Caín o el valor de la lealtad

Caín o el valor de la lealtad

Tras otra noche de pesadillas abro los ojos. Me cambio en la fría oscuridad matinal y me preparo para acudir al trabajo. Desde la desaparición del hijo mayor de los Solares he pensado en renunciar. Pero el comandante me ha aconsejado esperar a que se calmen las aguas ya que podría resultar sospechoso que me marchara.

Entré a trabajar para los Solares, una de las familias más influyentes del pueblo, con el objetivo de ahorrar dinero e irme a la ciudad a terminar mis estudios. Mi tía, una vieja y respetada sirvienta de la familia, me recomendó como maestra de los dos pequeños hijos de Catalina Solares, futuros herederos de los negocios y próximos dirigentes del pueblo.

El sueldo resultó mejor de lo que imaginé y el trabajo muy sencillo, más que maestra parecía su niñera y pasaba los días cuidando de ellos y distrayéndolos lo mejor que se me ocurría en la gran finca, la cual ofrecía pocas posibilidades en cuanto a entretenimiento.

Edgar y Martín, los niños a mi cuidado, eran los dos hermanos más dispares que jamás conocí. Martín, el mayor con diez años recién cumplidos, tenía el cabello tan rubio que parecía casi blanco y ojos azules fríos como piedras. Serio y responsable, se concentraba poco en los juegos y parecía un prometedor heredero que haría crecer los bienes de los Solares. Su único defecto consistía en su desafortunada tendencia a matar a cualquier tipo de animalillo que cayera en sus manos. Más de una tarde tuve que quedarme a borrar las huellas de sus crímenes. La absoluta ausencia de remordimiento que demostraba respecto a ello y su crueldad al despedazar los cadáveres lo hacían odioso para mí.

Edgar en cambio, era todo amabilidad y simpatía. Su cabello y ojos negros destacaban en medio del campo cuando estaba metido en algún problema, cosa frecuente debido a su inquieto carácter. No había día que no fuera objeto de regaños y castigos debido a esto, mientras que Martín recibía toda clase de premios y atenciones.

Esta situación me llevó a entablar numerosas peleas con doña Catalina pues no sabía cómo hacerle ver cuál era el verdadero comportamiento de sus hijos. Aún ahora me parece sorprendente que no fuera capaz de ver la refinada crueldad que ocultaban los actos de Martín, ni la bondad tras las constantes travesuras de Edgar, que no eran más que fallidos intentos de ayudar en la mayoría de los casos.

Una noche, antes de marcharme al pequeño cuarto que rento en la pensión del pueblo, buscaba a los dos hermanos para acostarlos y reportar sus actividades a doña Catalina.

Imaginaba que Edgar estaría intentando “ayudar” a alguno de los sirvientes de la casa y decidí que lo buscaría al último para reparar cualquier estropicio que hubiera ocasionado. Así que me puse en busca de Martín.

Vagué durante una hora sin encontrar un solo rastro suyo. ¿Acaso no debí activar alguna alarma o avisar a alguien? No me sentía preocupada pues en otras ocasiones lo había perdido de vista por más tiempo y siempre aparecía cubierto de sangre, con los ojos brillantes y una sonrisa espantosa. Al fin, luego de mucho buscar, unas manchas oscuras de dudoso espesor me condujeron a los arbustos detrás del establo.

Suponiendo lo que había sucedido me precipité dentro dispuesta a amenazarlo con contar lo ocurrido si no me ayudaba a limpiar y recoger los cadáveres de los animales que había atacado. Las cada vez mayores manchas de sangre me hicieron suponer una carnicería. Sin embargo, no me prepararon para lo que descubrí.

Fragmentos de cráneo tapizaban el pasto poco crecido. La sangre había comenzado a nutrir el suelo y algunos pedazos de lo que después me di cuenta era el cerebro se encontraban regados por doquier.

Ahogué un grito al ver el cadáver unos metros más adelante, demasiado grande para pertenecer a alguno de los animales que él acostumbraba matar pero no lo suficiente como para que no lo responsabilizara por ello. Conocía sus antecedentes y nada me indicaba que no hubiera decidido cambiar de víctimas.

Caí en la cuenta que no había visto a ninguno de los dos hermanos desde la cena y por primera vez esa noche, tuve miedo.

Saqué con mano temblorosa una pequeña linterna que siempre cargo conmigo e iluminé el macabro espectáculo que me esperaba.

En medio de un charco y bañado en sangre, Edgar me contemplaba con los ojos llenos de lágrimas. Aún sostenía la rama de pesado aspecto y parecía a punto de ponerse a gritar. Me acerqué tendiéndole los brazos y cayó en ellos sin dejar de temblar. Lo estreché con fuerza.

A unos pasos yacían los restos horriblemente mutilados de tres conejos y un gato. Entre hipidos intentó explicarme pero no se lo permití. Le aseguré que en su lugar yo hubiera hecho lo mismo, hubiera hecho cualquier cosa para detenerlo.

– Yo sólo… yo sólo… quería darle una lección, quería ayudar- me dijo sin parar de llorar.   -Mamá dice que la única manera de aprender a no hacer algo es sintiéndolo en carne propia.

Lo apreté contra mí con más fuerza y acaricié su cabello empapado en sudor. “¿Qué hacer?”, me pregunté con desesperación. Un error, aunque fuera uno así, no podía costarle el resto de su vida. Inadecuados, extremos, exagerados y válidos, sus motivos me parecían suficientes. Un ser que es capaz de lastimar a las criaturas más indefensas no puede dirigir un pueblo, una familia, sin llevarlos a la ruina de la forma más dolorosa. A su manera Edgar nos había salvado.

Sabía que nadie vería la situación desde mi óptica, nadie lo perdonaría. Lo castigarían nuevamente, esta vez de forma más duradera.

No podía permitir que sucediera. Recordé el sermón favorito de mi tía, el consejo que siempre me había parecido innecesario: decide tus lealtades.

¿Delatarlo o encubrirlo? Tomé mi decisión y no me arrepiento de ella.

Le ordené ir a su habitación y esperarme ahí. Confiaba en que el miedo lo mantuviera con la boca cerrada hasta que le dijera lo que tenía planeado. Luego puse manos a la obra.

Regresé a la casa sin que nadie me viera y me aseguré que doña Catalina tomara una dosis levemente más alta de los calmantes con los que lograba conciliar el sueño para no acordarse de las infidelidades de su marido. Después me dirigí de nuevo al establo. Agarré un hacha vieja y afilada, y unos cuantos costales vacíos.

El pequeño cadáver me esperaba tan frío e insensible como lo fuera en vida. Limpié su rostro con mi manga y lo contemplé largamente. Sus rasgos eran hermosos y terribles, tenían algo que inspiraba reverente temor. Como hombre hubiera sido poco menos que un dios, uno sin corazón.

Cuando era niña mi padre me enseñó a descuartizar animales. Solía ir a cazar al bosque que circundaba el pueblo y, a falta de un hijo varón, yo era lo único que tenía.

“Tienes que otorgar respeto a aquello que vas a cortar, ¿entiendes? No dejes de mirarlo a los ojos mientras lo realizas. Equivale al honor que le deberías a un oponente caído en batalla.”

Muchas veces me pregunté por qué mi padre sabía ese tipo de cosas. Hasta para mí parecía demasiado instruido como para ser el carnicero del pueblo. Luego me enteré que en el pasado habíamos sido una de las familias más influyentes hasta la llegada de los Solares. El pueblo no se componía más que de aristócratas caídos en desgracia que habían tenido que aprender un oficio para llevarse el pan a la boca.

Pero me estoy desviando.

Lo miré a la cara al dar el primer golpe y no retiré mi vista en los subsiguientes. Me bañé en su sangre y a pesar de que escocía nunca cerré los ojos. Lo corté en trozos pequeños y fácilmente transportables. Por alguna razón que todavía no comprendo me costó dar el golpe final para separar la cabeza de su tronco. Lo empaqueté todo en un costal y lo subí a una vieja carreta de mano que sabía nadie echaría en falta.

Procedí a recoger la tierra empapada en sangre y partículas de su cuerpo. La arrojé en los costales faltantes. Vi como varios de sus cabellos tan parecidos a hilos de plata, como los rayos de luna, se colaban y mezclaban con la tierra ensangrentada.

Lancé tierra nueva en el hueco que había quedado y cargué el resto de los costales a la carreta. La arrastré pesadamente hacía el bosque. Nadie pensaría que un niño y algo de tierra serían tan difíciles de transportar.

Caminé lo que me parecieron horas hasta una zona del bosque no conocida. Ahí donde mi padre me llevaba a cazar cuando ya no estaba permitido hacerlo. Dejé la carreta y la rocié de gasolina. Encendí varios fósforos y me dispuse a esperar.

Fue complicado acostumbrarme al olor de la carne quemada. Las lágrimas inundaron mi rostro y al limpiarme me di cuenta de que no me había deshecho de la sangre por completo. La ropa tuve que arrojarla a la pira.

Ya amanecía cuando no quedaban más que cenizas. Las cubrí con hojas y emprendí el regreso a casa.

Encontré a Edgar en un rincón de su habitación. Le retiré los restos de sangre del cuerpo y me dispuse a convencerlo de no hablar. Uno no imaginaría lo complicado que es hacer callar a un niño de nueve años. Ni tampoco lo fácil que es atarlo a una promesa.

Las siguientes semanas fueron de llantos y averiguaciones. Me sometieron a tantos interrogatorios, me hicieron narrar tantas veces la misma historia, que comencé a olvidar cuál era la verdad.

Hoy sólo la recuerdo las noches en que la luna se filtra por las ventanas de mi habitación. Esa traidora rememora el brillo de su cabello y el tono de su piel. Me susurra el canto de su sangre al bañar la tierra. Revive el olor de su carne en la pira preparada por mí. Siento los golpes de hacha en el cuerpo y su sabor que se internó hasta mi garganta.

Pocos entenderán el valor de la palabra lealtad y asumirán las consecuencias.

Salgo a la cálida mañana ignorando los carteles de búsqueda, la mirada de Martín desde distintas calles, y me dirijo a trabajar como todos los días.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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