El espectáculo

ESPECTÁCULO

Me levanté con el estómago revuelto y el corazón en la boca. De mi interior brotó un océano de colores que se fue por el retrete del cuarto de Sofía, la de la limpieza, no fuera que me descubrieran y todo se terminara. El uniforme de la glamurosa escuela que mis padres insistían en pagar me picaba y apretaba en partes que no sería propio de una señorita nombrar, no sea que tu imaginación vaya a ir lejos lector, mientras el chofer me dejaba a las ruidosas puertas del edificio donde cientos de “hijos de papi” íbamos a perder unas horas en el cultivo de habilidades que nada tenían que ver con nuestra posición social.

Escapar de esa elegante prisión era cosa sencilla: bastaba con brincar la barda del jardín trasero. Enfrentarse al mundo real era la exitante razón por la que desafíaba junto a otros compañeros lo que se me había impuesto. Implicaba otro tipo de entretenimiento, el premio mayor para aquellos que teníamos tanto que habíamos perdido interés por aquello que el dinero pudiera conseguir.

Esa mañana en particular nos dirigíamos a la novedad de las últimas semanas, que se encontraba en uno de los barrios más pobres en el extremo más alejado de la ciudad, donde se llevaba a cabo un curioso evento en el que prometían cambiar tu realidad para siempre.

Ataviados con ropas que se confundían con el entorno entramos a una especie de auditorio que se hallaba en la única escuela del lugar. Dentro estaban reunidos alumnos, papás y maestros, todos portando ese aspecto de desesperación tan característico de aquellos que han llevado una vida de privaciones. Me incliné hacia Isaac, quien había conseguido el contacto para entrar a ese lugar, para preguntarle qué hacían ahí, pero no obtuve respuesta. Intuí que se les había ofrecido alguna suma de dinero por su participación.

En medio del escenario se encontraba una lata. Nada más se ofrecía como herramienta del misterioso acto que estábamos por presenciar.

Las luces se apagaron de pronto y una serie de hombres trajeados pasaron a toda velocidad repartiendo pastillas de colores entre los presentes. Nos instaron a tomarlas mientras repartían también vasos con agua. Una despampanante mujer que parecía querer lucirse con los que la acompañaban dio una larga serie de manotazos que terminaron por tirarme las pastillas. Furiosa le lancé el vaso de agua al tiempo que me confundía entre mis compañeros.

Su verborrea y quejas respecto al agua que le había arruinado el vestido se interrumpieron ante el sonido de una melodía dulce que provocaba una especie de sopor después de un rato. Únicamente una luz iluminaba el escenario cayendo directamente sobre la lata, la cual lanzaba destellos de cuando en cuando. Tan súbitamente como había surgido, la música se desvaneció. El silencio fue tornándose inquietante al paso de los minutos pero nadie se atrevió a romperlo.

Cuando parecía que estábamos a punto de sumirnos en una especie de callada locura colectiva se escuchó una voz:

-Damas y caballeros, respetable público, es un placer para mí anunciar el comienzo del mejor de los espectáculos. Al final les rogamos permanecer en sus asientos para recoger la cuota correspondiente. Disfruten de la función.

Se hizo nuevamente el silencio, esta vez plagado de una vaga inquietud. Volteé y di un duro golpe a Isaac. -Creí que no íbamos a pagar nada- susurré con furia. Iniciamos entonces una discusión que se vio interrumpida por el llanto de un niño.

Nuestra vista se concentró entonces en el escenario. Uno de los alumnos, aún ataviado con su uniforme, se dirigía hacia la lata. Su llanto era lo único que quebraba el silencio. Se detuvo ante ella, negándose a avanzar más. Tambaleándose se quedó ahí, como si no supiera qué hacer. Hubo de subir su mamá, una señora regordeta pobremente vestida, para empujarlo hasta hacerlo chocar con la lata, la cual cayó a un lado haciendo un fuerte ruido bastante desproporcionado con su tamaño. La tapa rodó debajo del escenario. Me incliné expectante para ver el contenido de la misteriosa lata y no alcancé a ver nada. Era una simple lata vacía en medio de un escenario desvencijado. “¿Cuánto nos costará esta tontería?”, pensé con furia.

Un grito agudo cortó el silencio. La señora jalaba a su hijo, con la clara intención de cubrirlo, y miraba a la lata con una indefinida expresión de terror. Esta vez no fui la única en inclinarme. Al igual que los demás buscaba la razón de sus gritos pero no podía ver nada. De pronto, ante mi incrédula mirada, ambos, la señora y su hijo, desaparecieron.

No lo hizo así el eco de su voz, al que pronto se sumaron otros, provenientes de los demás miembros del escuela, los cuales intentaron escapar sin éxito, dejando solamente el desquiciante recuerdo de sus últimos momentos.

Busqué el mecanismo que revelara el truco pero todo parecía demasiado normal. Una vez terminaron de desaparecer todos los empobrecidos miembros de la escuela, volvió a reinar el silencio. La lata seguía en el piso, rodando. Descendió pasando entre los asientos hasta que se detuvo justo enfrente de mí. Un miedo sobrenatural me invadió. No fui capaz de moverme. A mi alrededor todos comenzaron a gritar señalándome, yo seguía sin ver nada. Varios se levantaron de sus asientos y corrieron a la salida. Ninguno llegó a la puerta. Fueron yéndose uno a uno hasta que me quedé sola. Quizá lo más difícil fue ver desaparecer a Isaac, quien después de todo era un buen tipo. Su rostro se deformó de maneras que no me sería posible describir. El terror brilló en sus ojos hasta el final. Ni por eso fui capaz de moverme. Observé callada su fin así como el del resto.

Una vez que se extinguió el último grito, tomé mis cosas y salí corriendo. Ya en mi casa, luego de convencerme de que sólo había sufrido una alucinación por mi excesivo uso de las drogas, me prometí mantenerme lejos del mundo más allá de la reja del escuela durante un rato. Prendí la computadora para contactar con alguna de mis amigas para ir a alguno de los muchos antros de moda y encontré una nota en mi correo. A pesar de mí misma, la leí: Isaac me invitaba a un espectáculo único en el auditorio de una vieja escuela.

Desde entonces, a eso me dedico. Mi realidad se ha convertido en un ciclo sin fin en el que asisto a presenciar un espectáculo inigualable, veo morir a todos pero no veo qué los mata, nunca consigo quedarme con las pastillas y tomarlas para al fin terminar con todo…

Tú que has leído esto, ya tienes un lugar reservado. Que comience la función.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

 

Caín o el valor de la lealtad

Caín o el valor de la lealtad

Tras otra noche de pesadillas abro los ojos. Me cambio en la fría oscuridad matinal y me preparo para acudir al trabajo. Desde la desaparición del hijo mayor de los Solares he pensado en renunciar. Pero el comandante me ha aconsejado esperar a que se calmen las aguas ya que podría resultar sospechoso que me marchara.

Entré a trabajar para los Solares, una de las familias más influyentes del pueblo, con el objetivo de ahorrar dinero e irme a la ciudad a terminar mis estudios. Mi tía, una vieja y respetada sirvienta de la familia, me recomendó como maestra de los dos pequeños hijos de Catalina Solares, futuros herederos de los negocios y próximos dirigentes del pueblo.

El sueldo resultó mejor de lo que imaginé y el trabajo muy sencillo, más que maestra parecía su niñera y pasaba los días cuidando de ellos y distrayéndolos lo mejor que se me ocurría en la gran finca, la cual ofrecía pocas posibilidades en cuanto a entretenimiento.

Edgar y Martín, los niños a mi cuidado, eran los dos hermanos más dispares que jamás conocí. Martín, el mayor con diez años recién cumplidos, tenía el cabello tan rubio que parecía casi blanco y ojos azules fríos como piedras. Serio y responsable, se concentraba poco en los juegos y parecía un prometedor heredero que haría crecer los bienes de los Solares. Su único defecto consistía en su desafortunada tendencia a matar a cualquier tipo de animalillo que cayera en sus manos. Más de una tarde tuve que quedarme a borrar las huellas de sus crímenes. La absoluta ausencia de remordimiento que demostraba respecto a ello y su crueldad al despedazar los cadáveres lo hacían odioso para mí.

Edgar en cambio, era todo amabilidad y simpatía. Su cabello y ojos negros destacaban en medio del campo cuando estaba metido en algún problema, cosa frecuente debido a su inquieto carácter. No había día que no fuera objeto de regaños y castigos debido a esto, mientras que Martín recibía toda clase de premios y atenciones.

Esta situación me llevó a entablar numerosas peleas con doña Catalina pues no sabía cómo hacerle ver cuál era el verdadero comportamiento de sus hijos. Aún ahora me parece sorprendente que no fuera capaz de ver la refinada crueldad que ocultaban los actos de Martín, ni la bondad tras las constantes travesuras de Edgar, que no eran más que fallidos intentos de ayudar en la mayoría de los casos.

Una noche, antes de marcharme al pequeño cuarto que rento en la pensión del pueblo, buscaba a los dos hermanos para acostarlos y reportar sus actividades a doña Catalina.

Imaginaba que Edgar estaría intentando “ayudar” a alguno de los sirvientes de la casa y decidí que lo buscaría al último para reparar cualquier estropicio que hubiera ocasionado. Así que me puse en busca de Martín.

Vagué durante una hora sin encontrar un solo rastro suyo. ¿Acaso no debí activar alguna alarma o avisar a alguien? No me sentía preocupada pues en otras ocasiones lo había perdido de vista por más tiempo y siempre aparecía cubierto de sangre, con los ojos brillantes y una sonrisa espantosa. Al fin, luego de mucho buscar, unas manchas oscuras de dudoso espesor me condujeron a los arbustos detrás del establo.

Suponiendo lo que había sucedido me precipité dentro dispuesta a amenazarlo con contar lo ocurrido si no me ayudaba a limpiar y recoger los cadáveres de los animales que había atacado. Las cada vez mayores manchas de sangre me hicieron suponer una carnicería. Sin embargo, no me prepararon para lo que descubrí.

Fragmentos de cráneo tapizaban el pasto poco crecido. La sangre había comenzado a nutrir el suelo y algunos pedazos de lo que después me di cuenta era el cerebro se encontraban regados por doquier.

Ahogué un grito al ver el cadáver unos metros más adelante, demasiado grande para pertenecer a alguno de los animales que él acostumbraba matar pero no lo suficiente como para que no lo responsabilizara por ello. Conocía sus antecedentes y nada me indicaba que no hubiera decidido cambiar de víctimas.

Caí en la cuenta que no había visto a ninguno de los dos hermanos desde la cena y por primera vez esa noche, tuve miedo.

Saqué con mano temblorosa una pequeña linterna que siempre cargo conmigo e iluminé el macabro espectáculo que me esperaba.

En medio de un charco y bañado en sangre, Edgar me contemplaba con los ojos llenos de lágrimas. Aún sostenía la rama de pesado aspecto y parecía a punto de ponerse a gritar. Me acerqué tendiéndole los brazos y cayó en ellos sin dejar de temblar. Lo estreché con fuerza.

A unos pasos yacían los restos horriblemente mutilados de tres conejos y un gato. Entre hipidos intentó explicarme pero no se lo permití. Le aseguré que en su lugar yo hubiera hecho lo mismo, hubiera hecho cualquier cosa para detenerlo.

– Yo sólo… yo sólo… quería darle una lección, quería ayudar- me dijo sin parar de llorar.   -Mamá dice que la única manera de aprender a no hacer algo es sintiéndolo en carne propia.

Lo apreté contra mí con más fuerza y acaricié su cabello empapado en sudor. “¿Qué hacer?”, me pregunté con desesperación. Un error, aunque fuera uno así, no podía costarle el resto de su vida. Inadecuados, extremos, exagerados y válidos, sus motivos me parecían suficientes. Un ser que es capaz de lastimar a las criaturas más indefensas no puede dirigir un pueblo, una familia, sin llevarlos a la ruina de la forma más dolorosa. A su manera Edgar nos había salvado.

Sabía que nadie vería la situación desde mi óptica, nadie lo perdonaría. Lo castigarían nuevamente, esta vez de forma más duradera.

No podía permitir que sucediera. Recordé el sermón favorito de mi tía, el consejo que siempre me había parecido innecesario: decide tus lealtades.

¿Delatarlo o encubrirlo? Tomé mi decisión y no me arrepiento de ella.

Le ordené ir a su habitación y esperarme ahí. Confiaba en que el miedo lo mantuviera con la boca cerrada hasta que le dijera lo que tenía planeado. Luego puse manos a la obra.

Regresé a la casa sin que nadie me viera y me aseguré que doña Catalina tomara una dosis levemente más alta de los calmantes con los que lograba conciliar el sueño para no acordarse de las infidelidades de su marido. Después me dirigí de nuevo al establo. Agarré un hacha vieja y afilada, y unos cuantos costales vacíos.

El pequeño cadáver me esperaba tan frío e insensible como lo fuera en vida. Limpié su rostro con mi manga y lo contemplé largamente. Sus rasgos eran hermosos y terribles, tenían algo que inspiraba reverente temor. Como hombre hubiera sido poco menos que un dios, uno sin corazón.

Cuando era niña mi padre me enseñó a descuartizar animales. Solía ir a cazar al bosque que circundaba el pueblo y, a falta de un hijo varón, yo era lo único que tenía.

“Tienes que otorgar respeto a aquello que vas a cortar, ¿entiendes? No dejes de mirarlo a los ojos mientras lo realizas. Equivale al honor que le deberías a un oponente caído en batalla.”

Muchas veces me pregunté por qué mi padre sabía ese tipo de cosas. Hasta para mí parecía demasiado instruido como para ser el carnicero del pueblo. Luego me enteré que en el pasado habíamos sido una de las familias más influyentes hasta la llegada de los Solares. El pueblo no se componía más que de aristócratas caídos en desgracia que habían tenido que aprender un oficio para llevarse el pan a la boca.

Pero me estoy desviando.

Lo miré a la cara al dar el primer golpe y no retiré mi vista en los subsiguientes. Me bañé en su sangre y a pesar de que escocía nunca cerré los ojos. Lo corté en trozos pequeños y fácilmente transportables. Por alguna razón que todavía no comprendo me costó dar el golpe final para separar la cabeza de su tronco. Lo empaqueté todo en un costal y lo subí a una vieja carreta de mano que sabía nadie echaría en falta.

Procedí a recoger la tierra empapada en sangre y partículas de su cuerpo. La arrojé en los costales faltantes. Vi como varios de sus cabellos tan parecidos a hilos de plata, como los rayos de luna, se colaban y mezclaban con la tierra ensangrentada.

Lancé tierra nueva en el hueco que había quedado y cargué el resto de los costales a la carreta. La arrastré pesadamente hacía el bosque. Nadie pensaría que un niño y algo de tierra serían tan difíciles de transportar.

Caminé lo que me parecieron horas hasta una zona del bosque no conocida. Ahí donde mi padre me llevaba a cazar cuando ya no estaba permitido hacerlo. Dejé la carreta y la rocié de gasolina. Encendí varios fósforos y me dispuse a esperar.

Fue complicado acostumbrarme al olor de la carne quemada. Las lágrimas inundaron mi rostro y al limpiarme me di cuenta de que no me había deshecho de la sangre por completo. La ropa tuve que arrojarla a la pira.

Ya amanecía cuando no quedaban más que cenizas. Las cubrí con hojas y emprendí el regreso a casa.

Encontré a Edgar en un rincón de su habitación. Le retiré los restos de sangre del cuerpo y me dispuse a convencerlo de no hablar. Uno no imaginaría lo complicado que es hacer callar a un niño de nueve años. Ni tampoco lo fácil que es atarlo a una promesa.

Las siguientes semanas fueron de llantos y averiguaciones. Me sometieron a tantos interrogatorios, me hicieron narrar tantas veces la misma historia, que comencé a olvidar cuál era la verdad.

Hoy sólo la recuerdo las noches en que la luna se filtra por las ventanas de mi habitación. Esa traidora rememora el brillo de su cabello y el tono de su piel. Me susurra el canto de su sangre al bañar la tierra. Revive el olor de su carne en la pira preparada por mí. Siento los golpes de hacha en el cuerpo y su sabor que se internó hasta mi garganta.

Pocos entenderán el valor de la palabra lealtad y asumirán las consecuencias.

Salgo a la cálida mañana ignorando los carteles de búsqueda, la mirada de Martín desde distintas calles, y me dirijo a trabajar como todos los días.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Martuca

Martuca

-¡Eh, tú! Sí, tú. ¡Voltea!

La delgada figura femenina desaparece entre el gentío que acaba de bajar del micro en la México-Tacuba.

-¡Martha! ¡Martha! ¡Martuca!

Al escuchar esto último la aludida se gira con una expresión de desagrado que le provoca arrugas en los labios carnosos. Busca hasta encontrar al que se ha atrevido a recordarle su apodo de secundaria. Lo identifica en la parada del camión. Es Alberto. Aquel que fue su novio hasta la última semana del curso. El responsable de que ya no crea en el amor, ni en la amistad.

Nota cómo enrojece violentamente y se dirige a él con el enfadado corazón temblando en el pecho.

-¿Tú? ¿Qué quieres?

Ahora que ella ha volteado parece más difícil dirigirle la palabra. Se le seca la boca y se limita a mirarla: creció unos pocos centímetros, su rostro se estilizó y sus formas se acentuaron. Maldita sea si no está más buena que cuando la dejó de ver.

Ensaya un paso vacilante hacia ella y se entusiasma cuando no retrocede, se limita a verlo con una furia que, cuesta creer, se ha recrudecido con los años. Ya confiado, le sonríe de esa manera que sabe va a acelerarle el corazón. Una sensación de triunfo lo recorre al notar su desconcierto. Acorta la distancia que queda entre los dos y la envuelve en un abrazo voraz y abrumador, un abrazo que, inesperadamente, sabe a nostalgia.

Antes de que alguno de los dos diga cualquier cosa que arruine ese momento, le invita un café. Durante esa cita improvisada omite con todas sus fuerzas el tema de la última semana del curso. Ella parece aceptar su convenio no dicho, hay agua que es mejor no remover. Con pericia que creía olvidada obtiene su número y la dirección de su casa.

Pero Martha, su Martuca, es un hueso duro de roer. En sus próximas salidas, que son bastantes, lo provoca y luego se va. El deseo crece día a día. Alberto ha intentado de todo pero ella no quiere ceder.

Como un último intento desesperado la invita a dar un paseo por su vieja secundaria. El conserje es amigo suyo y ha sido fácil convencerlo con la promesa de unas caguamas.

Llegan al anochecer. El viejo edificio aún mantiene su vieja solemnidad. Platican con el conserje y beben. A la medianoche Alberto le propone un paseo por los salones para despertar buenos recuerdos. Entran al que era su salón, el cual sigue intacto, como si el tiempo no pasara por sus paredes. Se besan y acarician en los pupitres del rincón. Ella parece mareada, demasiado borracha como para impedirle avanzar. Él está demasiado excitado como para notar cualquier cosa que no sea su sudor y piel.

Se recargan en el carcomido marco de la ventana. La ropa desaparece poco a poco. Los gemidos aumentan. Alberto se siente eufórico, al fin podrá satisfacer el hambre que lo invadió hace tanto en ese mismo salón, cuando se dio cuenta que la Martuca era algo más que la ñoña que le pasaba los apuntes pues había descubierto su adictivo sabor en sesiones sólo interrumpidas por el timbre que indicaba el fin del recreo.

De pronto, ella se separa y comienza a golpearlo con todas sus fuerzas.

-¿De verdad creíste que se me iba a olvidar tan fácil? Te acostaste con mi mejor amiga. ¿Crees que unos cafés y unas salidas al cine lo compensan? ¿Piensas que después de todo dejaré que te revuelques conmigo?

Sin darle tiempo a reaccionar lo empuja con ira desmedida, coraje viejo y decadente, lleno de rencor y pasión no satisfecha. El marco cede bajo su peso y Alberto cae moviendo los labios frenéticamente.

El viento de la noche recoge sus últimas palabras, palabras que Martha, su Martuca aún con todo, jamás sabrá si fueron de condena o ruego.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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El funeral

El funeral

El humo del cigarro asciende  produciendo variadas volutas de humo. Con un gesto vago de la mano, el trajeado hombre de ojos llorosos parece asustarlas y centra la vista en un punto indeterminado en la corona de flores que está frente a él. Una fuerte palmada en su hombro lo sacude de pronto.

-¿También un funeral? ¿Puedo sentarme?

Él realiza un gesto de indiferencia y sigue mirando al frente, ignorando al hombre que se ha sentado a su lado. El otro parece incapaz de quedarse quieto, un fuerte dolor en el centro del alma le produce cosquillas en el corazón y lo obliga a estar en constante movimiento. Echa varios vistazos al trajeado hombre de ojos llorosos en un claro intento de establecer contacto pero le resulta imposible. Se quita una sudada boina negra que le da aspecto de loco y artista y abre los labios.

– La muerte es un evento fatal, ¿no le parece?

Silencio y más silencio. Se le seca la boca al realizar un último intento pero el trajeado hombre se le adelanta al decir:

– Más que fatal, la muerte es un evento necesario. El último en la lista de pendientes por realizar. Ojalá no tarde tanto en cumplir ese último requisito.

– Duele perderla, ¿verdad?

– ¿Cómo sabe que estoy aquí por una mujer?

– Los artistas tenemos el don de ver más allá… además, tiene la misma expresión enloquecida que acaba de lanzarme la mirada en el espejo del baño.

– ¿De modo que también está aquí por una?

– Sí… por la única entre miles. Mi musa, por la que era capaz de abandonar a mi otra amante, mi arte.

Se quedan en silencio nuevamente, cada uno sumergido en su propio vacío. El artista vuelve a dirigirle miradas a su compañero, como si esperara que de un momento a otro se derrumbara.

-¿Cómo era ella?- la pregunta sale a través de los dedos que el trajeado hombre ha colocado sobre su rostro.

– La más divertida y ocurrente. Sarcástica, dramática, tierna… muchas veces un dolor de cabeza, una fiera en la cama… ella era algo muy especial.

– ¿A qué se dedicaba?

– Me parece que era oficinista como usted. Siempre llegaba a mi departamento con los cartones en una mano y el portafolio en la otra. Era capaz de quedarse despierta toda la noche, ya sea gimiendo en mi cama, comiendo pizza o bebiendo hasta morir, pero eso sí, a las seis de la mañana salía con un aspecto impecable. No me mire así. Creo que realmente nunca me preocupé por saber qué había más allá de ella, para mi bastaba tenerla tres días a la semana, mía de los pies a la cabeza.

Otro silencio más se instala entre ellos. Una especie de compañerismo flota en el ambiente. Ambos sacan otro cigarro.

– ¿Y la de usted?

– ¿La mía qué?

– Sí… la mujer que lo ha sacado del trabajo y lo tiene aquí fumando con un loco como yo, ¿cómo era?

– La conocí en el trabajo. Era la más dulce de todas. Tímida, abnegada, inteligente… la mejor. Me será difícil dejarla atrás.

– ¿Ah sí? Mujeres como ésa las encuentra persignándose en cualquier iglesia.

El trajeado hombre deja pasar la provocación. Sus ojos parecen más tristes que nunca pero las lágrimas no brotan.

– No… no lo entiende. Era más, mucho más que una simple mojigata… tenía como fuego, un ardor que me contagiaba entre las sábanas. Entonces era otra. Toda seducción y misterio. Me parecía difícil conciliarla con la que acataba mi palabra sin protestar. Conseguía someterme a sus deseos y descubrir los míos. Me llevaba al cielo y al infierno. Jamás había un punto medio. Era toda risas y, a veces, lágrimas. Nunca conseguí conocerla por completo.

– Sé a lo que se refiere. Como le dije, no conocía de su vida nada más que ese portafolio. Creía que no me hacía falta más. Éramos felices.

– Felicidad…  palabra casi grosera en este contexto, ¿no? Adoraba la luminosidad de sus ojos, el sabor de sus labios, el olor de su piel a vainilla…

-¿Vainilla, dice? Al parecer un perfume muy popular, la mía no dejaba de utilizarlo, lo conservaba aún en nuestras noches de juerga.

– Y su acento, una mezcla curiosa de varios lugares de la República que hacía imposible distinguir de dónde venía…

El artista permanece callado luego de esto. Mira al hombre trajeado con renovada atención y luego dice:

– La mía tenía lunares distribuidos estratégicamente por la espalda.

– Es algo muy común. La mía tenía una línea que llegaba hasta su cuello.

– Besaba como nadie que haya conocido, una mezcla de incitantes mordidas y dulzura indescriptible que te derretía en su boca, y cuando llegábamos al final no podía evitar…

– Soltar una carcajada tan auténtica que no te quedaba más remedio que unirte a ella.-Termina el trajeado hombre con un susurro.

Se ponen de pie con el semblante alterado. Sin decir palabra dan la vuelta y, procurando no mirarse, entran a la misma habitación y se unen al resto de los dolientes.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Búsqueda

mujer-sombra

Te vas,

buscas lo inencontrable.

Y yo aquí,

en esta orilla,

queriendo regalarte

el agua de colores

que guardo para ti

desde mi infancia.

Deseo incumplido, Antonio Castañeda.

Muevo rítmicamente la cabeza y tarareo la estridente canción que acompaña a la multitud presa de éxtasis. El frío me posee a pesar de que alrededor mío el ambiente se caldea cada vez más. Observo el decorado y mi atención se desvía hacia las luces deslumbrantes que me enceguecen aunque no por primera vez.

Me encuentro a la espera, como ya se ha vuelto rutina, de una oportunidad. El cantinero me sirve otra copa y sonríe con algo parecido a la piedad: “Ya llegará, ya llegará”, murmura. Le dirijo un gesto de impotencia y me sumo en la melancolía.

Recorro nuevamente con la vista el lugar. Tropiezo con una franca mirada que me provoca, extrañamente, un sonrojo. Lanzo una vacilante sonrisa y lo veo acercarse. ¿Me reconocerá?, la perspectiva aterradora palpita en el vaso desprovisto que no deja de temblar en mi mano mientras lo observo caminar decidido y más atractivo que nunca.

Reconozco el brillo de su collar y sonrío ante la coincidencia. Su mirada tímida me confunde pero su sonrisa me alienta. Me dirijo hacia ella con algo parecido a un hueco deslizándose en mi interior. Me siento a su lado y la devoro con la mirada: poco maquillaje a excepción de los rojos labios, un vestido negro que cubre lo indispensable como para dejar algo de trabajo a la imaginación.

Ella carraspea para dar entender que se da cuenta de mi análisis. La miro temeroso de haberla ofendido y suelta una carcajada.

-¿Bailas?- pregunta con una extraña alegría danzando en sus ojos.

-N-n-o, no- consigo murmurar apenas.

-Yo tampoco- me susurra levantándose. Me toma de la mano y caminamos hacia el centro de la pista. Miente, por supuesto.

-¿Te acuerdas de mí?- susurro nerviosa. Sonríe al tiempo que señala mi, desgraciadamente inseparable, collar. -¿Quién soy?- le pregunto con la urgencia latiendo en mis labios. Lentamente la sonrisa se borra de sus labios. “No lo recuerdo”, me dice confundido. Ahora es mi turno de sonreír, han pasado muchos años, desde luego. -Lo siento, creo que te confundí. -No importa- digo con una sonrisa mientras bendigo su mala memoria. Sigo bailando, incitándolo, recordándolo, pues yo, al menos, no he olvidado sus sonrisas y nuestros juegos infantiles. Una no vive de recuerdos, sin embargo, así que me acerco a su boca y lo contagio de mi anhelo.

Sin saber cómo nos hallamos en la habitación de un hotel no tan miserable. Todo me costará un ojo de la cara, no hay duda, pero ella lo vale. El tacto de sus labios se hace más frenético y sin dudar uno mi urgencia a la suya.

Caemos en la cama mientras nos acariciamos sin cesar. Mis manos recorren su cuerpo, lo adivinan, me detengo en la fragilidad de su espalda y la siento temblar mientras la aprieto contra mí. Realizo caminos nunca inventados con mis labios y siento la textura de su piel, fría y suave a la vez. Bajo el cierre de su vestido y lo retiro con lentitud al tiempo que el ansía crece dentro de mí. Torpemente le quito la ropa interior y me recreo con la blancura lechosa de su piel. Los besos se reinician con pasión y la veo cerrar los ojos con una sonrisa.

Adivino una ternura insospechada en cada uno de sus movimientos. Le quito la ropa con lamentable rapidez y procuro grabar en mi retina cada instante. Toco su pecho y se estremece ante mi contacto. Sonrío como una experta y continúo con lo inevitable. Mi corazón late como nunca y adivino poemas no materializados en sus labios.

Mis manos ascienden y descienden por su cuerpo incrementando su velocidad a cada beso, a cada sonrisa. No necesito prepararme mentalmente para lo que viene, lo deseo con cada una de las células de mi cuerpo. Siento sus piernas temblar y lo guío a mi interior. Sus suspiros me revelan su inexperiencia y por un momento me enternezco de su inhabilidad que no hace más que seducirme. Lo escucho susurrarme imposibles y creo sus mentiras con cada embestida.

Un gemido suave escapa de sus labios involuntariamente y me enloquece. Cuento las estrellas en sus ojos y daría la mitad de lo que no soy por conocer su nombre y gritarlo al infinito. Su cuerpo se arquea bajo el mío y mantenemos un ritmo desenfrenado a duras penas. Todo por servir se acaba, claro está, y también para nosotros llega el final. ¿Cómo describir lo inefable? El placer nos recorre, nos alimenta, nos condena.

Lo siento caer exhausto encima de mí y lo cubro de besos como una tonta sentimental. Me acuna en sus brazos y pronto se queda dormido. Lo contemplo durante largo rato y memorizo cada lunar y cada fragmento de su ser. No puedo evitar que un nudo se forme en mi garganta y sonrío nostálgica acordándome de mi amor infantil, lo mejor es que no recuerde y que yo no olvide. Me levanto y me cambio en silencio. Tomo su cartera y río tierna ante la imagen en sus credenciales. Me llevo una de las muchas fotos que tiene en una bolsita pequeña confinada en un rincón olvidado, como yo. Luego cuento el dinero y agarro lo que me toca, ni un peso más. Me resisto a mirarlo de nuevo y salgo de la habitación sin mirar atrás.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La fiesta

La fiesta

Odias este momento más que ningún otro. Las manos comienzan a sudarte mientras ves al sol descender cada vez más. Quisieras encontrar la fórmula para detenerlo eternamente y no tener que enfrentarte al drama de todas las noches. Procuras distraerte con programas, libros, cómics, juegos… esperas hasta la madrugada, cuando ya todos en tu casa han ido a dormir para acostarte con la luz encendida.

Esa es la rutina en la que intentas sobrevivir diariamente. Te tragas los reclamos y regaños de tu madre. Todo con tal de no enfrentarte a la maldita sensación de estar desollado vivo y expuesto a toda la clase de peligros que se conjuran al apagar la lámpara.

Hasta ese maldito día en que ella decide que es una buena idea que intentes convivir con los niños de tu edificio y te lleva en contra de tu voluntad a la fiesta de cumpleaños que realizará uno de ellos. Sin saber cómo terminas en el maldito recibidor ridículamente vestido y con un regalo en las manos sudorosas. Una mujer mayor, la madre de él, te lo quita con una empalagosa sonrisa y te invita a unirte al cuarto de juegos.

Sabes que no tienes otra opción así que te diriges ahí arrastrando los pies. Los otros niños se encuentran concentrados en una clase de juego que básicamente consiste en torturar a la pareja de tortugas que le acaban de regalar al cumpleañero. Todos voltean a verte con algo de desprecio e ignorándote prosiguen con lo suyo. Te sientas en un rincón y esperas a que pase el tiempo hasta que tu mamá vaya por ti.

Luego de un rato parecen aburrirse y deciden concentrar su atención en ti. Te observan silenciosamente hasta que consiguen ponerte nervioso. Uno de ellos, que porta un horrible gorrito de fiesta y parece ser el anfitrión de la fiesta, da un paso adelante, riendo. Entre carcajadas les cuenta que todas las noches dejas la luz de tu cuarto encendida porque eres una nenita cobarde. Varios comienzan a reír y se acercan a ti entonando una cantinela de burla mientras te lanzan golpes a la cabeza, la espalda y las piernas. Te cercan en un coro desquiciante y lo único que sientes es dolorosa humillación.

Al fin se cansan y te dejan hecho un ovilllo en el suelo. El del cumpleaños se acerca y, escupiéndote, te dice que te darán una oportunidad para probarte. La cosa es sencilla: sólo debes entrar a un armario y quedarte ahí cinco minutos.

La sangre se te congela en las venas y quieres negarte pero sabes que todo será peor. Te levantas lentamente y tambaleándote te diriges al armario. Entras y cierras la puerta tras de ti.

Dentro la oscuridad es total. Tu respiración comienza a acelerarse y la sensación de miles de pares de ojos que te observan crece a cada segundo. Te encoges en un rincón e intentas esperar a que pase el tiempo convenido. Fuera escuchas las risas y las burlas de los chicos de la fiesta. Un ruido sordo te pone en alerta. Al principio piensas que es obra de ellos, una manera de torturarte en tu encierro voluntario. Luego te das cuenta de que no puede ser. El golpeteo se escucha cada vez más fuerte y aterradoramente cerca. Volteas a todos lados intentado, estúpidamente, ver algo. Lanzas golpes a la nada. El golpeteo se escucha más cerca, MÁS CERCA. Escuchas también un murmullo frío que parece pronunciar tu nombre. Buscas la manija de la puerta para terminar con tu agonía pero sólo encuentras la puerta lisa, sin cerradura. El pánico te embarga y el maldito golpeteo sólo parece aumentar, cada vez más frenético, cada vez más mortal. Los ojos que te observan aumentan más y más, y parecen formar macabras sonrisas. Comienzas a golpear la puerta y a gritar pero nadie responde a tu llamado de auxilio. Y ese condenado golpeteo que sigue sin parar, que marcha cada vez más rápido, más rápido, más rápido, MÁS RÁPIDO, MÁS RÁPIDO

M

Á

S

R

Á

P

I

D

O

Te azotas contra la puerta cubriéndote los oídos, intentando acallarlo pero sólo parece aumentar. Hundes los pulgares en tus orejas hasta que sientes la sangre correr por tus manos y aún así sigue sonando cada vez más fuerte. Gritas intentando terminar con él pero nada parece funcionar. Lloras y golpeas repetidamente tu cabeza contra la puerta hasta que sientes que algo, al fin, estalla.

Asustado, el anfitrión de la fiesta suelta el pestillo y la puerta se abre lentamente mientras tu cadáver se desliza ensangrentado hasta la mullida alfombra. Ya puedes disfrutar del silencio.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La catedral

La catedral

Algún lugar de Parral, Chihuahua a 20 de noviembre de 1954

Cuando te llegue esta carta espero ya no contarme entre el número de seres vivientes de este planeta. No te pido que llores mi desgracia después de todas las cosas malas que he cometido, algunas en tu perjuicio, desde que perdí la fe en ese Dios que dices amar tanto.

Acaso te preguntarás la razón de este escrito. ¿Por qué de entre todos tuve que elegirte para que conocieras la verdadera historia de mi perdición?

Ni yo lo sé a ciencia cierta. Será quizás el último rasgo de humana cursilería que queda en mí. Sea como sea, la decisión ha sido tomada y sólo en ti quedará creer o no en la última confesión de un condenado al sufrimiento eterno.

Seguro recordarás la última vez que nos vimos, lanzaste sobre mí una maldición que aún corroe mis adoloridos y asustados huesos.

Enfadado y más herido de lo que podrás imaginarte decidí viajar hacia el norte. Planeaba ampliar mis estudios sobre la arquitectura de la época de la colonia y, aunque no muchas, había algunas construcciones que me mantendrían ocupado los siguientes meses.

Llegué a un viejo pueblo cuyo nombre ha sido olvidado hasta por sus propios habitantes. Fue difícil que me aceptaran aquellas gentes de campo pero ya sabes cómo soy de convincente cuando me lo propongo. En poco tiempo estuve instalado en un cuarto de la única posada en varios kilómetros a la redonda.

Durante los días siguientes me dediqué a instalarme y curiosear las pocas construcciones que aún sobrevivían a las inclemencias del tiempo.

Luego de un largo mes, en el que realicé varios artículos que esperaba publicar a mi regreso al D.F. e intenté trabar una ligera amistad con las mentes menos obtusas de aquel pueblo dejado de la mano de Dios, estuve listo para mi expedición.

Entre varios lugareños averigüé que existía una catedral rica en detalles y ornamentos escondida en una especie de gruta. ¿Cómo había llegado ahí? Nadie lo sabía. Aunque intenté convencerlos de que me hablaran más sobre ese interesante lugar se negaron a decirme más pues padecían el miedo que la superchería y la ignorancia ocasionan en los de mente simple. Alguno mencionó algo sobre un antiguo peligro que había ocasionado la muerte de varias vacas y la desaparición de niños y muchachas en su mayoría.

Ignorando sus historias sinsentido soborné a uno de ellos para que me condujera a la entrada de la gruta.

Una fría mañana preparé mi cámara, varios rollos, mis cuadernos de notas, monté una vieja mula y fui guiado a lo que, ahora sé, era mi destino.

Después de algunas horas llegamos por fin. Con evidentes muestras de terror ese arriero de rudo aspecto que parecía arrepentido de haber aceptado mi soborno me dejó en la entrada y emprendió el regreso a todo galope olvidándose hasta de la mula, a la cual até cerca de ahí.

Una vez arregladas mis cosas me adentré en las oscuras profundidades de mi perdición.

Caminé a tientas durante varias horas tropezando continuamente con las piedras e irregularidades del camino. La negrura era tan absoluta que daba igual tener los ojos abiertos o cerrados. Al fin, vislumbré una luz en la lejanía. Entusiasmado apresuré mis pasos y pronto me hallé ante un edificio de soberbio aspecto.

No pude evitar exhalar un suspiro de admiración y me dediqué a analizar cada detalle como niño con juguete nuevo. Luego de un tiempo decidí regresar en la mula para traer diversos materiales y dejar los rollos y las notas que había reunido. Atravesé el túnel que conducía al exterior con un extraño desasosiego. Cuál no sería mi sorpresa al encontrar a la mula masacrada colgando del árbol al que la había amarrado horas antes. Desconcertado y algo temeroso inspeccioné el terreno en busca de marcas o huellas pero sólo encontré rastros de sangre y vísceras. La oscuridad ya se cernía sobre mí cuando se me ocurrió que la mejor opción era regresar por la gruta y pasar la noche en la catedral.

Ya en el interior decidí instalarme en un rincón y esperar el amanecer. Tanto el interior como el exterior de la catedral estaban rodeados por un aura lumínica que me permitió examinar cada rincón y extasiarme con su composición perfecta.

Alrededor de las tres de la mañana un aullido desgarrador me arrancó de mi somnoliento ensimismamiento. Me quedé en mi sitio con el corazón latiendo dolorosamente rápido. El sonido de algo que se arrastraba hacía la catedral me heló la sangre en las venas. Escondiéndome tras una columna espié la entrada de una figura alta y jorobada que arrastraba un bulto, el cual iba dejando una marca de sangre en el frío suelo.

El ser caminó hasta el altar y con algún esfuerzo subió el bulto. Procedió a desamarrarlo y dejé escapar una silenciosa exclamación de horror: sobre el altar se encontraba el cuerpo agonizante de una de las hijas más jóvenes del arriero que me guiara esta mañana. Sus articulaciones se encontraban rotas y eso le daba el aspecto de una muñeca de trapo. Su cara era una mueca permanente de terror y sufrimiento. Me vio y sus labios formaron una súplica. Aquel ser jugueteó un rato con ella golpeándola y azotándola contra el frío mármol del altar… aún recuerdo cómo escuché crujir sus huesos. En el momento en que pareció percibir que la vida de su víctima se apagaba, la tomó violentamente de la larga y sedosa cabellera negra y jaló hasta dejar su cuello bien expuesto, una vez hecho esto se inclinó sobre ella.

Durante minutos interminables lo único que escuché fue aquel grosero sonido de succión que hacía eco en cada rincón de la catedral llevándome a los límites de la locura. Imaginando lo que me sucedería si aquella cosa me encontraba me agaché en un rincón, oculto por la columna. Al final pude distinguir claramente cómo su cuello se rompía al caer su cuerpo al suelo luego de ser drenado.

Me atreví a asomarme después de dejar pasar unos minutos… no había ni rastro de la criatura. Solté un sonoro suspiro de alivio y ya regresaba a mi posición cuando lo vi ante mí: alto, frío y mortal. Sin darme tiempo a reaccionar se avalanzó sobre mí y todo fue oscuridad.

A la mañana siguiente me levanté débil y adolorido. La catedral lucía igual de majestuosa que la noche anterior, no encontré rastros de sangre, ni el cuerpo de la muchacha. Llegué a la conclusión de que todo había sido una alucinación provocada por el cansancio y la atmósfera enrarecida del lugar. Tomé mis cosas y salí con, debo admitirlo, una especie de temor sin nombre.

El aire fresco del exterior de la gruta se llevó ése y otros temores. A pesar de que tuve que caminar casi todo el día y buena parte de la noche llegué de buen humor al pueblo. Entré en mi cuarto y puse en orden mis cosas. Aunque ya casi había olvidado el asunto decidí no volver a la catedral y concentrarme en el material recolectado.

Los últimos rayos del atardecer golpeaban mi ventana cuando me sentí con fuerzas de bajar por comida. Mi cansancio había sido tal que había pasado casi todo el día durmiendo. La posadera no se dignó a hacerme caso y rechazó el dinero que le ofrecí. Mencionando algo acerca de la marca de Caín me pidió que abandonara inmediatamente su establecimiento.

Indignado regresé a hacer las maletas. Recogía mis utensilios de afeitar cuando me corté accidentalmente con la navaja. Sin pensarlo llevé la mano a mi boca y empecé a sorber con desesperación. Al darme cuenta de lo desatinado de mi actuar solté todo lo que traía en las manos. Me apresuré a recoger todo. Curioso me incliné a levantar lo último, mi viejo espejo de mano, y no encontré mi reflejo.

La noche avanza mientras termino de escribirte estas palabras. Atando cabos llegué a la única explicación posible: estoy condenado y cada vez más muerto. Fuera el viento ruge con fuerza y… la sed comienza a atacar.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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