Ficción

Imagen

 Ella ve las calles grises, llenas de basura y autopartes. Los viejos amigos de su padre la saludan al pasar, responde con un gesto apresurado pues va tarde a la escuela. Al atravesar la acera pisa la cinta mal sujeta de su tenis y se tambalea. El tiempo que le toma ajustarla y recoger su mochila es suficiente para que el camión que la lleva al metro parta a toda velocidad. Maldice al ver que no podrá alcanzarlo y se sienta a esperar el siguiente. Luego de unos minutos angustiantes, pues la llegada a la clase le parece cada vez más lejana, reconoce el camión a lo lejos. Sube y paga el importe. Un extraño impulso hace que observe por la ventana. En la calle de enfrente un  muchacho la mira con atención. Su apergaminado corazón sufre un sobresalto y desvía la mirada. Pensando en lo cobarde de su acción vuelve la vista hacia él y se sorprende al no encontrarlo. Intranquila busca a los alrededores, nada. Concentra de nuevo su atención al interior del camión y tropieza con su mirada divertida, como si supiera que lo buscaba. Molesta, intenta distraerse con un hilo de su mochila, consciente de que él la ve atentamente. Se arriesga a dirigirle una mirada. “Es atractivo”, se sorprende de su pensamiento, el corazón se le acelera al descubrir él su escrutinio. Vuelve a distraerse con la mochila.

Se inicia de este modo un juego de miradas y sonrisas que nadie nota más que ellos. Llegan al metro y él la sostiene al bajar del camión. Después se aleja.

En una estación de tantas vuelve a tropezar con él. Se sientan frente a frente. Ella saca un libro por hacer algo, no soporta la facilidad con la que él derriba sus defensas. Casi al llegar al final de la línea él se levanta, la mira fugazmente y le sonríe antes de desaparecer engullido por la gente.

“¿Fue eso una promesa? No está seguro de verme de nuevo y se atreve a esbozar una promesa… ¿Quién será? Era realmente guapo y tenía unos ojos llenos de secretos. ¿Volveré a verlo?”

La rutina la absorbe y no la deja pensar más en él. Casi ha comenzado a olvidarlo cuando el incidente se repite con exactitud milimétrica. Otra vez uno frente al otro, se miran, no dicen nada. Inicia de nuevo la partida de miradas, de mal fingida indiferencia.

Durante varias semanas se mantiene este juego, ambos resisten, ninguno parece dispuesto a ceder. Comienzan a memorizar los gestos del otro, a conocerse a través de la ignorancia, a enamorarse de lo que creen adivinar gracias al silencio.

La liga se tensa, la balanza debe inclinarse, no se puede permanecer neutral en asuntos del corazón.

Él realiza el primer movimiento, se acerca y ella se desvanece como una aparición. Viaja todos los días por la misma ruta, esperando encontrarla, sintiendo la ausencia de algo que jamás poseyó.

“Era su mirada especial, su sonrisa… ¿la habré imaginado? ¿por qué me hace falta si ni siquiera la conozco? ¿quién es? ¿volveré a verla?”

Ella ha huido. Presintiendo la cercanía de cierto malhadado sentimiento ha roto su rutina para ya no verlo.

“Es cierto, apenas comenzaba, probablemente ni siquiera él se dio cuenta, pero así es como se acaba con esto, cortando de raíz cuando el sentimiento apenas va naciendo.

¿Deseo meterme en tamañas dificultades? No, es mejor así. Nada dura, todo es inconstante, ¿por qué arriesgar mi estabilidad por pequeños momentos de euforia?”

Me declaré abstemia de tan embriagadora sensación. No puedo traicionarme por un juego de miradas, está en riesgo mi corazón, mi fragilidad no confesa.

¿Para qué sirve algo así de todas maneras? Está sobrestimado, no es necesario.

Transcurren los días, las semanas… Es curioso como el olvido se niega a desaparecer de algo tan fútil. Mientras más transcurre el tiempo la huella del recuerdo se hace perenne. Es curioso como una simple mirada puede destruir montañas, desarmar fortalezas, penetrar en la vida y hacerla jirones.

Un día de tantos ella, pensando quizá que él ya no frecuentaría esa ruta, decide tomar el viejo camino. ¿Acaso la impulsó un sino más poderoso que sus convicciones? No lo sabremos. Lo ve subir al camión, el mismo temblor, acaso reforzado por la ausencia, la recorre. Sonríe y cierra los ojos.

– ¡Al fin te encuentro! ¿Cómo te llamas?

El amor es una lucha, una pérdida si quieres verlo de ese modo. Implica entrega en un mar de dudas, estar dispuesto a darlo todo, a sujetar tu bienestar al de otro ser. A sentirte vulnerable.

A veces es necesario esperar a que toque tu puerta. Llega sin avisar, agita tus cimientos, no admite pretextos.

Debes estar dispuesto a regalar desvelos, lágrimas y sonrisas. Siempre está lleno de dudas, vacilaciones y esperanzas irrealizables.

La mayoría de las ocasiones dan ganas de abandonar. De esconder el corazón para no fragmentarlo más. El dolor, y ese algo, que llaman felicidad, se confunden, te zarandean. La indiferencia no es una opción: hay que pagar el precio.

Es aterrador. Puede destrozarte el alma. Pero el riesgo vale la pena. Tú, querido lector, ¿estás dispuesto a afrontarlo?

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved

Anuncios

Juana

Image

Las primeras luces del amanecer, frías y somnolientas, se cuelan por el resquicio de la puerta. La casa se queja emitiendo crujidos que consiguen despertar a Juana.

Abre los ojos decepcionada de que otro día comience. Une sus quejidos a los de la casa y se levanta trabajosamente. Sus movimientos son lentos y torpes, consecuencia de la edad y una vida de privaciones. Múltiples dolores la recorren de la cabeza a los pies, está tan acostumbrada a ellos que ni siquiera les presta atención.

Se viste despacio y contempla su figura en el espejo opaco. De la voluptuosidad de sus formas no queda ni el recuerdo. Sus pensamientos vuelan hacia Macario, el anhelo de su juventud. Toma su libro de oraciones y el rosario, y se dirige al templo ubicado frente a su casa.

La recibe el silencio que le recuerda su condición de pecadora. Los santos y las vírgenes la contemplan con severidad, escandalizados de su atrevimiento. Humildemente se coloca de rodillas y se entrega a horas de inmóvil y ferviente oración.

El sol se levanta poderoso cuando concluye sus plegarias. Se pone de pie mientras la recorren calambres y su cuerpo protesta por la postura que se ha obligado a mantener durante horas. Mareada, pues no ha probado bocado, sale sintiéndose un poco más limpia y digna. Come en una fonda que está en una de las esquinas del templo. El movimiento y la alegría a su alrededor le parecen ajenos, desesperantes. Finge prestar atención a los parloteos de las meseras y engulle con dificultad la comida. Dos dientes se le han caído la tarde anterior y no se imagina cuánto más podrá soportar.

-¿Usted nunca ha amado señorita Juana?- le pregunta una mesera joven y segura de su atractivo, el cual le permitirá obtener al hombre que desee.

La pregunta la desconcierta levemente. Levanta los ojos y la mira con atención. Sus atributos le recuerdan a ella, espejo de su fortuna y desgracia, hace más de cuarenta años. “No es más que una puta” concluye con desprecio. El parecido que ha encontrado con ella comienza a torturarla, no puede huir de su pecado.

-El amor es el germen del pecado-musita con severidad. Se pone de pie y sale con pasos tambaleantes.

-¿Cuántas veces tengo que decirte que te guardes tus preguntas Liliana?-una mano firme y regordeta se estampa contra la cabeza de la mesera.

-No es mi culpa que sea una quedada amargada- murmura ésta y prosigue con su trabajo. Las palabras llegan a oídos de Juana pero decide ignorarlas.

¿Lo que más me gusta de tu cuerpo? Tus pechos, tu cadera, tus piernas… Eres una diosa Juanita, permíteme rendirte oración en mi altar.

¡Macario! ¡Cállate! Estás blasfemando.

El amor es pecado. El mejor pecado de todos. Ven a mis brazos, yo te protegeré de la ira de Dios.

¿Qué quedó de esa protección? Tu cuerpo regado en la plaza a consecuencia de la Revolución. ¿Sabes que es lo que más me gusta de tu cuerpo Macario? Tu lengua que supo recorrerme entera, aún parece que la siento, haciéndome olvidar nuestra culpa.

El amor es pecado, el mejor de todos, canturrea Juana mientras descarga un latigazo sobre su piel macilenta, rogando que, con el anochecer, llegue el fin de su agonía y el perdón de su pecado.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved