Tarde de juego

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La pelota impacta contra la cabeza de la raída muñeca y la tira de su asiento. Raquel se apresura a recogerla. Mientras le soba la cabecita de trapo susurrando palabras tranquilizadoras aparece Sergio el vecino de enfrente.

– Oye, ¿no has visto un balón?

Ella lo mira de forma acusadora.

– Así que fuiste tú el que golpeó a Estelita en la cabeza. Ahí está, llévate tu cochino balón.

Intentando aguantar la risa él agarra su pelota y ya cuando va a irse la invita a jugar. Luego de un momento de indecisión ella acepta y pasan la mayor parte de la tarde intentando anotarse goles.

Cansados regresan al árbol donde ella dejó su juego de té y las muñecas.

– ¿A qué otra cosa quieres jugar?- pregunta él después de un rato mirando las formas caprichosas de las nubes.

– Yo sólo sé jugar a las muñecas.

– Soy niño, yo no puedo jugar a las muñecas.

– ¡Ya sé! Entonces juguemos a la mamá y al papá.

– ¿A la mamá y al papá?

– Sí, mira, párate y has como que vas entrando a nuestra casa y yo hago como que voy a servir la comida. Y Estelita y Catalina pueden ser nuestras hijas.

Con una sonrisa él se levanta y finge abrir una puerta. Ella se apresura a ordenar el jueguito de té y regañar a sus muñecas.

– ¡Hola, amor! Ya llegué. Vengo muy cansado del trabajo.

– ¡Qué bueno que estás aquí amor! Ven, ya voy a servir la comida.

Se sientan en el pasto y aparentan comer durante un rato.

– ¡Qué rica comida amor! Cada día te sale mejor.

– ¡Ay, gracias amor!

– ¿Y ahora qué?

– No sé… pues di que te aumentaron el sueldo y que nos vas a invitar a la feria.

– Amor. Como ustedes son la razón de mi vida las invitaré a la feria.

Ríen divertidos y vuelven a sentarse al pie del árbol. Transcurre un tiempo indefinidamente largo y él se aclara la garganta.

– ¿Raquel?

– ¿Sí? ¿Qué pasa?

– ¿Te casarías conmigo?

Ella voltea a verlo sorprendida.

– ¿Qué? Ya no estamos jugando. ¿Por qué?

– Pues eres divertida. Y no juegas mal al fut. Me caes bien.

– Pero no podemos casarnos somos niños.

– Ya lo sé. Tenemos que esperar a crecer. ¿Qué dices? ¿Sí quieres?

– También me caes bien. Yo digo que sí.

Se agarran de la mano y suspiran a la vez. Ríen por la coincidencia.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– No sé… podrías besarme.

– ¿Besarte?

– Sí, eso hacen los que se van a casar.

Tragando saliva, Sergio se limpia la boca con una mano y se inclina hacia ella. Raquel cierra los ojos. Sus labios se rozan levemente.

Años después, luego de desventuras y corazones rotos, ambos regresarían a ese recuerdo con nostalgia. Cuando el amor se resumía a un juego que no hacía daño.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Vacío

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 El día que me di cuenta que me había quedado sin palabras decidí actuar de inmediato.

Las busqué en grandes libros y los más eruditos diccionarios. Las llamé en la voz de los poemas y rebusqué hasta en los rastros de los tickets de compra.

Regresé a casa con el desaliento a cuestas. A mi madre le bastó verme entrar para extender su dictamen: anemia. Pregunté cuál era el mejor tratamiento. “Aliméntate”, dijo simplemente.

Sonreí ante lo obvio de su solución. Desde entonces me dediqué a devorar palabras. Me comía las tareas de mi hermanito, las notas de compra, los reportes de la escuela.

Los libros grandes nunca me gustaron, tenían sabor añejo.

Comencé a sentirme más normal.

Un día, mientras iniciaba una clase, llegó una nota de amor a mi banca. La devoré sin miramientos.

Al salir la persona en cuestión, sin esperar ya una respuesta, me dijo: “No tienes corazón”.

Reflexioné toda la tarde sus palabras sin poder tragarlas, porque no estaban escritas, y llegué a la conclusión de que tenía razón.

Ya se imaginarán lo que hice entonces.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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