Destino

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Sujetando con fuerza la bolsa en la que guardas lo más valioso de tus posesiones vuelves a mirar el cartel fluorescente:

SE RENTA HABITACIÓN PARA DAMA. CON TODOS LOS SERVICIOS. INFORMES EN LA VENTANA.

Vacilante cruzas la pequeña valla y te adentras en el pasto. Tocas la ventana con desmayada fuerza. Se abre luego de unos minutos y una vieja de milenario aspecto te observa con la ceja arqueada.

“Quisiera…”

“¡Ah! Eres tú. Te estaba esperando. Pasa.”

Cierras la boca confundida y te apresuras a entrar ante los ademanes enérgicos de la anciana. El interior del edificio es oscuro y frío pero te sientes a gusto. Apenas reparas en las puertas cerradas a cal y canto mientras recorres el pasillo con la vieja como guía.

Se detienen finalmente ante una puerta negra. “Las cosas están tal como las dejaste. Bienvenida a casa.” Tus ojos se detienen en los centenares de libros, ropa y objetos de diversa procedencia que cubren el departamento. Los sostienes entre tus manos intentado reconocerte en ellos pero fallas.

“Ella me confunde. Debería decírselo. Yo no soy quién piensa.”

Sales y la buscas sin éxito. Regresas al departamento y te acomodas a tu gusto. Después de larga e indecisa reflexión decides permanecer un tiempo ahí y marcharte en cuanto se descubra la verdad.

El sol comienza a acariciar cada rincón de la unidad habitacional. Te levantas con una inusual sonrisa pintándote el rostro. Desayunas en su compañía y le preguntas si puedes servirle en algo pero ella parece no escucharte.

“Lo primero es encontrar un trabajo”, te dices con ánimo renovado. Caminas sin rumbo en espera de topar con otro cartel que dicte tu destino pero no sucede. Regresas al anochecer con el firme propósito de continuar al día siguiente y el siguiente del siguiente. En eso transcurre la noria de tus días, te dejas arrastrar por la corriente pero nada sucede. La cotidianeidad te asfixia, el aburrimiento te posee, todo vuelve a perder su color.

Un día que te sabe levemente diferente tropiezas con él. Sabes quién es al mirarlo a los ojos claros, serenos, que irradian oro verduzco. Él también te reconoce y sonriendo te toma de la mano. Pasean durante tardes sin término, a su lado todo te parece radicalmente diferente.

En rededor se va gestando algo, lo sientes en el ambiente, las palabras, la sonrisa rota de la gente. Se avecina un cambio, puedes presentirlo pero no verlo, tus ojos están velados desde que lo encontraste. Y la anciana que se te perdió entre las sombras, que no está para explicarte qué carajo te rodea, cuál es tu destino. Impotente te limitas a dejarte arrastrar, como siempre.

Tropiezas con ella, por fin, una noche de estrellas apagadas. Se limita a observarte y luego se va. Le diriges preguntas sosegadas que se transforman en gritos que topan contra la fría pared de su indiferencia. Decides acudir a él para que te explique lo que es evidente que también presiente, pero no logras encontrarlo.

Todo ha cambiado, la gente se te confunde, afirmas estar en lugares que nunca existieron -al menos, no todavía- y te pierdes contemplando edificios que dejaron de existir. El velo se niega a caer y te van entrando ganas de arrancarlo a coste de sangre y dolor.

Ella sigue sin hablarte y tú piensas que enloquecerás, que ella siempre supo que tú no eras a la que buscaba y esto es su particular forma de cobrarse por tu estancia, que todo es un plan armado con él para desquiciarte. Armas tu maleta con la firme decisión de largarte y dejar ese lugar de sombras y realidades a medias. Cuando te dispones a salir ella abre la puerta y te obliga a sentarte en una silla.

“Esta vez no te me irás, mi cielo. Me costó tanto hacerte venir, tienes que quedarte.”

“Usted me confunde. Yo no soy quién busca, no soy ella. Prometo pagarle todo pero déjeme ir.”

“Y él que prometió venir por ti pronto. ¿Por qué tardará? Si no salen a tiempo van a encontrarse con la marcha y ya sabes lo que dicen de esos chismes.”

“Pero, ¿de qué me está hablando? Hace años que no se celebra, a nadie le importan los caídos del 68.”

“¿Prometes visitarme, verdad? Estoy tan sola sin ti que eres alma de mi alma.”

“¡No! ¡No quiero regresar! ¿Qué significa todo esto? ¿Quién es usted? ¿Quién soy yo? ¡Explíqueme!”

“¡Oh! Ya lo oigo subir las escaleras.”

Ignorándote sale con agilidad desconcertante. Las náuseas te invaden y llegas al lavabo con dificultad. Vomitas vacío. Te enjuagas la cara, chocas con el espejo y te pierdes en tus ojos oro verduzco.

Lo que viene al final es todo confusión y sangre. Tomas su mano -¿no es acaso tu mano?- y te reflejas en sus ojos claros -¿qué no son los tuyos?-. La gente corre de un lado a otro esa fría tarde de octubre, los soldados disparan.

Caes al sentir el impacto de algo contra tu nuca. Una hemorragia te corona y lava el velo de tus ojos. La marea de personas que corren, matan y mueren, desaparece. Agonizando lo miras -te miras- mientras sus lágrimas bañan tu rostro. Todo se desvanece. Entonces, recuerdas.

La anciana, que se ha convertido en una bella joven, te mira con lástima y toma tu mano -su mano-.

“El juego del gato y el ratón ha terminado.”, dice, “te he atrapado. “Yo gané. ¿Recuerdas que te dije que no podrías huir de mí? Como ves, ya seas hombre, mujer o quimera; en pasado, presente o futuro, siempre iré un paso por delante de ti. Lo he conseguido.”

Se inclina y te besa –lo besa- saboreándote con religiosidad. Acaricia tu rostro -el suyo- y se marcha dejándolos desangrarse convertidos, tras mucho escapar, en un solo espíritu.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH) 

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