Prefacio.

La noche era fría y brillante, el cielo se encontraba plagado de estrellas mas yo no podía notarlo. Lo único que había sentido durante tres días había sido el dolor, la quemazón, la agonía…

 Lo sentía extenderse por todo mi cuerpo, me recorría centímetro a centímetro, pulgada a pulgada. Al principio grité, grité con todas mis fuerzas, luego hasta eso perdió su significado, me limité a sollozar tendida en el suelo.

 Me encontraba a un paso de dejarme caer en la dulce negación de la inconsciencia cuando pasó algo que me sobresalto sobremanera y casi logró que me pusiera a gritar otra vez: mi corazón se detuvo. Lo sentí de una manera tan clara y estremecedora que pensé que todo era una pesadilla. Pero no… esperé y no sucedió nada.

 Me levanté con cuidado, me sentía asombrosamente ligera, “¿seré un fantasma?” me pregunté divertida. Caminé a lo largo del callejón sintiendo como si flotara en las nubes. Reparé en un espejo roto que se encontraba tirado y al ver mi reflejo en él abrí la boca de asombro: mi piel reflejaba la luz de la luna, refulgía en ella, casi brillaba. Y eso no era lo único que había cambiado: mis ojos antes castaños, me miraban ahora rojos; mi piel habíase tornado blanca y como de porcelana, igual al mármol más fino. Me mordí el labio, como siempre hago cuando estoy confundida,  y me sorprendió el dolor punzocortante de los colmillos sobre mis labios. Los toqué con mi dedo y me admiré de su larga y afilada longitud.

 Retrocedí asustada, la desconocida a la que contemplaba no era yo, un instinto antiguo y animal brillaba en sus ojos despiadados. Golpeé el espejo con fuerza, y un frío mortal me recorrió cuando vi que había hecho un gran agujero en la pared. Sin comprender nada y sintiendo que la razón había dejado de existir salí corriendo, y una nueva cosa me sorprendió: la velocidad. Todo pasaba delante de mí como un borrón. Poco a poco me colmó esa embriagante sensación, lo más parecido a la libertad, imaginé que volaba.

 Descubrí que no me sentía cansada, mi respiración no se alteró pues no la necesitaba; sin embargo, paré para reflexionar sobre esta nueva condición. Poco o nada recordaba de mi vida anterior a este estado. Me senté en una banca confundida e indecisa del sendero al que se aventuraría mi caminar.

 Fue entonces cuando me atacó, me abrumó, me subyugó, hizo que me olvidara de todo: la sed. Era la sed más fuerte y profunda que había sentido en toda mi vida pues me quemaba la garganta, más parecida al hambre que otra cosa, calcinaba mis sentidos exigiendo inmediata satisfacción. Al llevar las manos a mi garganta para tratar de contener el dolor, lo olí. El aroma más dulce y delicioso que se pudiera concebir prometiéndome el alivio de mi necesidad. Me levanté alentada por él, siguiéndolo como si mi vida dependiera de su obtención.

 Por fin lo localicé. Provenía de un muchacho que se encontraba sentado contemplando su reflejo en una fuente. Me acerqué sin hacer ruido, él no me percibió siquiera.

 Escuché los latidos lentos y armoniosos de su corazón deleitándome con su sonido, suspiré de satisfacción. Él se dio la vuelta con rapidez y me observó con sorpresa. Me acerqué lentamente saboreando cada paso hacia su acelerado corazón, sentí el impulso de morderlo, de beber su sangre hasta hartarme. Él no me retiraba la vista de encima, parecía fascinado, como hinoptizado. Me incliné hasta él, aspirando su aroma descaradamente. Esbozando una sonrisa tomé su cabeza con delicadeza y pude ver el miedo reflejado en sus ojos mientras escuchaba como martilleaba la sangre en sus venas. Deslicé mis labios suavemente por su cuello y lo mordí con fuerza. Inmediatamente el sabor de su sangre llenó mi boca, me deleité bebiendo hasta no dejar una gota de sangre en su cuerpo. Habiendo terminado lo solté, su cadáver cayó pesadamente en la fuente y me salpicó de agua. Lo contemplé horrorizada. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? Me alejé tambaleándome y sin poder apartar la vista de su figura desmadejada.

 Caí de rodillas confundida. Imágenes de los últimos minutos danzaban ante mí como brujas en un aquelarre. Mi desconocimiento de lo que me había llevado a ese cambio amenazaba con volverme loca.

 En ese momento lo escuché: – Así que aquí estabas- dijo una voz suave y melodiosa.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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