Descubrimiento

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No creí que volvería a encontrarlo después de aquella, nuestra última vez. Sentí mis mejillas enrojecer y casi pude ver cómo mis ojos recuperaban su luz.

Él no notó mi presencia al principio y eso me dio la oportunidad de observarlo a placer. Su aspecto apenas había cambiado: la tez infantil había sido sustituida por una más varonil, sus ojos brillaban más que nunca y todo su ser transmitía seguridad y simpatía; firmeza y dulzura.

Me senté en un rincón y cerré los ojos suspirando con suavidad. Sus palabras eran un bálsamo y una guía, casi creí su discurso.

Terminó tan rápido que no sentí pasar el tiempo. Abrí los ojos de golpe y tuve que soportar las impertinentes miradas de rechazo por mi atrevimiento. Me encogí de hombros y eso generó expresiones de desaprobación.

Siguiendo un impulso me levanté y caminé hacia él, deteniéndome sólo a escasos centímetros a pesar de las personas que lo rodeaban. La timidez que siempre sufría en su presencia volvió con fuerza arrolladora y me arrepentí de mi “valiente” impulso.

Levantó la vista como obedeciendo a un presentimiento y nuestros ojos se reconocieron. Noté su palidez instantánea, la vacilación en cada uno de sus gestos. Retrocedí para marcharme pero me detuvo reduciendo la distancia entre ambos. Iba a abrir la boca cuando lo llamaron provocando nuestro sobresalto y se dio la vuelta así sin más. Abandoné el recinto con un sabor agridulce en el alma y me prometí no regresar.

Sin embargo, cae más pronto un hablador que un cojo y a la siguiente semana estaba ahí, de nuevo en el rincón.

Sus palabras volvieron a transportarme, a convencerme. Habló del amor y lo mostró como nunca lo imaginé. Abrí los ojos y tropecé con su atenta mirada, otra vez el rubor, otra vez la desaprobación.

Sin poder resistirlo volví a acercarme. Me saludó con una sonrisa cautelosa y me invitó un café. Acepté sin pensarlo. Pronto las anécdotas de nuestra infancia sustituyeron al incómodo silencio. Las risas no tardaron en fluir.

Lo acompañé de regreso. El ambiente de compañerismo que habíamos establecido fue diluyéndose.

Nos detuvimos ante su puerta. Se inclinó para abrazarme y dejé que mis labios impusieran su voluntad. No me rechazó. El contacto se hizo más intenso. Entramos con torpeza y nos desplomamos sobre la cama. Se levantó para quitarse el pantalón, alzó la mirada y pareció herido por un rayo.

Alejándose de mí me pidió que no regresara.

Un frío paralizante sustituyó al calor de hace unos instantes. Me paré torpemente y me vestí negándome a irme hasta recibir una explicación.  Inicié con suavidad pero terminé mis preguntas a gritos. Él permanecía impasible y sereno. De pronto, suspiró pesadamente y se dio la vuelta. Lágrimas caían de sus ojos. Dejando caer un objeto a mis pies salió de la habitación.

Lo levanté con sorpresa y repugnancia: la negra sotana oscilaba con burlona seguridad.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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