Mujer

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La observo descansar sobre el sillón rojo como su vestido. Sus ojos cerrados dotan de suavidad el resto de su aspecto. Suspiro con satisfacción. En busca del amor decidí acercarme a ella. En busca de traición rocé su cuerpo.

Todo comenzó por casualidad como las mejores cosas. Un día en el trabajo me tocó cubrir turno con ella. El resto es historia. Nuestra historia.

Pláticas, salidas e incontables noches en que respiré la eternidad a través de sus besos. Confianza, sueños y proyectos.

– Deberíamos salir del clóset- le dije un día entre risas, escondiendo mi miedo a su negativa.

– ¿Para qué?- me preguntó muy seria haciendo caso omiso de mis arrumacos.- No pasaríamos de ser unas lenchas despreciadas por todos.

Me callé y no volví a sacar el tema. Lo sepulté bajo besos y caricias salvajes, animalizadas. La hice mía de una y mil formas sin sentirla totalmente. Algo se había roto.

Nuestras salidas se hicieron menos frecuentes. La complicidad se fugó con la ternura por la ventana. Cada vez más pretextos, cada vez “la vida normal” se metió más y más, las exigencias aumentaron, ser una misma ya no era suficiente.

Hace unas horas nos citamos por última vez. Nos entregamos por última vez. Nos juramos amor eterno entre suspiros. La recorrí entera con mis ojos, mi lengua y mis lágrimas. Luego tomé el cuchillo y la penetré con dolorosa satisfacción. Veintitrés cuchilladas bastaron para separarla de mi corazón.

Ahora contemplo su belleza marchita, ahogada por la marea de todo lo que no nos dejará ser. Me acerco y depósito un beso profundo en su boca entreabierta que sabe a corrupción. Acaricio su piel en la que se anticipa el aroma de la podredumbre.

Veo antes de salir mi apariencia ejecutiva e impecable en el espejo. Mi esposo e hijos me esperan en casa para desempeñar el papel que nunca acepté: el de ser mujer.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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