La fiesta

La fiesta

Odias este momento más que ningún otro. Las manos comienzan a sudarte mientras ves al sol descender cada vez más. Quisieras encontrar la fórmula para detenerlo eternamente y no tener que enfrentarte al drama de todas las noches. Procuras distraerte con programas, libros, cómics, juegos… esperas hasta la madrugada, cuando ya todos en tu casa han ido a dormir para acostarte con la luz encendida.

Esa es la rutina en la que intentas sobrevivir diariamente. Te tragas los reclamos y regaños de tu madre. Todo con tal de no enfrentarte a la maldita sensación de estar desollado vivo y expuesto a toda la clase de peligros que se conjuran al apagar la lámpara.

Hasta ese maldito día en que ella decide que es una buena idea que intentes convivir con los niños de tu edificio y te lleva en contra de tu voluntad a la fiesta de cumpleaños que realizará uno de ellos. Sin saber cómo terminas en el maldito recibidor ridículamente vestido y con un regalo en las manos sudorosas. Una mujer mayor, la madre de él, te lo quita con una empalagosa sonrisa y te invita a unirte al cuarto de juegos.

Sabes que no tienes otra opción así que te diriges ahí arrastrando los pies. Los otros niños se encuentran concentrados en una clase de juego que básicamente consiste en torturar a la pareja de tortugas que le acaban de regalar al cumpleañero. Todos voltean a verte con algo de desprecio e ignorándote prosiguen con lo suyo. Te sientas en un rincón y esperas a que pase el tiempo hasta que tu mamá vaya por ti.

Luego de un rato parecen aburrirse y deciden concentrar su atención en ti. Te observan silenciosamente hasta que consiguen ponerte nervioso. Uno de ellos, que porta un horrible gorrito de fiesta y parece ser el anfitrión de la fiesta, da un paso adelante, riendo. Entre carcajadas les cuenta que todas las noches dejas la luz de tu cuarto encendida porque eres una nenita cobarde. Varios comienzan a reír y se acercan a ti entonando una cantinela de burla mientras te lanzan golpes a la cabeza, la espalda y las piernas. Te cercan en un coro desquiciante y lo único que sientes es dolorosa humillación.

Al fin se cansan y te dejan hecho un ovilllo en el suelo. El del cumpleaños se acerca y, escupiéndote, te dice que te darán una oportunidad para probarte. La cosa es sencilla: sólo debes entrar a un armario y quedarte ahí cinco minutos.

La sangre se te congela en las venas y quieres negarte pero sabes que todo será peor. Te levantas lentamente y tambaleándote te diriges al armario. Entras y cierras la puerta tras de ti.

Dentro la oscuridad es total. Tu respiración comienza a acelerarse y la sensación de miles de pares de ojos que te observan crece a cada segundo. Te encoges en un rincón e intentas esperar a que pase el tiempo convenido. Fuera escuchas las risas y las burlas de los chicos de la fiesta. Un ruido sordo te pone en alerta. Al principio piensas que es obra de ellos, una manera de torturarte en tu encierro voluntario. Luego te das cuenta de que no puede ser. El golpeteo se escucha cada vez más fuerte y aterradoramente cerca. Volteas a todos lados intentado, estúpidamente, ver algo. Lanzas golpes a la nada. El golpeteo se escucha más cerca, MÁS CERCA. Escuchas también un murmullo frío que parece pronunciar tu nombre. Buscas la manija de la puerta para terminar con tu agonía pero sólo encuentras la puerta lisa, sin cerradura. El pánico te embarga y el maldito golpeteo sólo parece aumentar, cada vez más frenético, cada vez más mortal. Los ojos que te observan aumentan más y más, y parecen formar macabras sonrisas. Comienzas a golpear la puerta y a gritar pero nadie responde a tu llamado de auxilio. Y ese condenado golpeteo que sigue sin parar, que marcha cada vez más rápido, más rápido, más rápido, MÁS RÁPIDO, MÁS RÁPIDO

M

Á

S

R

Á

P

I

D

O

Te azotas contra la puerta cubriéndote los oídos, intentando acallarlo pero sólo parece aumentar. Hundes los pulgares en tus orejas hasta que sientes la sangre correr por tus manos y aún así sigue sonando cada vez más fuerte. Gritas intentando terminar con él pero nada parece funcionar. Lloras y golpeas repetidamente tu cabeza contra la puerta hasta que sientes que algo, al fin, estalla.

Asustado, el anfitrión de la fiesta suelta el pestillo y la puerta se abre lentamente mientras tu cadáver se desliza ensangrentado hasta la mullida alfombra. Ya puedes disfrutar del silencio.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

© All rights reserved

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s