Libertad

once-upon-an-autumn-night_by_pete-revonkorpi                                              Título de la imagen: Once Upon an Autumn Night

Es de noche, estoy sola y espero. No. He comenzado mal. En realidad es la tarde de un domingo, estoy sola pero ya no estoy esperándote. O quizá sí, o quizá… quizá no estoy esperándote a ti sino a tus palabras, las simples frases que indicarán que ya estamos libres de ambos. Fumo y espero. Sé que vendrás. Te conozco y sé que ya no podemos vivir con este peso en el pecho, ya no podemos convivir con el yunque que ata dos corazones que dejaron de latir al unísono. No podemos seguir siendo fantasmas, la presencia ausente de los que han dejado de amarse pero no pueden renunciar a la costumbre. Ahí estás, te contemplo entrar al café que vimos de reojo en nuestros paseos durante cinco años, el que nunca nos dimos tiempo de visitar para crear un recuerdo. Leo en tu cara que conoces la razón del haberte citado ahí: es territorio neutral y estaremos a salvo, o todo lo a salvo que pueden estar dos facciones de una guerra que ninguno llegó a ganar.

¿Recuerdas el inicio de nuestra historia?, te digo mientras te sientas frente a mí con la mirada de siempre. Intento que el dolor no me alcance creando muros de palabras pero hoy sé que la caída es inminente. Nadie puede refugiarse eternamente en la ficción. Permaneces callado, tan serio que me das miedo, encerrado en el silencio que un día dejé de descifrar. ¿Te acuerdas?, repito. ¿En qué momento inició? ¿Fue la mirada, la sonrisa, el descubrir los gustos en común o un cóctel de todo eso? ¿Fue ese día que me seguiste a mi refugio entre libros? ¿El momento en el que te dejé ver quién era yo? ¿Fueron las risas, las bromas o las eternas pláticas? Como haya sido, comenzó. Un día elegimos seguir ese guión prefabricado por el amor que siempre lleva a un resultado similar. Un día… un día te besé en una banca de un parque en el centro de Coyoacán, ¿te acuerdas? Había decidido compartirte un poco del fuego que me carcomía el alma, tomé la decisión de que inclináramos la balanza hacia algún lado, que cayéramos a una parte de la línea, que hiciéramos algo para salir del asfixiante y tortuoso “quizá”. Me envalentoné, cerré los ojos y toqué tus labios. Saboreé tu sorpresa y tu ternura, te descubrí con los ojos abiertos y pensé que no había nada más bonito que pudiera ver en el mundo. Te escribí cientos de poemas y me entregué con alegría a las múltiples sensaciones que provocabas en mí.

¿Fuimos felices? Como todos los que viven un amor que merece recordarse, me atrevería a decir. ¿Cuándo comenzaron los problemas? ¿Cuándo se cayeron los castillos que construimos en el aire? Quizá fue cuando tu mano no sostuvo la mía, cuando te aislaste, cuando caí en mi autocompasión teatralizada. Quizá fue cuando dejé de desearte y el sexo se convirtió en un sacrificio. Cuando dejaste de buscarme, al yo que amabas, y te refugiaste en el trabajo y unos labios que no eran míos. Quizá… quizá el fin de nuestro principio ocurrió realmente cuando dejamos de mirar juntos en la misma dirección y nuestros corazones latieron a ritmos disonantes, cuando creímos que luchar por el otro… no valía la batalla. ¿Por qué entonces cuesta tanto decir adiós? ¿Por qué cuesta poner el punto final?

La costumbre, claro está. La fiel y maldita costumbre de aferrarnos a lo que reconoce el cuerpo, a aquello que conocemos a la perfección y preferimos aunque nos haga daño. La costumbre de entregarse aunque cada caricia sea una tortura. La costumbre de profanar un “te amo” aunque ya no exista lazo de unión. La costumbre de hacer promesas que el tiempo va a llevarse. La costumbre de besar unos labios que saben a hastío. La costumbre de no amar porque no nos amamos. La costumbre de temer un puerto nuevo y un amor de verdad, de esos que se viven sin simulacros. La costumbre es la que nos ata. Y hemos tenido todo este tiempo las tijeras en la mano para cortar ese frágil cordón. ¿Estás preparado?

No fue el amor, ni el odio, ni el aburrimiento, ni Dios, ni los hombres aquello que nos separó, ¿sabes? Nos separó el miedo, nos separó el desamor a nosotros mismos. ¿Conoces ya al enemigo del amor? ¿Te has dado cuenta ya que lo que mató a nuestro amor no fue una tercera o un cuarto? ¿Viste ya que lo que se llevó todo al carajo fue nuestra indiferencia? Hemos matado al amor, cielo, y hoy te he citado aquí para darle sepultura. Porque de la muerte siempre nace la vida, y la muerte de un amor tan bello y tan inmenso significa el nacimiento de algo nuevo llamado libertad. Te he citado aquí para declararnos en libertad, para llorar, reír, sentir… rendirle homenaje a lo más bello que he sentido al lado del hombre con el que lo inicié todo.

Siento tu mano acariciar mis lágrimas y limpiar mis mejillas. Siento tus labios rozándome levemente. Abro los ojos y no te encuentro. Sonrío. Pago la cuenta y salgo sin mirar atrás.

Santa Cassandra Aguilera Hernández

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