El funeral

El funeral

El humo del cigarro asciende  produciendo variadas volutas de humo. Con un gesto vago de la mano, el trajeado hombre de ojos llorosos parece asustarlas y centra la vista en un punto indeterminado en la corona de flores que está frente a él. Una fuerte palmada en su hombro lo sacude de pronto.

-¿También un funeral? ¿Puedo sentarme?

Él realiza un gesto de indiferencia y sigue mirando al frente, ignorando al hombre que se ha sentado a su lado. El otro parece incapaz de quedarse quieto, un fuerte dolor en el centro del alma le produce cosquillas en el corazón y lo obliga a estar en constante movimiento. Echa varios vistazos al trajeado hombre de ojos llorosos en un claro intento de establecer contacto pero le resulta imposible. Se quita una sudada boina negra que le da aspecto de loco y artista y abre los labios.

– La muerte es un evento fatal, ¿no le parece?

Silencio y más silencio. Se le seca la boca al realizar un último intento pero el trajeado hombre se le adelanta al decir:

– Más que fatal, la muerte es un evento necesario. El último en la lista de pendientes por realizar. Ojalá no tarde tanto en cumplir ese último requisito.

– Duele perderla, ¿verdad?

– ¿Cómo sabe que estoy aquí por una mujer?

– Los artistas tenemos el don de ver más allá… además, tiene la misma expresión enloquecida que acaba de lanzarme la mirada en el espejo del baño.

– ¿De modo que también está aquí por una?

– Sí… por la única entre miles. Mi musa, por la que era capaz de abandonar a mi otra amante, mi arte.

Se quedan en silencio nuevamente, cada uno sumergido en su propio vacío. El artista vuelve a dirigirle miradas a su compañero, como si esperara que de un momento a otro se derrumbara.

-¿Cómo era ella?- la pregunta sale a través de los dedos que el trajeado hombre ha colocado sobre su rostro.

– La más divertida y ocurrente. Sarcástica, dramática, tierna… muchas veces un dolor de cabeza, una fiera en la cama… ella era algo muy especial.

– ¿A qué se dedicaba?

– Me parece que era oficinista como usted. Siempre llegaba a mi departamento con los cartones en una mano y el portafolio en la otra. Era capaz de quedarse despierta toda la noche, ya sea gimiendo en mi cama, comiendo pizza o bebiendo hasta morir, pero eso sí, a las seis de la mañana salía con un aspecto impecable. No me mire así. Creo que realmente nunca me preocupé por saber qué había más allá de ella, para mi bastaba tenerla tres días a la semana, mía de los pies a la cabeza.

Otro silencio más se instala entre ellos. Una especie de compañerismo flota en el ambiente. Ambos sacan otro cigarro.

– ¿Y la de usted?

– ¿La mía qué?

– Sí… la mujer que lo ha sacado del trabajo y lo tiene aquí fumando con un loco como yo, ¿cómo era?

– La conocí en el trabajo. Era la más dulce de todas. Tímida, abnegada, inteligente… la mejor. Me será difícil dejarla atrás.

– ¿Ah sí? Mujeres como ésa las encuentra persignándose en cualquier iglesia.

El trajeado hombre deja pasar la provocación. Sus ojos parecen más tristes que nunca pero las lágrimas no brotan.

– No… no lo entiende. Era más, mucho más que una simple mojigata… tenía como fuego, un ardor que me contagiaba entre las sábanas. Entonces era otra. Toda seducción y misterio. Me parecía difícil conciliarla con la que acataba mi palabra sin protestar. Conseguía someterme a sus deseos y descubrir los míos. Me llevaba al cielo y al infierno. Jamás había un punto medio. Era toda risas y, a veces, lágrimas. Nunca conseguí conocerla por completo.

– Sé a lo que se refiere. Como le dije, no conocía de su vida nada más que ese portafolio. Creía que no me hacía falta más. Éramos felices.

– Felicidad…  palabra casi grosera en este contexto, ¿no? Adoraba la luminosidad de sus ojos, el sabor de sus labios, el olor de su piel a vainilla…

-¿Vainilla, dice? Al parecer un perfume muy popular, la mía no dejaba de utilizarlo, lo conservaba aún en nuestras noches de juerga.

– Y su acento, una mezcla curiosa de varios lugares de la República que hacía imposible distinguir de dónde venía…

El artista permanece callado luego de esto. Mira al hombre trajeado con renovada atención y luego dice:

– La mía tenía lunares distribuidos estratégicamente por la espalda.

– Es algo muy común. La mía tenía una línea que llegaba hasta su cuello.

– Besaba como nadie que haya conocido, una mezcla de incitantes mordidas y dulzura indescriptible que te derretía en su boca, y cuando llegábamos al final no podía evitar…

– Soltar una carcajada tan auténtica que no te quedaba más remedio que unirte a ella.-Termina el trajeado hombre con un susurro.

Se ponen de pie con el semblante alterado. Sin decir palabra dan la vuelta y, procurando no mirarse, entran a la misma habitación y se unen al resto de los dolientes.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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