Virginia

mirando-por-la-ventana

-¡Ay! Ándale Vicky.

-No.

-Por favor, prima.

-Ya te dije que no, el Chuy y David van a molerme a palos.

-Será sólo un rato, te lo prometo.

-Eso dijiste la última vez.

-Por favor…

La muchacha de negros cabellos y ojos vivarachos miró a Virginia de forma implorante. Ella resistió persistentemente pero al final terminó cediendo, como siempre, a las peticiones de su prima. Con una sonrisa corrió a arreglarse y la obligó a hacer lo mismo. Colocándole flores en el cabello claro, la tomó de la mano y juntas salieron a hurtadillas por la puerta de atrás.

Recorrieron las empedradas calles mientras el sol moría lentamente dejando rastros brillantes en los balcones de las casas.

Llegaron al fin a una casa azul de grandes ventanales. Adornos luminosos las guiaron al interior donde el sencillo baile se llevaba a cabo. Sonrieron a algunas conocidas y se apresuraron a presentar sus respetos a la señora de la casa.

Después todo fue un remolino de colores y movimiento, de risas y promesas dichas a media voz. Virginia esperaba con paciencia en un rincón. Se había cansado de participar en los bailes grupales y miraba las múltiples parejas que se habían formado. Ahí, sola, se sentía verdaderamente tranquila y a salvo. Nadie se atrevía a invitarla a bailar, su cabello castaño y sus ojos claros, que la diferenciaban de la mayoría de las muchachas, provocaban una impresión contradictoria de atracción y repulsión. Los muchachos se sentían llamados por su belleza pero se alejaban con el miedo que despierta lo desconocido en aquellos que no son locos, ni poetas.

Su tranquilidad fue transformándose en preocupación al pensar en todo lo que tenía por hacer al día siguiente: alimentar a las gallinas, ayudar en la siembra… sin olvidar su trabajo en la Casa Grande, ésa que pertenecía a la vieja solterona que tanto parecía apreciarla y en la que vivía el objeto de sus primeras ilusiones de mujer: un joven estudiante que la colmaba de tímidas atenciones. Un sentimiento de urgencia brotó de sus entrañas y la llevó a buscar a su prima para pedirle que regresaran.

Localizó su fragante cabellera detrás de unos árboles. Al verla prendida de los labios del hombre con el que había bailado toda la noche enmudeció de asombro. El rubor la invadió de pies a cabeza dándole algo de color a sus pálidas mejillas. Sin saber qué hacer se quedó ahí mirándolos, incrédula y fascinada. Ellos parecieron notar su presencia y se separaron con no poco pesar. Sintiéndose fuera de lugar murmuró una disculpa y quiso retirarse, olvidada ya de la urgencia que le había hecho buscarla, pero su prima no lo permitió. Tomándola  de la mano, la llevó hacia el hombre a quien presentó como su novio.

Salieron poco después en compañía de otro joven, amigo de éste. Su prima le explicó que a esa hora era ya imposible regresar a casa, que se quedarían con ellos y se marcharían con las primeras luces del amanecer para no ser descubiertas. Horrorizada, Virginia sólo atinó a hacer un gesto de enfado y le juró que nunca participaría de nuevo en sus locuras. Entraron a una de las casitas, de pobre aspecto, y se dispusieron a esperar el amanecer.

El tiempo transcurrió a un ritmo discordante. Entregándose a múltiples manifestaciones de cariño, la prima y su novio parecieron formar un mundo aparte. Virginia se dedicó a mirar las estrellas por la ventana, preocupada por lo que le harían sus hermanos al llegar a casa.

Ya asomaba un tímido rayo de claridad cuando su prima se le acercó y la abrazó con lágrimas en los ojos, pidiéndole perdón. Desde su hombro vio al novio y su amigo discutir hasta que este último asintió de mala gana. Se dirigieron a su encuentro y el amigo pareció reparar en ella por primera vez. Con una mueca de desdén la recorrió de pies a cabeza y luego la tomó de la mano. Sin darle oportunidad de decir nada, los cuatro se dirigieron a la capilla donde un sacerdote los esperaba con una mueca de desaprobación.

Quiso soltarse, correr o esconderse mientras era conducida al altar por ese desconocido. Comprendió entonces las verdaderas intenciones de su prima: casarse en secreto. Como un elemento que no entraba en los cálculos estaba ella, pero gracias al amigo del novio, ese desconocido que la llevaba de mala gana, esa cuenta se saldaba y ya no había marcha atrás. Si no quería ser objeto de los juicios del pueblo y la condena de su familia debía someterse a la solución que le presentaban y aceptar esa unión nacida de un apresurado embuste.

El frío aire otoñal acaricia su piel macilenta llevándose éste y otros recuerdos. Contempla a su nieta, quien la mira con una expresión de incrédula perplejidad. Toma su mano con suavidad explicándole que, en ocasiones, la vida se fundamenta a través del engaño… pues hasta el amor puede nacer de una mentira.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La cena

Andrei Zadorine + Андрей Задорин - Tutt'Art@ (60)

La mujer rubia se sentó esperando, sabía que él llegaría, no podía faltar a la cita tanto tiempo anhelada.

Una morena de buen cuerpo, en el que, sin embargo, ya se mostraba la huella inclemente del tiempo, entró al local y se sentó en la mesa de enfrente. Al verla, la mujer del cabello de oro inclinó levemente la cabeza y se perdió en sus pensamientos.

El lugar vacío, también parecía aguardar algo. Cada mueble exudaba ansía, dolor, expectativa y una espera insoportable.

Con lentitud las horas pasaron pero ninguna de las dos mujeres mostró ganas de irse. Ninguna palabra cortó el silencio. Se estableció un equilibrio perfecto en el que él era el soporte, su espera constituía la razón de todo, el preludio antes de lo inevitable.

-Te esperaba- una voz varonil, fuerte y segura rasgó el silencio haciéndolo sangrar de una cuchillada.

Ambas mujeres se sobresaltaron poniéndose de pie a la vez. Al verlas, él sonrió mostrándose gratamente sorprendido.

-¡Qué distraído!- murmuró sin parar de sonreír- las cité el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Nunca he sido muy ordenado en estas cosas del amor.

La burla brilló por todo el lugar y las acarició hasta desgarrarlas pero ninguna dio muestras de ello. Se limitaron a esperar lo que seguía. Uniendo las palmas con fuerza, él se acercó más al centro quedando en medio de las dos.

-¡Bueno! Ya que estamos aquí, ¿por qué no pasamos un gran rato los tres?

Las tomó de la mano y las condujo a una de las habitaciones del bar que no era más que el viejo burdel de la familia, abandonado muchos años atrás.

“Ahora sí estoy segura que no he olvidado nada”, pensé con alivio. Contemplé mi reflejo en el espejo y sonreí ante mi aspecto. Ahora sí iba a gustarle. Estaba segura.

La puerta se azotó con fuerza innecesaria. Temblé a mi pesar. “¿Cómo te fue en el trabajo, mi vida?”, pregunté con voz que intentaba ser alegre.

Entró al comedor con fuerza, me tomó entre sus brazos besándome con pasión arrolladora y luego me estampó contra la mesa una, dos, tres veces.

“Te vi”, dijo enloquecido besando y mordiendo mi cuello, “no eres más que una vulgar puta, siempre lo he sabido. Sírveme de comer.”

Arreglándome el vestido corrí a la cocina. Ni siquiera una lágrima se atrevió a brotar de mi centro.

Casi al anochecer se acercó a la sala donde veía un programa. Tomándome de la mano me guió a la cama. Me quitó la ropa con suavidad, besando con amor cada moretón, lamiendo cada cicatriz. Cada embestida suya me vaciaba llenándome. No me atreví a cerrar los ojos y seguí con atención la punta afilada de su vieja navaja que penetraba en mi piel haciéndome amables cortes. Sólo se hundió cuando al fin llegó al clímax. Tuve que coser mi piel como cada noche mientras mi dorado cabello me cobijaba sin darme consuelo.

-Hoy vamos a intentar algo diferente- dijo quitándose la camisa y el pantalón con rapidez.-Creo que ya saben lo que sigue, ¿no? Comiencen.

Ante la orden, las dos mujeres se miraron al fin y se atrevieron a reconocerse. Sus labios se unieron con timidez y un viejo cariño emergió con la fuerza del olvido. El beso aumentó su intensidad y sus manos se aventuraron por el cuerpo de la otra. Habían realizado esa actividad ante él en tantas ocasiones que fue como regresar cariñosamente a una agradable costumbre ya extrañada. Se acostaron en la cama sin dejar de acariciarse, de comprenderse. Como antes formaron una dupla perfecta. En un sillón que estaba colocado de cara a la cama, él se masturbaba con fuerza sin parar de gemir y aferrar la navaja. Lo mejor estaba por venir.

“Hola, guapa. ¿Vienes sola?”. Lo miré indiferente a través de la cortina de negro cabello que me cubría y seguí con mi bebida. Se sentó a mi lado y lo intentó de nuevo. Lancé una sonrisa forzada y lo escuché pedirme una bebida.

Roto el cristal gracias al generoso alcohol nos enlazamos en una plática que terminó en gemidos entrecortados en su departamento.

Una semana después estaba loca por él. Me rogó que nos fuéramos a vivir juntos. Accedí porque estaba enamorada y él me adoraba, ¿qué podía salir mal?

Sus ausencias comenzaron a hacerse más prolongadas. Cada vez discutíamos con mayor frecuencia. Sus golpes se convirtieron en una costumbre que curaba con buen sexo.
El círculo se cerró en torno a mi cuello y ni siquiera me di cuenta. Cerré los ojos y me abrí a su amor calcinante y avasallador que me consumió hasta borrarme.

Al percatarse de la creciente excitación que crecía entre ambas decidió incorporarse al juego. Un puñetazo limpio y eficaz puso a la morena fuera de combate. Montó a la mujer rubia, delicada y enfermiza que durante diez años había sido suya y la gozó como en los viejos tiempos. Su placer trocose en decepción al notar como el brillo desaparecía de los ojos de ella al sentir sus caricias. La golpeó hasta que sintió la sangre manar de sus labios. Su erección se mantuvo al tiempo que sacaba la navaja y la hundía en una de sus viejas marcas, sintió que estaba por llegar al éxtasis, transportado durante unos segundos a ese lugar que no era el cielo, ni siquiera el infierno. Luego todo fue oscuridad.

La mujer de dorados cabellos abrió los ojos al sentir algo caliente y espeso que le salpicaba el rostro. Con un grito de terror se lo quitó de encima y saltó de la cama. La sangre nutría las sábanas y el colchón.

-¡Qué hiciste?
-Lo que debí hacer desde hace cinco años.
-¡Está muerto!
-No podía soportar que te siguiera lastimando.

Ambas mujeres se abrazaron sin cesar de temblar.

-¿Y ahora qué hacemos con él?
-Deshacernos del cuerpo, supongo.

Salieron del cuarto para buscar herramientas y se dedicaron a recorrer el lugar donde él las obligó a iniciar la relación que terminaría por destruirlo. A cada paso, a cada recuerdo, iban desdibujando sus huellas de aquella historia que nunca debió escribirse.

Un golpe seco en la puerta las hizo detenerse. El peso que comenzaba a desaparecer regresó con toda su fuerza. Inmóviles, sin atreverse ni a pensar, esperaron el momento en el que él regresara a ajustar cuentas.

Más golpes. Un sudor frío escurría de sus miembros y el temblor regresó como parte de su ser. Al final algo pareció romperse y la rubia regresó sin atreverse a mirar atrás. La morena no tardó en unírsele y tomadas de la mano retrocedieron cruzando los largos corredores.

Se percataron de que los golpes provenían de la puerta principal y ahí dirigieron sus inseguros pasos. La mujer rubia se adelantó y abrió con cautela. Sus ojos se abrieron de asombro ante el grupo de hombres que se aglutinaba queriendo entrar. De entre ellos se adelantó uno, un hombre brutal y alcoholizado en el que reconoció a su compadre Eustacio.

-¡Ámbarcita! ¡Qué gusto encontrarla! ¿Ya está todo listo?

Ella lo miró sin comprender. Por sobre su hombro se asomó la morena y el regocijo del grupo fue casi palpable.

-¡Así que también está aquí Mónica! Ese compadre es todo un macho. Ámbarcita, ¿ya está la comida? ¿Qué no le dijo mi compadre? Vamos a tener una reunión para celebrar los… ya sabe, debe recordar tan bien como yo, los viejos tiempos.

Una luz que ya no podría apagarse se encendió en los ojos de la rubia. Con voz mesurada les avisó que estaría todo dispuesto para la cena y les cerró la puerta en la cara.

Sin parar de murmurar para sí misma se dirigió al cuarto donde yacía el cadáver de su esposo y ex amor de su vida. Con desprecio lo contempló ahí tendido, helado y patético, y no pudo evitar un suspiro.

Tomó sus pies y lo arrastró fuera de la cama trabajosamente. La morena los miraba en silencio.

-Ámbar, ¿qué se supone qué haces?
-Mónica, no olvides tu promesa.
-La recuerdo todos los días. ¿Qué haremos?
-¿No es evidente? Darles de comer.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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