La casa de las siete puertas.

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La nostalgia

se nutre del no ser.

 

Se alimenta de

tus ausencias,

mis desvelos,

tu ignorancia,

mis anhelos.

 

Es la esperanza secreta

de no encontrarte,

por fin sentirte,

intentar no soñarte.

 

Se origina

en el deseo,

la insatisfacción,

nuestra inevitable despedida.

 

Ocultándose en

las palabras nunca dichas,

los sentimientos no confesados,

las lágrimas jamás descubiertas.

 

Sobreviviendo

gracias a los besos no dados,

las caricias no imaginadas.

 

Presente siempre,

cuando la noche suena

y mis labios

no encuentran tu cuerpo.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Ocaso

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Deseo morir

al terminar el día,

pidiendo al ocaso que destile,

uno a uno,

mis recuerdos.

                       

Cuando se me transforme

en suspiro la alegría y

el placer se vuelva el ave,

que errante parte

en busca de mejores horizontes.

 

Morir, y pronto, mientras aún

conservo la dulce silueta

de tu cuerpo

en la opaca luz

de mis pupilas.

 

Antes de empezar a añorar

las frágiles sensaciones

que, poco a poco,

me abandonan.

 

Deseo morir

contemplando,

con el rostro demudado,

la vida que,

lentamente,

cual fina arena,

se escurre entre mis dedos.

 

Mientras la máscara

de la fútil gloria

corona de laureles el

ancho mar de mis victorias.

 

Morir, sólo eso, para encontrar

esa misteriosa cura

que ha prometido

cerrar nuestras heridas.

 

Pues en esto

se resume mi largo camino,

fuera del que vagué buscándote

y al que ahora

regreso para perderte.

 

Deseo morir

sin cuestionarme

la razón de tus silencios,

con la cara vuelta

a nuestro amor eterno,

vida que me dejas,

sin otra cosa que mis sueños.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Juego

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Anoche, Cupido visitó mi cuarto

cubriéndolo con la delgada capa

del desvelo.

 

Tu nombre acudió a sus labios

y los santificó

en repetidas ocasiones,

buscando herirme con la promesa

de la proximidad.

 

Para protegerme – y atesorarte –

decidí proponerle un nuevo juego,

que nos tuviera como protagonistas.

 

Le propuse no pensar en ti

dibujando tu figura a cada momento,

grabándote en las umbrosas paredes

de mi memoria en las que estarás

eternamente.

 

Le propuse no soñarte

evocándote antes de dormir,

con tu nombre atorado en los labios

igual a una dulce canción de cuna.

 

Le propuse distanciarme de ti

buscando pretextos para estar contigo,

acercándome con cualquier fútil

motivo.

 

Le propuse no mirarte

enmarcando tus rasgos cada instante,

con tus ojos y tu boca

adheridos a la luz  de mis pupilas.

 

Le propuse no sentir por ti

ilusionando mi corazón día a día,

aguardándote con la frágil esperanza

en tus promesas nunca dichas.

 

Le propuse, en fin, no amarte

anhelando tocar cada parte de tu ser,

deseando comulgar en tus labios

la pasión de las caricias no realizadas.

 

Pues, para nunca perderte

necesito jamás haberte tenido.

 

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

Despedida.

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Se va alejando sobre el andén
aquella serpiente soberbia y emplumada,
dejándote con las esperanzas rotas
y llevándome con
los residuos de un amor inconcluso.

Se va, se va alejando
aquel reptil de color ardiente
transportando dentro de sí
varios entes, magos y brujas,
farsantes llenos de deseos sin cumplir.

Observo muda
el circo de la miseria humana,
el cual actúa siempre sonriente
la comedia que llamamos vida.

Y cada día representa una victoria que se va
si abro los ojos y no estás,
dirijo una sonrisa de cristal
y canto a las memorias del final
que yacen en tu corazón ardiente,
al tiempo que se va alejando sobre el andén
aquella soberbia y emplumada serpiente,
devoradora de sueños.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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Una tarde más…

Caía el sol de lo alto
cuando tus ojos
me atravesaron como
alfileres.

La herida al principio
no me escoció,
escondida, penetró
hasta el fondo de mi núcleo,
contagiando el carmín
de mis venas.

Fue una tarde más,
como ninguna,
en que mi alma
a la tuya conoció
y prendada de tus saberes
se quedó.

Día a día
mi corazón conquistaste,
palabra a palabra
un sentimiento consolidaste,
dándole vida a esta oración.

Tus sonrisas marcaron
el ritmo de mis latidos,
tus miradas acallaron
el eco de mis silencios,
con tus besos me llevaste
a acariciar la gloria.

Es una tarde más,
como ninguna,
amándonos,
sin decirnos nada,
extrañándonos,
los versos ya sobran
en el lenguaje callado
de esta historia.

Son muchos los recuerdos
contenidos en nuestra pasión,
que fuerte vive
en los acordes de esta canción.

Compartiendo anhelos,
marcando claramente la dirección
de nuestros deseos,
mientras cae el sol de lo alto,
una tarde más.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)
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Retrato.

Dibujo el contorno de tu piel
con pincelazos de ternura llenos.

Lentamente colmo tu lienzo
de colores varios,
al ritmo de nuestro deseo.

Derramo delicadamente
sobre tus texturas
de formas diversas,
la pintura ardiente
de nuestra insatisfecha pasión.

Trazas con mano firme
sobre mi carne,
el retrato de un paisaje
siempre incompleto,
en el que impera el ansía
de llamarte mío.

Aferrado a mi cuerpo
deslizas el pincel
que da sentido a
las caricias dispersas
que danzan con mi sangre.

Mezclando tinturas
me sabes a miel,
descubres pigmentos
en las huellas del ayer.

Impregnas la tela
con tonos de anhelo,
la llenas de vida,
de tu esencia que
penetra en mi fondo.

Remarcamos las líneas
que culminan en recuerdos
difuminados, eco de
nuestra unión.

Afinas los detalles con
lágrimas, ineficiente
recurso que plasma
el placer efímero,
elemento primordial
de nuestro retrato.

Entre la bruma
de tus muchos lienzos
que encierran nuestros sueños,
pintor incansable,
dibujo el contorno de tu piel.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Sagrario de evocaciones.

Me destiño levemente
cada vez que tú me miras,
transparentando el alma
regresas dulcemente.

El sabor de tus besos
da forma a las mentiras
que me digo para no morir
en el triste ocaso
de las palabras finales.

Nos despedimos con
la promesa de no volver
al camino ya tapiado
de las caricias
que colmaron nuestros
versos iniciales.

Las plegarias no me
ayudan a olvidarte
¡Oh, dios de los
anhelos ya prohibidos!

Vago sin motivos
buscando la manera
de acceder a tus gracias
que prodigas
en brazos ajenos.

Recojo el fruto amargo
que dio la cosecha
de nuestra separación,
en el fértil seno
de la tierra que
es mi carne.

Adorno con flores
el camino de la tumba,
el altar de los recuerdos
de aquella,
nuestra unión.

Ofrezco en inmolación
mi sangre,
con gusto de deseo,
y aún me atrevo
a colmarte, de
ese algo
que forjó
mi llanto y lo
convirtió en polvo.

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Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)