Martuca

Martuca

-¡Eh, tú! Sí, tú. ¡Voltea!

La delgada figura femenina desaparece entre el gentío que acaba de bajar del micro en la México-Tacuba.

-¡Martha! ¡Martha! ¡Martuca!

Al escuchar esto último la aludida se gira con una expresión de desagrado que le provoca arrugas en los labios carnosos. Busca hasta encontrar al que se ha atrevido a recordarle su apodo de secundaria. Lo identifica en la parada del camión. Es Alberto. Aquel que fue su novio hasta la última semana del curso. El responsable de que ya no crea en el amor, ni en la amistad.

Nota cómo enrojece violentamente y se dirige a él con el enfadado corazón temblando en el pecho.

-¿Tú? ¿Qué quieres?

Ahora que ella ha volteado parece más difícil dirigirle la palabra. Se le seca la boca y se limita a mirarla: creció unos pocos centímetros, su rostro se estilizó y sus formas se acentuaron. Maldita sea si no está más buena que cuando la dejó de ver.

Ensaya un paso vacilante hacia ella y se entusiasma cuando no retrocede, se limita a verlo con una furia que, cuesta creer, se ha recrudecido con los años. Ya confiado, le sonríe de esa manera que sabe va a acelerarle el corazón. Una sensación de triunfo lo recorre al notar su desconcierto. Acorta la distancia que queda entre los dos y la envuelve en un abrazo voraz y abrumador, un abrazo que, inesperadamente, sabe a nostalgia.

Antes de que alguno de los dos diga cualquier cosa que arruine ese momento, le invita un café. Durante esa cita improvisada omite con todas sus fuerzas el tema de la última semana del curso. Ella parece aceptar su convenio no dicho, hay agua que es mejor no remover. Con pericia que creía olvidada obtiene su número y la dirección de su casa.

Pero Martha, su Martuca, es un hueso duro de roer. En sus próximas salidas, que son bastantes, lo provoca y luego se va. El deseo crece día a día. Alberto ha intentado de todo pero ella no quiere ceder.

Como un último intento desesperado la invita a dar un paseo por su vieja secundaria. El conserje es amigo suyo y ha sido fácil convencerlo con la promesa de unas caguamas.

Llegan al anochecer. El viejo edificio aún mantiene su vieja solemnidad. Platican con el conserje y beben. A la medianoche Alberto le propone un paseo por los salones para despertar buenos recuerdos. Entran al que era su salón, el cual sigue intacto, como si el tiempo no pasara por sus paredes. Se besan y acarician en los pupitres del rincón. Ella parece mareada, demasiado borracha como para impedirle avanzar. Él está demasiado excitado como para notar cualquier cosa que no sea su sudor y piel.

Se recargan en el carcomido marco de la ventana. La ropa desaparece poco a poco. Los gemidos aumentan. Alberto se siente eufórico, al fin podrá satisfacer el hambre que lo invadió hace tanto en ese mismo salón, cuando se dio cuenta que la Martuca era algo más que la ñoña que le pasaba los apuntes pues había descubierto su adictivo sabor en sesiones sólo interrumpidas por el timbre que indicaba el fin del recreo.

De pronto, ella se separa y comienza a golpearlo con todas sus fuerzas.

-¿De verdad creíste que se me iba a olvidar tan fácil? Te acostaste con mi mejor amiga. ¿Crees que unos cafés y unas salidas al cine lo compensan? ¿Piensas que después de todo dejaré que te revuelques conmigo?

Sin darle tiempo a reaccionar lo empuja con ira desmedida, coraje viejo y decadente, lleno de rencor y pasión no satisfecha. El marco cede bajo su peso y Alberto cae moviendo los labios frenéticamente.

El viento de la noche recoge sus últimas palabras, palabras que Martha, su Martuca aún con todo, jamás sabrá si fueron de condena o ruego.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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