámpara. A ellos les gusta la oscuridad. Ahora yo también estoy condenada.

ohy se le iad ed im ertmu. on guesapa al zul.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved

El club

Image

 

Amanecer de colores

Presa de un momento de pánico Amalia se inclinó para abrir la ventana pero su mano no logró alcanzar la perilla. Mareada recargó su rostro contra la ventana deseando fundirse con el cristal para ser más fuerte.

Contempló los ribetes brillantes que se desprendían del astro rey como si festejaran el nacimiento del día. Una extraña añoranza se apoderó de ella y abrió más la cortina para no perder detalle del cotidiano espectáculo. Luego de unos minutos, que estuvieron protagonizados por pequeñas arcadas cada vez más frecuentes, se retiró arrastrándose hacia la cama.

Se mantuvo escuchando los acelerados latidos de su corazón mientras las arcadas se intensificaban. Haciendo un último esfuerzo logró ponerse de pie y se dirigió al tocador. Observó la palidez de su cutis e hizo el ademán de acomodar su largo y brillante cabello negro. Sonrió al mirar la tarjeta que se sostenía de su nuevo vestido. Un dolor nuevo y terriblemente constante se instaló en el centro de su ser y la recorrió sin dejar espacio a nada más. Las lágrimas cayeron mientras intentaba ponerse nuevamente de pie. Se aferró al marco del espejo y expulsó un líquido blancuzco sobre los adornos y la negra superficie.

Encendió la cámara y pulsó un botón limpiándose la boca. Concentrando su atención en el foco rojo pronunció unas palabras que no llegaron a sus oídos. Algo caliente luchó por salir de su ser y fue expulsado haciéndola sentir cada vez peor. Debido al esfuerzo su respiración se tornó inconstante y artificial. El pánico se apoderó nuevamente de ella y se vio agitándose entre múltiples colores vibrantes hasta ya no sentir más. Su mano cayó patéticamente sobre el bote de pastillas. Luego vino el silencio.

Trafico

Siguiendo el camino que llevaba al puente de piedra detrás de su escuela, Emilia caminaba tranquilamente. Tarareaba una canción mientras iba deshojando uno a uno sus cuadernos, dejando tras de sí un rastro parecido a las migajas del cuento.

Sintiéndose libre tiró los últimos pedazos de una vida dedicada al aburrimiento, las cuentas, el aburrimiento, las ciencias… y llegó a la entrada más pronto de lo que había imaginado.

Sacó la vieja cámara de su padre y se las ingenió para colocarla de manera que podía grabar la parte más alta del puente. Dejó su mochila en el suelo y subió al inestable barandal con cierta vacilación. Sintiéndose segura a cada paso que daba pronto llegó a un punto sin retorno.

La visión de la amplia avenida y la fila de autos sin fin le causó un extraño vértigo en la boca del estómago. Pensó en gritar pero se convenció de la inutilidad de su intento. Estaba demasiado lejos.

Sacó un pequeño trozo de papel – previamente redactado- y lo atoró con un seguro en la parte más visible de su suéter. Volvió a mirar hacia abajo y la emoción la embargó. Con una carcajada totalmente fuera de lugar se lanzó al vacío. Su rubia cabellera ondeó libre al viento durante unos segundos… su cráneo se estrelló en el cristal de un auto conducido por un burócrata de mal genio.

Lejos, la cámara seguía grabando.

Acciones

Reproduces los vídeos nuevamente mientras una indefinida sonrisa cruza tu rostro. Hasta ahora, los primeros miembros del club han cumplido con valentía y formalidad. Lanzas un suspiro de satisfacción al pensar en el éxito que tendrá la cadena. Por ahora, los vídeos se viralizan sin parar a pesar de la intervención de las autoridades. El misterio rodea las acciones de las protagonistas de las grabaciones, ambas provenientes de un ambiente saludable y exitoso, y el asunto es plenamente comentado en internet.

Sales de tu habitación y te diriges al cuarto de tu hermanita. Una ternura insospechada llena tu corazón mientras la ves dormir. Le das un beso y te vas antes de que se despierte. La casa está silenciosa, lo cual no te extraña ya que es plena madrugada. Caminas hacia el cuarto de tus padres pero un extraño temor te detiene, das media vuelta y vuelves a entrar en tu habitación.

Reproduces otra vez los vídeos. La emoción vuelve a invadirte mientras contemplas cómo la chica muere tras la sobredosis de pastillas. Te decepciona que se acobardara un poco al final pero esa sensación desaparece al ver el segundo vídeo. Admiras la valentía de la otra chica, su porte y arrogancia. La felicitas internamente por mantenerse fiel hasta el final. Sólo hace falta un vídeo más para completar la tríada que cambiará el mundo.

Sintiéndote valiente y plena cierras las pestañas de los vídeos, te despides cordialmente de tus amigos y hasta quedas de verte con tu novio por la mañana. Luego preparas el escenario, el cual se encuentra dispuesto tras meses de esfuerzo.

Enciendes la cámara de la computadora y hablas con naturalidad. Tu tema principal es la basura de ambiente que se ha heredado de los mayores. Tardas un rato en enumerar la larga lista de crímenes y desperfectos que son causados por la especie humana. Indignada expulsas todo el veneno que la situación actual escupe sobre los inocentes. Afirmas la muerte de la esperanza.  Llegas al fin a la parte que te interesa. Te declaras en contra de colaborar en un mundo tan podrido e invitas a los demás, jóvenes como tú, a seguir tu ejemplo y renunciar a la maldad. Siempre has tenido un poderoso don de convencimiento, todos los que te conocen afirman que si quisieras conquistar el mundo te bastarían un par de palabras. Y eso es lo que te dispones a hacer. Amablemente los invitas a unirse al club del suicidio.

El eco de tus palabras es acompañado por el melódico sonido de un disparo. Como una solicitación la sangre y fragmentos de tu cerebro acarician la pantalla. De tu bata pende una tarjeta con una simple leyenda: “¿Qué harías tú en mi lugar?”

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved