Búsqueda

mujer-sombra

Te vas,

buscas lo inencontrable.

Y yo aquí,

en esta orilla,

queriendo regalarte

el agua de colores

que guardo para ti

desde mi infancia.

Deseo incumplido, Antonio Castañeda.

Muevo rítmicamente la cabeza y tarareo la estridente canción que acompaña a la multitud presa de éxtasis. El frío me posee a pesar de que alrededor mío el ambiente se caldea cada vez más. Observo el decorado y mi atención se desvía hacia las luces deslumbrantes que me enceguecen aunque no por primera vez.

Me encuentro a la espera, como ya se ha vuelto rutina, de una oportunidad. El cantinero me sirve otra copa y sonríe con algo parecido a la piedad: “Ya llegará, ya llegará”, murmura. Le dirijo un gesto de impotencia y me sumo en la melancolía.

Recorro nuevamente con la vista el lugar. Tropiezo con una franca mirada que me provoca, extrañamente, un sonrojo. Lanzo una vacilante sonrisa y lo veo acercarse. ¿Me reconocerá?, la perspectiva aterradora palpita en el vaso desprovisto que no deja de temblar en mi mano mientras lo observo caminar decidido y más atractivo que nunca.

Reconozco el brillo de su collar y sonrío ante la coincidencia. Su mirada tímida me confunde pero su sonrisa me alienta. Me dirijo hacia ella con algo parecido a un hueco deslizándose en mi interior. Me siento a su lado y la devoro con la mirada: poco maquillaje a excepción de los rojos labios, un vestido negro que cubre lo indispensable como para dejar algo de trabajo a la imaginación.

Ella carraspea para dar entender que se da cuenta de mi análisis. La miro temeroso de haberla ofendido y suelta una carcajada.

-¿Bailas?- pregunta con una extraña alegría danzando en sus ojos.

-N-n-o, no- consigo murmurar apenas.

-Yo tampoco- me susurra levantándose. Me toma de la mano y caminamos hacia el centro de la pista. Miente, por supuesto.

-¿Te acuerdas de mí?- susurro nerviosa. Sonríe al tiempo que señala mi, desgraciadamente inseparable, collar. -¿Quién soy?- le pregunto con la urgencia latiendo en mis labios. Lentamente la sonrisa se borra de sus labios. “No lo recuerdo”, me dice confundido. Ahora es mi turno de sonreír, han pasado muchos años, desde luego. -Lo siento, creo que te confundí. -No importa- digo con una sonrisa mientras bendigo su mala memoria. Sigo bailando, incitándolo, recordándolo, pues yo, al menos, no he olvidado sus sonrisas y nuestros juegos infantiles. Una no vive de recuerdos, sin embargo, así que me acerco a su boca y lo contagio de mi anhelo.

Sin saber cómo nos hallamos en la habitación de un hotel no tan miserable. Todo me costará un ojo de la cara, no hay duda, pero ella lo vale. El tacto de sus labios se hace más frenético y sin dudar uno mi urgencia a la suya.

Caemos en la cama mientras nos acariciamos sin cesar. Mis manos recorren su cuerpo, lo adivinan, me detengo en la fragilidad de su espalda y la siento temblar mientras la aprieto contra mí. Realizo caminos nunca inventados con mis labios y siento la textura de su piel, fría y suave a la vez. Bajo el cierre de su vestido y lo retiro con lentitud al tiempo que el ansía crece dentro de mí. Torpemente le quito la ropa interior y me recreo con la blancura lechosa de su piel. Los besos se reinician con pasión y la veo cerrar los ojos con una sonrisa.

Adivino una ternura insospechada en cada uno de sus movimientos. Le quito la ropa con lamentable rapidez y procuro grabar en mi retina cada instante. Toco su pecho y se estremece ante mi contacto. Sonrío como una experta y continúo con lo inevitable. Mi corazón late como nunca y adivino poemas no materializados en sus labios.

Mis manos ascienden y descienden por su cuerpo incrementando su velocidad a cada beso, a cada sonrisa. No necesito prepararme mentalmente para lo que viene, lo deseo con cada una de las células de mi cuerpo. Siento sus piernas temblar y lo guío a mi interior. Sus suspiros me revelan su inexperiencia y por un momento me enternezco de su inhabilidad que no hace más que seducirme. Lo escucho susurrarme imposibles y creo sus mentiras con cada embestida.

Un gemido suave escapa de sus labios involuntariamente y me enloquece. Cuento las estrellas en sus ojos y daría la mitad de lo que no soy por conocer su nombre y gritarlo al infinito. Su cuerpo se arquea bajo el mío y mantenemos un ritmo desenfrenado a duras penas. Todo por servir se acaba, claro está, y también para nosotros llega el final. ¿Cómo describir lo inefable? El placer nos recorre, nos alimenta, nos condena.

Lo siento caer exhausto encima de mí y lo cubro de besos como una tonta sentimental. Me acuna en sus brazos y pronto se queda dormido. Lo contemplo durante largo rato y memorizo cada lunar y cada fragmento de su ser. No puedo evitar que un nudo se forme en mi garganta y sonrío nostálgica acordándome de mi amor infantil, lo mejor es que no recuerde y que yo no olvide. Me levanto y me cambio en silencio. Tomo su cartera y río tierna ante la imagen en sus credenciales. Me llevo una de las muchas fotos que tiene en una bolsita pequeña confinada en un rincón olvidado, como yo. Luego cuento el dinero y agarro lo que me toca, ni un peso más. Me resisto a mirarlo de nuevo y salgo de la habitación sin mirar atrás.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La fiesta

La fiesta

Odias este momento más que ningún otro. Las manos comienzan a sudarte mientras ves al sol descender cada vez más. Quisieras encontrar la fórmula para detenerlo eternamente y no tener que enfrentarte al drama de todas las noches. Procuras distraerte con programas, libros, cómics, juegos… esperas hasta la madrugada, cuando ya todos en tu casa han ido a dormir para acostarte con la luz encendida.

Esa es la rutina en la que intentas sobrevivir diariamente. Te tragas los reclamos y regaños de tu madre. Todo con tal de no enfrentarte a la maldita sensación de estar desollado vivo y expuesto a toda la clase de peligros que se conjuran al apagar la lámpara.

Hasta ese maldito día en que ella decide que es una buena idea que intentes convivir con los niños de tu edificio y te lleva en contra de tu voluntad a la fiesta de cumpleaños que realizará uno de ellos. Sin saber cómo terminas en el maldito recibidor ridículamente vestido y con un regalo en las manos sudorosas. Una mujer mayor, la madre de él, te lo quita con una empalagosa sonrisa y te invita a unirte al cuarto de juegos.

Sabes que no tienes otra opción así que te diriges ahí arrastrando los pies. Los otros niños se encuentran concentrados en una clase de juego que básicamente consiste en torturar a la pareja de tortugas que le acaban de regalar al cumpleañero. Todos voltean a verte con algo de desprecio e ignorándote prosiguen con lo suyo. Te sientas en un rincón y esperas a que pase el tiempo hasta que tu mamá vaya por ti.

Luego de un rato parecen aburrirse y deciden concentrar su atención en ti. Te observan silenciosamente hasta que consiguen ponerte nervioso. Uno de ellos, que porta un horrible gorrito de fiesta y parece ser el anfitrión de la fiesta, da un paso adelante, riendo. Entre carcajadas les cuenta que todas las noches dejas la luz de tu cuarto encendida porque eres una nenita cobarde. Varios comienzan a reír y se acercan a ti entonando una cantinela de burla mientras te lanzan golpes a la cabeza, la espalda y las piernas. Te cercan en un coro desquiciante y lo único que sientes es dolorosa humillación.

Al fin se cansan y te dejan hecho un ovilllo en el suelo. El del cumpleaños se acerca y, escupiéndote, te dice que te darán una oportunidad para probarte. La cosa es sencilla: sólo debes entrar a un armario y quedarte ahí cinco minutos.

La sangre se te congela en las venas y quieres negarte pero sabes que todo será peor. Te levantas lentamente y tambaleándote te diriges al armario. Entras y cierras la puerta tras de ti.

Dentro la oscuridad es total. Tu respiración comienza a acelerarse y la sensación de miles de pares de ojos que te observan crece a cada segundo. Te encoges en un rincón e intentas esperar a que pase el tiempo convenido. Fuera escuchas las risas y las burlas de los chicos de la fiesta. Un ruido sordo te pone en alerta. Al principio piensas que es obra de ellos, una manera de torturarte en tu encierro voluntario. Luego te das cuenta de que no puede ser. El golpeteo se escucha cada vez más fuerte y aterradoramente cerca. Volteas a todos lados intentado, estúpidamente, ver algo. Lanzas golpes a la nada. El golpeteo se escucha más cerca, MÁS CERCA. Escuchas también un murmullo frío que parece pronunciar tu nombre. Buscas la manija de la puerta para terminar con tu agonía pero sólo encuentras la puerta lisa, sin cerradura. El pánico te embarga y el maldito golpeteo sólo parece aumentar, cada vez más frenético, cada vez más mortal. Los ojos que te observan aumentan más y más, y parecen formar macabras sonrisas. Comienzas a golpear la puerta y a gritar pero nadie responde a tu llamado de auxilio. Y ese condenado golpeteo que sigue sin parar, que marcha cada vez más rápido, más rápido, más rápido, MÁS RÁPIDO, MÁS RÁPIDO

M

Á

S

R

Á

P

I

D

O

Te azotas contra la puerta cubriéndote los oídos, intentando acallarlo pero sólo parece aumentar. Hundes los pulgares en tus orejas hasta que sientes la sangre correr por tus manos y aún así sigue sonando cada vez más fuerte. Gritas intentando terminar con él pero nada parece funcionar. Lloras y golpeas repetidamente tu cabeza contra la puerta hasta que sientes que algo, al fin, estalla.

Asustado, el anfitrión de la fiesta suelta el pestillo y la puerta se abre lentamente mientras tu cadáver se desliza ensangrentado hasta la mullida alfombra. Ya puedes disfrutar del silencio.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La catedral

La catedral

Algún lugar de Parral, Chihuahua a 20 de noviembre de 1954

Cuando te llegue esta carta espero ya no contarme entre el número de seres vivientes de este planeta. No te pido que llores mi desgracia después de todas las cosas malas que he cometido, algunas en tu perjuicio, desde que perdí la fe en ese Dios que dices amar tanto.

Acaso te preguntarás la razón de este escrito. ¿Por qué de entre todos tuve que elegirte para que conocieras la verdadera historia de mi perdición?

Ni yo lo sé a ciencia cierta. Será quizás el último rasgo de humana cursilería que queda en mí. Sea como sea, la decisión ha sido tomada y sólo en ti quedará creer o no en la última confesión de un condenado al sufrimiento eterno.

Seguro recordarás la última vez que nos vimos, lanzaste sobre mí una maldición que aún corroe mis adoloridos y asustados huesos.

Enfadado y más herido de lo que podrás imaginarte decidí viajar hacia el norte. Planeaba ampliar mis estudios sobre la arquitectura de la época de la colonia y, aunque no muchas, había algunas construcciones que me mantendrían ocupado los siguientes meses.

Llegué a un viejo pueblo cuyo nombre ha sido olvidado hasta por sus propios habitantes. Fue difícil que me aceptaran aquellas gentes de campo pero ya sabes cómo soy de convincente cuando me lo propongo. En poco tiempo estuve instalado en un cuarto de la única posada en varios kilómetros a la redonda.

Durante los días siguientes me dediqué a instalarme y curiosear las pocas construcciones que aún sobrevivían a las inclemencias del tiempo.

Luego de un largo mes, en el que realicé varios artículos que esperaba publicar a mi regreso al D.F. e intenté trabar una ligera amistad con las mentes menos obtusas de aquel pueblo dejado de la mano de Dios, estuve listo para mi expedición.

Entre varios lugareños averigüé que existía una catedral rica en detalles y ornamentos escondida en una especie de gruta. ¿Cómo había llegado ahí? Nadie lo sabía. Aunque intenté convencerlos de que me hablaran más sobre ese interesante lugar se negaron a decirme más pues padecían el miedo que la superchería y la ignorancia ocasionan en los de mente simple. Alguno mencionó algo sobre un antiguo peligro que había ocasionado la muerte de varias vacas y la desaparición de niños y muchachas en su mayoría.

Ignorando sus historias sinsentido soborné a uno de ellos para que me condujera a la entrada de la gruta.

Una fría mañana preparé mi cámara, varios rollos, mis cuadernos de notas, monté una vieja mula y fui guiado a lo que, ahora sé, era mi destino.

Después de algunas horas llegamos por fin. Con evidentes muestras de terror ese arriero de rudo aspecto que parecía arrepentido de haber aceptado mi soborno me dejó en la entrada y emprendió el regreso a todo galope olvidándose hasta de la mula, a la cual até cerca de ahí.

Una vez arregladas mis cosas me adentré en las oscuras profundidades de mi perdición.

Caminé a tientas durante varias horas tropezando continuamente con las piedras e irregularidades del camino. La negrura era tan absoluta que daba igual tener los ojos abiertos o cerrados. Al fin, vislumbré una luz en la lejanía. Entusiasmado apresuré mis pasos y pronto me hallé ante un edificio de soberbio aspecto.

No pude evitar exhalar un suspiro de admiración y me dediqué a analizar cada detalle como niño con juguete nuevo. Luego de un tiempo decidí regresar en la mula para traer diversos materiales y dejar los rollos y las notas que había reunido. Atravesé el túnel que conducía al exterior con un extraño desasosiego. Cuál no sería mi sorpresa al encontrar a la mula masacrada colgando del árbol al que la había amarrado horas antes. Desconcertado y algo temeroso inspeccioné el terreno en busca de marcas o huellas pero sólo encontré rastros de sangre y vísceras. La oscuridad ya se cernía sobre mí cuando se me ocurrió que la mejor opción era regresar por la gruta y pasar la noche en la catedral.

Ya en el interior decidí instalarme en un rincón y esperar el amanecer. Tanto el interior como el exterior de la catedral estaban rodeados por un aura lumínica que me permitió examinar cada rincón y extasiarme con su composición perfecta.

Alrededor de las tres de la mañana un aullido desgarrador me arrancó de mi somnoliento ensimismamiento. Me quedé en mi sitio con el corazón latiendo dolorosamente rápido. El sonido de algo que se arrastraba hacía la catedral me heló la sangre en las venas. Escondiéndome tras una columna espié la entrada de una figura alta y jorobada que arrastraba un bulto, el cual iba dejando una marca de sangre en el frío suelo.

El ser caminó hasta el altar y con algún esfuerzo subió el bulto. Procedió a desamarrarlo y dejé escapar una silenciosa exclamación de horror: sobre el altar se encontraba el cuerpo agonizante de una de las hijas más jóvenes del arriero que me guiara esta mañana. Sus articulaciones se encontraban rotas y eso le daba el aspecto de una muñeca de trapo. Su cara era una mueca permanente de terror y sufrimiento. Me vio y sus labios formaron una súplica. Aquel ser jugueteó un rato con ella golpeándola y azotándola contra el frío mármol del altar… aún recuerdo cómo escuché crujir sus huesos. En el momento en que pareció percibir que la vida de su víctima se apagaba, la tomó violentamente de la larga y sedosa cabellera negra y jaló hasta dejar su cuello bien expuesto, una vez hecho esto se inclinó sobre ella.

Durante minutos interminables lo único que escuché fue aquel grosero sonido de succión que hacía eco en cada rincón de la catedral llevándome a los límites de la locura. Imaginando lo que me sucedería si aquella cosa me encontraba me agaché en un rincón, oculto por la columna. Al final pude distinguir claramente cómo su cuello se rompía al caer su cuerpo al suelo luego de ser drenado.

Me atreví a asomarme después de dejar pasar unos minutos… no había ni rastro de la criatura. Solté un sonoro suspiro de alivio y ya regresaba a mi posición cuando lo vi ante mí: alto, frío y mortal. Sin darme tiempo a reaccionar se avalanzó sobre mí y todo fue oscuridad.

A la mañana siguiente me levanté débil y adolorido. La catedral lucía igual de majestuosa que la noche anterior, no encontré rastros de sangre, ni el cuerpo de la muchacha. Llegué a la conclusión de que todo había sido una alucinación provocada por el cansancio y la atmósfera enrarecida del lugar. Tomé mis cosas y salí con, debo admitirlo, una especie de temor sin nombre.

El aire fresco del exterior de la gruta se llevó ése y otros temores. A pesar de que tuve que caminar casi todo el día y buena parte de la noche llegué de buen humor al pueblo. Entré en mi cuarto y puse en orden mis cosas. Aunque ya casi había olvidado el asunto decidí no volver a la catedral y concentrarme en el material recolectado.

Los últimos rayos del atardecer golpeaban mi ventana cuando me sentí con fuerzas de bajar por comida. Mi cansancio había sido tal que había pasado casi todo el día durmiendo. La posadera no se dignó a hacerme caso y rechazó el dinero que le ofrecí. Mencionando algo acerca de la marca de Caín me pidió que abandonara inmediatamente su establecimiento.

Indignado regresé a hacer las maletas. Recogía mis utensilios de afeitar cuando me corté accidentalmente con la navaja. Sin pensarlo llevé la mano a mi boca y empecé a sorber con desesperación. Al darme cuenta de lo desatinado de mi actuar solté todo lo que traía en las manos. Me apresuré a recoger todo. Curioso me incliné a levantar lo último, mi viejo espejo de mano, y no encontré mi reflejo.

La noche avanza mientras termino de escribirte estas palabras. Atando cabos llegué a la única explicación posible: estoy condenado y cada vez más muerto. Fuera el viento ruge con fuerza y… la sed comienza a atacar.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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