El espectáculo

ESPECTÁCULO

Me levanté con el estómago revuelto y el corazón en la boca. De mi interior brotó un océano de colores que se fue por el retrete del cuarto de Sofía, la de la limpieza, no fuera que me descubrieran y todo se terminara. El uniforme de la glamurosa escuela que mis padres insistían en pagar me picaba y apretaba en partes que no sería propio de una señorita nombrar, no sea que tu imaginación vaya a ir lejos lector, mientras el chofer me dejaba a las ruidosas puertas del edificio donde cientos de “hijos de papi” íbamos a perder unas horas en el cultivo de habilidades que nada tenían que ver con nuestra posición social.

Escapar de esa elegante prisión era cosa sencilla: bastaba con brincar la barda del jardín trasero. Enfrentarse al mundo real era la exitante razón por la que desafíaba junto a otros compañeros lo que se me había impuesto. Implicaba otro tipo de entretenimiento, el premio mayor para aquellos que teníamos tanto que habíamos perdido interés por aquello que el dinero pudiera conseguir.

Esa mañana en particular nos dirigíamos a la novedad de las últimas semanas, que se encontraba en uno de los barrios más pobres en el extremo más alejado de la ciudad, donde se llevaba a cabo un curioso evento en el que prometían cambiar tu realidad para siempre.

Ataviados con ropas que se confundían con el entorno entramos a una especie de auditorio que se hallaba en la única escuela del lugar. Dentro estaban reunidos alumnos, papás y maestros, todos portando ese aspecto de desesperación tan característico de aquellos que han llevado una vida de privaciones. Me incliné hacia Isaac, quien había conseguido el contacto para entrar a ese lugar, para preguntarle qué hacían ahí, pero no obtuve respuesta. Intuí que se les había ofrecido alguna suma de dinero por su participación.

En medio del escenario se encontraba una lata. Nada más se ofrecía como herramienta del misterioso acto que estábamos por presenciar.

Las luces se apagaron de pronto y una serie de hombres trajeados pasaron a toda velocidad repartiendo pastillas de colores entre los presentes. Nos instaron a tomarlas mientras repartían también vasos con agua. Una despampanante mujer que parecía querer lucirse con los que la acompañaban dio una larga serie de manotazos que terminaron por tirarme las pastillas. Furiosa le lancé el vaso de agua al tiempo que me confundía entre mis compañeros.

Su verborrea y quejas respecto al agua que le había arruinado el vestido se interrumpieron ante el sonido de una melodía dulce que provocaba una especie de sopor después de un rato. Únicamente una luz iluminaba el escenario cayendo directamente sobre la lata, la cual lanzaba destellos de cuando en cuando. Tan súbitamente como había surgido, la música se desvaneció. El silencio fue tornándose inquietante al paso de los minutos pero nadie se atrevió a romperlo.

Cuando parecía que estábamos a punto de sumirnos en una especie de callada locura colectiva se escuchó una voz:

-Damas y caballeros, respetable público, es un placer para mí anunciar el comienzo del mejor de los espectáculos. Al final les rogamos permanecer en sus asientos para recoger la cuota correspondiente. Disfruten de la función.

Se hizo nuevamente el silencio, esta vez plagado de una vaga inquietud. Volteé y di un duro golpe a Isaac. -Creí que no íbamos a pagar nada- susurré con furia. Iniciamos entonces una discusión que se vio interrumpida por el llanto de un niño.

Nuestra vista se concentró entonces en el escenario. Uno de los alumnos, aún ataviado con su uniforme, se dirigía hacia la lata. Su llanto era lo único que quebraba el silencio. Se detuvo ante ella, negándose a avanzar más. Tambaleándose se quedó ahí, como si no supiera qué hacer. Hubo de subir su mamá, una señora regordeta pobremente vestida, para empujarlo hasta hacerlo chocar con la lata, la cual cayó a un lado haciendo un fuerte ruido bastante desproporcionado con su tamaño. La tapa rodó debajo del escenario. Me incliné expectante para ver el contenido de la misteriosa lata y no alcancé a ver nada. Era una simple lata vacía en medio de un escenario desvencijado. “¿Cuánto nos costará esta tontería?”, pensé con furia.

Un grito agudo cortó el silencio. La señora jalaba a su hijo, con la clara intención de cubrirlo, y miraba a la lata con una indefinida expresión de terror. Esta vez no fui la única en inclinarme. Al igual que los demás buscaba la razón de sus gritos pero no podía ver nada. De pronto, ante mi incrédula mirada, ambos, la señora y su hijo, desaparecieron.

No lo hizo así el eco de su voz, al que pronto se sumaron otros, provenientes de los demás miembros del escuela, los cuales intentaron escapar sin éxito, dejando solamente el desquiciante recuerdo de sus últimos momentos.

Busqué el mecanismo que revelara el truco pero todo parecía demasiado normal. Una vez terminaron de desaparecer todos los empobrecidos miembros de la escuela, volvió a reinar el silencio. La lata seguía en el piso, rodando. Descendió pasando entre los asientos hasta que se detuvo justo enfrente de mí. Un miedo sobrenatural me invadió. No fui capaz de moverme. A mi alrededor todos comenzaron a gritar señalándome, yo seguía sin ver nada. Varios se levantaron de sus asientos y corrieron a la salida. Ninguno llegó a la puerta. Fueron yéndose uno a uno hasta que me quedé sola. Quizá lo más difícil fue ver desaparecer a Isaac, quien después de todo era un buen tipo. Su rostro se deformó de maneras que no me sería posible describir. El terror brilló en sus ojos hasta el final. Ni por eso fui capaz de moverme. Observé callada su fin así como el del resto.

Una vez que se extinguió el último grito, tomé mis cosas y salí corriendo. Ya en mi casa, luego de convencerme de que sólo había sufrido una alucinación por mi excesivo uso de las drogas, me prometí mantenerme lejos del mundo más allá de la reja del escuela durante un rato. Prendí la computadora para contactar con alguna de mis amigas para ir a alguno de los muchos antros de moda y encontré una nota en mi correo. A pesar de mí misma, la leí: Isaac me invitaba a un espectáculo único en el auditorio de una vieja escuela.

Desde entonces, a eso me dedico. Mi realidad se ha convertido en un ciclo sin fin en el que asisto a presenciar un espectáculo inigualable, veo morir a todos pero no veo qué los mata, nunca consigo quedarme con las pastillas y tomarlas para al fin terminar con todo…

Tú que has leído esto, ya tienes un lugar reservado. Que comience la función.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

 

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