Michelle

Imagen

 Desde esta blanca habitación atisbo por la ventana y veo la luna, inmaculada y lejana, que no deja de susurrar su nombre, introduciéndolo en mis poros, clavando su esencia y consecuencias en mi piel.

Michelle…

Muevo mis labios, aunque ningún sonido brota de ellos, invoco su figura, sus movimientos, sus palabras, su deseo insatisfecho. El recuerdo flagela a tal grado mis sentidos que considero seriamente llamar al enfermero para una dosis extra esta noche. Las drogas son el único camino para combatir las pesadillas. El terror tiene una sola salida: la inconsciencia.

Si al menos Andrea no hubiera insistido en que saliéramos esa noche. Si hubiera abandonado la estúpida idea de apartarme de mis libros y mi mundo de ficción.

Caminábamos por la avenida Madero un viernes. Pasaban de las once de la noche. En mi casa no pusieron reparos ante mi ausencia nocturna. “Necesitas divertirte. Vas a secarte el cerebro y quemar tus pestañas si continuas tras esos libros”, había dicho mi madre. De alguna extraña manera todo parecía más brillante: los anuncios, los locales, la gente. La calle se encontraba casi a reventar, nos detuvimos ante una puerta inusitadamente oscura donde un cadenero, con aspecto de gorila, custodiaba la entrada.

Mostramos las identificaciones y accedimos a ese universo desconocido-al menos para mí-. Luces cegadoras y el humo de numerosos cigarros formaban el ambiente. La música estaba a tope, la mayoría se movía al ritmo desenfrenado de las notas mientras otros se entregaban a sus instintos en cubículos. Una alegría cristalizada y desafortunadamente falsa flotaba por encima de todo, completando el cuadro.

Andrea se acercó a la barra por bebidas y me pidió brindáramos por mi introducción al mundo real. Volteé a mi alrededor, para ser el mundo real todos tenían aspecto de criaturas condenadas, ángeles caídos que para no hundirse en el olvido se entregaban a sus pasiones. Bebió el contenido de su vaso con rapidez y, con un grito de euforia, me invitó a bailar. Se veía preciosa: su largo cabello negro caía en ondas hasta su cintura y contrastaba con su blanca piel, la cual podía ver en todo su esplendor gracias al ceñido vestido rojo que apenas la cubría. Se acercaba a mí dispuesta a seducirme, eso me confundió y emocionó, me entregué a sus promesas, anhelaba olvidarme de mí y darle rienda suelta a mis deseos.

Bailamos hasta que ya no sentí el cuerpo, provocándonos cada vez más. Tomándome de la mano me guió, no a un cubículo como pensé en un principio sino a un cuarto que parecía estar clausurado. Me besó, la acaricié, nos embriagamos con la culminación de nuestros apetitos más primarios. Con mareo creciente me sumergí en una vorágine que concluía con la satisfacción de todo lo que llevaba dentro. Me asusté al no vislumbrar el fin.

Ahora pienso que Andrea también se dio cuenta que no había un final. Quiso apartarse de mí, no se lo permití. Nos debatimos durante una eternidad, logró zafarse con un empujón violento y salió corriendo.

Trocado el placer en aflicción fui tras ella. De un segundo a otro todo se había tornado confuso.

Tropezó. Salido de quién sabe dónde un muchacho de complexión delgada se acercó a ella. La golpeó sin misericordia. Azotó su cabeza contra el suelo hasta que la sangre brotó como un manantial. Inmóvil, lo contemplé sin atreverme a intervenir. Su aspecto se tatuó en mis pupilas: pantalón de mezclilla, camisa y una gorra negra que no permitía ver su rostro. Tenía un no sé qué de suave en la forma de moverse a pesar de lo violento de sus acciones.

Giró su rostro hacia mí. Estaba delineado con delicadeza: boca pequeña, nariz afilada, ojos azules, pestañas largas y negras como la noche… no, no podía ser un muchacho, no podía serlo. Pensé en un ángel, un ángel dispuesto a vengar la no culminación del deseo.

Se acercó a mí con deliberada lentitud y gracia juguetona. Tomó mi mano y salimos de ahí, el cuerpo de Andrea quedó como mudo testigo…

Con urgente necesidad entro al baño y choco con un espejo que la enfermera olvidó cubrir. Me acerco a él con curiosidad. Pago cara su distracción. Los alaridos brotan de mi garganta, el paisaje se tiñe de rojo mientras los enfermeros entran e intentan contenerme. El reflejo se ríe de mí, multiplicado por cien. Ni todas las drogas del mundo podrán hacerme olvidar la última burla de un rostro delicadamente delineado, de boca pequeña y ojos nocturnamente azules. Mi propio reflejo, espejo del deseo jamás satisfecho.

Escucho a la luna pronunciar su nombre, mi nombre, como una oración blasfema: Michelle.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved

Anuncios