La catedral

La catedral

Algún lugar de Parral, Chihuahua a 20 de noviembre de 1954

Cuando te llegue esta carta espero ya no contarme entre el número de seres vivientes de este planeta. No te pido que llores mi desgracia después de todas las cosas malas que he cometido, algunas en tu perjuicio, desde que perdí la fe en ese Dios que dices amar tanto.

Acaso te preguntarás la razón de este escrito. ¿Por qué de entre todos tuve que elegirte para que conocieras la verdadera historia de mi perdición?

Ni yo lo sé a ciencia cierta. Será quizás el último rasgo de humana cursilería que queda en mí. Sea como sea, la decisión ha sido tomada y sólo en ti quedará creer o no en la última confesión de un condenado al sufrimiento eterno.

Seguro recordarás la última vez que nos vimos, lanzaste sobre mí una maldición que aún corroe mis adoloridos y asustados huesos.

Enfadado y más herido de lo que podrás imaginarte decidí viajar hacia el norte. Planeaba ampliar mis estudios sobre la arquitectura de la época de la colonia y, aunque no muchas, había algunas construcciones que me mantendrían ocupado los siguientes meses.

Llegué a un viejo pueblo cuyo nombre ha sido olvidado hasta por sus propios habitantes. Fue difícil que me aceptaran aquellas gentes de campo pero ya sabes cómo soy de convincente cuando me lo propongo. En poco tiempo estuve instalado en un cuarto de la única posada en varios kilómetros a la redonda.

Durante los días siguientes me dediqué a instalarme y curiosear las pocas construcciones que aún sobrevivían a las inclemencias del tiempo.

Luego de un largo mes, en el que realicé varios artículos que esperaba publicar a mi regreso al D.F. e intenté trabar una ligera amistad con las mentes menos obtusas de aquel pueblo dejado de la mano de Dios, estuve listo para mi expedición.

Entre varios lugareños averigüé que existía una catedral rica en detalles y ornamentos escondida en una especie de gruta. ¿Cómo había llegado ahí? Nadie lo sabía. Aunque intenté convencerlos de que me hablaran más sobre ese interesante lugar se negaron a decirme más pues padecían el miedo que la superchería y la ignorancia ocasionan en los de mente simple. Alguno mencionó algo sobre un antiguo peligro que había ocasionado la muerte de varias vacas y la desaparición de niños y muchachas en su mayoría.

Ignorando sus historias sinsentido soborné a uno de ellos para que me condujera a la entrada de la gruta.

Una fría mañana preparé mi cámara, varios rollos, mis cuadernos de notas, monté una vieja mula y fui guiado a lo que, ahora sé, era mi destino.

Después de algunas horas llegamos por fin. Con evidentes muestras de terror ese arriero de rudo aspecto que parecía arrepentido de haber aceptado mi soborno me dejó en la entrada y emprendió el regreso a todo galope olvidándose hasta de la mula, a la cual até cerca de ahí.

Una vez arregladas mis cosas me adentré en las oscuras profundidades de mi perdición.

Caminé a tientas durante varias horas tropezando continuamente con las piedras e irregularidades del camino. La negrura era tan absoluta que daba igual tener los ojos abiertos o cerrados. Al fin, vislumbré una luz en la lejanía. Entusiasmado apresuré mis pasos y pronto me hallé ante un edificio de soberbio aspecto.

No pude evitar exhalar un suspiro de admiración y me dediqué a analizar cada detalle como niño con juguete nuevo. Luego de un tiempo decidí regresar en la mula para traer diversos materiales y dejar los rollos y las notas que había reunido. Atravesé el túnel que conducía al exterior con un extraño desasosiego. Cuál no sería mi sorpresa al encontrar a la mula masacrada colgando del árbol al que la había amarrado horas antes. Desconcertado y algo temeroso inspeccioné el terreno en busca de marcas o huellas pero sólo encontré rastros de sangre y vísceras. La oscuridad ya se cernía sobre mí cuando se me ocurrió que la mejor opción era regresar por la gruta y pasar la noche en la catedral.

Ya en el interior decidí instalarme en un rincón y esperar el amanecer. Tanto el interior como el exterior de la catedral estaban rodeados por un aura lumínica que me permitió examinar cada rincón y extasiarme con su composición perfecta.

Alrededor de las tres de la mañana un aullido desgarrador me arrancó de mi somnoliento ensimismamiento. Me quedé en mi sitio con el corazón latiendo dolorosamente rápido. El sonido de algo que se arrastraba hacía la catedral me heló la sangre en las venas. Escondiéndome tras una columna espié la entrada de una figura alta y jorobada que arrastraba un bulto, el cual iba dejando una marca de sangre en el frío suelo.

El ser caminó hasta el altar y con algún esfuerzo subió el bulto. Procedió a desamarrarlo y dejé escapar una silenciosa exclamación de horror: sobre el altar se encontraba el cuerpo agonizante de una de las hijas más jóvenes del arriero que me guiara esta mañana. Sus articulaciones se encontraban rotas y eso le daba el aspecto de una muñeca de trapo. Su cara era una mueca permanente de terror y sufrimiento. Me vio y sus labios formaron una súplica. Aquel ser jugueteó un rato con ella golpeándola y azotándola contra el frío mármol del altar… aún recuerdo cómo escuché crujir sus huesos. En el momento en que pareció percibir que la vida de su víctima se apagaba, la tomó violentamente de la larga y sedosa cabellera negra y jaló hasta dejar su cuello bien expuesto, una vez hecho esto se inclinó sobre ella.

Durante minutos interminables lo único que escuché fue aquel grosero sonido de succión que hacía eco en cada rincón de la catedral llevándome a los límites de la locura. Imaginando lo que me sucedería si aquella cosa me encontraba me agaché en un rincón, oculto por la columna. Al final pude distinguir claramente cómo su cuello se rompía al caer su cuerpo al suelo luego de ser drenado.

Me atreví a asomarme después de dejar pasar unos minutos… no había ni rastro de la criatura. Solté un sonoro suspiro de alivio y ya regresaba a mi posición cuando lo vi ante mí: alto, frío y mortal. Sin darme tiempo a reaccionar se avalanzó sobre mí y todo fue oscuridad.

A la mañana siguiente me levanté débil y adolorido. La catedral lucía igual de majestuosa que la noche anterior, no encontré rastros de sangre, ni el cuerpo de la muchacha. Llegué a la conclusión de que todo había sido una alucinación provocada por el cansancio y la atmósfera enrarecida del lugar. Tomé mis cosas y salí con, debo admitirlo, una especie de temor sin nombre.

El aire fresco del exterior de la gruta se llevó ése y otros temores. A pesar de que tuve que caminar casi todo el día y buena parte de la noche llegué de buen humor al pueblo. Entré en mi cuarto y puse en orden mis cosas. Aunque ya casi había olvidado el asunto decidí no volver a la catedral y concentrarme en el material recolectado.

Los últimos rayos del atardecer golpeaban mi ventana cuando me sentí con fuerzas de bajar por comida. Mi cansancio había sido tal que había pasado casi todo el día durmiendo. La posadera no se dignó a hacerme caso y rechazó el dinero que le ofrecí. Mencionando algo acerca de la marca de Caín me pidió que abandonara inmediatamente su establecimiento.

Indignado regresé a hacer las maletas. Recogía mis utensilios de afeitar cuando me corté accidentalmente con la navaja. Sin pensarlo llevé la mano a mi boca y empecé a sorber con desesperación. Al darme cuenta de lo desatinado de mi actuar solté todo lo que traía en las manos. Me apresuré a recoger todo. Curioso me incliné a levantar lo último, mi viejo espejo de mano, y no encontré mi reflejo.

La noche avanza mientras termino de escribirte estas palabras. Atando cabos llegué a la única explicación posible: estoy condenado y cada vez más muerto. Fuera el viento ruge con fuerza y… la sed comienza a atacar.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Mujer

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La observo descansar sobre el sillón rojo como su vestido. Sus ojos cerrados dotan de suavidad el resto de su aspecto. Suspiro con satisfacción. En busca del amor decidí acercarme a ella. En busca de traición rocé su cuerpo.

Todo comenzó por casualidad como las mejores cosas. Un día en el trabajo me tocó cubrir turno con ella. El resto es historia. Nuestra historia.

Pláticas, salidas e incontables noches en que respiré la eternidad a través de sus besos. Confianza, sueños y proyectos.

– Deberíamos salir del clóset- le dije un día entre risas, escondiendo mi miedo a su negativa.

– ¿Para qué?- me preguntó muy seria haciendo caso omiso de mis arrumacos.- No pasaríamos de ser unas lenchas despreciadas por todos.

Me callé y no volví a sacar el tema. Lo sepulté bajo besos y caricias salvajes, animalizadas. La hice mía de una y mil formas sin sentirla totalmente. Algo se había roto.

Nuestras salidas se hicieron menos frecuentes. La complicidad se fugó con la ternura por la ventana. Cada vez más pretextos, cada vez “la vida normal” se metió más y más, las exigencias aumentaron, ser una misma ya no era suficiente.

Hace unas horas nos citamos por última vez. Nos entregamos por última vez. Nos juramos amor eterno entre suspiros. La recorrí entera con mis ojos, mi lengua y mis lágrimas. Luego tomé el cuchillo y la penetré con dolorosa satisfacción. Veintitrés cuchilladas bastaron para separarla de mi corazón.

Ahora contemplo su belleza marchita, ahogada por la marea de todo lo que no nos dejará ser. Me acerco y depósito un beso profundo en su boca entreabierta que sabe a corrupción. Acaricio su piel en la que se anticipa el aroma de la podredumbre.

Veo antes de salir mi apariencia ejecutiva e impecable en el espejo. Mi esposo e hijos me esperan en casa para desempeñar el papel que nunca acepté: el de ser mujer.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Virginia

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-¡Ay! Ándale Vicky.

-No.

-Por favor, prima.

-Ya te dije que no, el Chuy y David van a molerme a palos.

-Será sólo un rato, te lo prometo.

-Eso dijiste la última vez.

-Por favor…

La muchacha de negros cabellos y ojos vivarachos miró a Virginia de forma implorante. Ella resistió persistentemente pero al final terminó cediendo, como siempre, a las peticiones de su prima. Con una sonrisa corrió a arreglarse y la obligó a hacer lo mismo. Colocándole flores en el cabello claro, la tomó de la mano y juntas salieron a hurtadillas por la puerta de atrás.

Recorrieron las empedradas calles mientras el sol moría lentamente dejando rastros brillantes en los balcones de las casas.

Llegaron al fin a una casa azul de grandes ventanales. Adornos luminosos las guiaron al interior donde el sencillo baile se llevaba a cabo. Sonrieron a algunas conocidas y se apresuraron a presentar sus respetos a la señora de la casa.

Después todo fue un remolino de colores y movimiento, de risas y promesas dichas a media voz. Virginia esperaba con paciencia en un rincón. Se había cansado de participar en los bailes grupales y miraba las múltiples parejas que se habían formado. Ahí, sola, se sentía verdaderamente tranquila y a salvo. Nadie se atrevía a invitarla a bailar, su cabello castaño y sus ojos claros, que la diferenciaban de la mayoría de las muchachas, provocaban una impresión contradictoria de atracción y repulsión. Los muchachos se sentían llamados por su belleza pero se alejaban con el miedo que despierta lo desconocido en aquellos que no son locos, ni poetas.

Su tranquilidad fue transformándose en preocupación al pensar en todo lo que tenía por hacer al día siguiente: alimentar a las gallinas, ayudar en la siembra… sin olvidar su trabajo en la Casa Grande, ésa que pertenecía a la vieja solterona que tanto parecía apreciarla y en la que vivía el objeto de sus primeras ilusiones de mujer: un joven estudiante que la colmaba de tímidas atenciones. Un sentimiento de urgencia brotó de sus entrañas y la llevó a buscar a su prima para pedirle que regresaran.

Localizó su fragante cabellera detrás de unos árboles. Al verla prendida de los labios del hombre con el que había bailado toda la noche enmudeció de asombro. El rubor la invadió de pies a cabeza dándole algo de color a sus pálidas mejillas. Sin saber qué hacer se quedó ahí mirándolos, incrédula y fascinada. Ellos parecieron notar su presencia y se separaron con no poco pesar. Sintiéndose fuera de lugar murmuró una disculpa y quiso retirarse, olvidada ya de la urgencia que le había hecho buscarla, pero su prima no lo permitió. Tomándola  de la mano, la llevó hacia el hombre a quien presentó como su novio.

Salieron poco después en compañía de otro joven, amigo de éste. Su prima le explicó que a esa hora era ya imposible regresar a casa, que se quedarían con ellos y se marcharían con las primeras luces del amanecer para no ser descubiertas. Horrorizada, Virginia sólo atinó a hacer un gesto de enfado y le juró que nunca participaría de nuevo en sus locuras. Entraron a una de las casitas, de pobre aspecto, y se dispusieron a esperar el amanecer.

El tiempo transcurrió a un ritmo discordante. Entregándose a múltiples manifestaciones de cariño, la prima y su novio parecieron formar un mundo aparte. Virginia se dedicó a mirar las estrellas por la ventana, preocupada por lo que le harían sus hermanos al llegar a casa.

Ya asomaba un tímido rayo de claridad cuando su prima se le acercó y la abrazó con lágrimas en los ojos, pidiéndole perdón. Desde su hombro vio al novio y su amigo discutir hasta que este último asintió de mala gana. Se dirigieron a su encuentro y el amigo pareció reparar en ella por primera vez. Con una mueca de desdén la recorrió de pies a cabeza y luego la tomó de la mano. Sin darle oportunidad de decir nada, los cuatro se dirigieron a la capilla donde un sacerdote los esperaba con una mueca de desaprobación.

Quiso soltarse, correr o esconderse mientras era conducida al altar por ese desconocido. Comprendió entonces las verdaderas intenciones de su prima: casarse en secreto. Como un elemento que no entraba en los cálculos estaba ella, pero gracias al amigo del novio, ese desconocido que la llevaba de mala gana, esa cuenta se saldaba y ya no había marcha atrás. Si no quería ser objeto de los juicios del pueblo y la condena de su familia debía someterse a la solución que le presentaban y aceptar esa unión nacida de un apresurado embuste.

El frío aire otoñal acaricia su piel macilenta llevándose éste y otros recuerdos. Contempla a su nieta, quien la mira con una expresión de incrédula perplejidad. Toma su mano con suavidad explicándole que, en ocasiones, la vida se fundamenta a través del engaño… pues hasta el amor puede nacer de una mentira.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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La cena

Andrei Zadorine + Андрей Задорин - Tutt'Art@ (60)

La mujer rubia se sentó esperando, sabía que él llegaría, no podía faltar a la cita tanto tiempo anhelada.

Una morena de buen cuerpo, en el que, sin embargo, ya se mostraba la huella inclemente del tiempo, entró al local y se sentó en la mesa de enfrente. Al verla, la mujer del cabello de oro inclinó levemente la cabeza y se perdió en sus pensamientos.

El lugar vacío, también parecía aguardar algo. Cada mueble exudaba ansía, dolor, expectativa y una espera insoportable.

Con lentitud las horas pasaron pero ninguna de las dos mujeres mostró ganas de irse. Ninguna palabra cortó el silencio. Se estableció un equilibrio perfecto en el que él era el soporte, su espera constituía la razón de todo, el preludio antes de lo inevitable.

-Te esperaba- una voz varonil, fuerte y segura rasgó el silencio haciéndolo sangrar de una cuchillada.

Ambas mujeres se sobresaltaron poniéndose de pie a la vez. Al verlas, él sonrió mostrándose gratamente sorprendido.

-¡Qué distraído!- murmuró sin parar de sonreír- las cité el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Nunca he sido muy ordenado en estas cosas del amor.

La burla brilló por todo el lugar y las acarició hasta desgarrarlas pero ninguna dio muestras de ello. Se limitaron a esperar lo que seguía. Uniendo las palmas con fuerza, él se acercó más al centro quedando en medio de las dos.

-¡Bueno! Ya que estamos aquí, ¿por qué no pasamos un gran rato los tres?

Las tomó de la mano y las condujo a una de las habitaciones del bar que no era más que el viejo burdel de la familia, abandonado muchos años atrás.

“Ahora sí estoy segura que no he olvidado nada”, pensé con alivio. Contemplé mi reflejo en el espejo y sonreí ante mi aspecto. Ahora sí iba a gustarle. Estaba segura.

La puerta se azotó con fuerza innecesaria. Temblé a mi pesar. “¿Cómo te fue en el trabajo, mi vida?”, pregunté con voz que intentaba ser alegre.

Entró al comedor con fuerza, me tomó entre sus brazos besándome con pasión arrolladora y luego me estampó contra la mesa una, dos, tres veces.

“Te vi”, dijo enloquecido besando y mordiendo mi cuello, “no eres más que una vulgar puta, siempre lo he sabido. Sírveme de comer.”

Arreglándome el vestido corrí a la cocina. Ni siquiera una lágrima se atrevió a brotar de mi centro.

Casi al anochecer se acercó a la sala donde veía un programa. Tomándome de la mano me guió a la cama. Me quitó la ropa con suavidad, besando con amor cada moretón, lamiendo cada cicatriz. Cada embestida suya me vaciaba llenándome. No me atreví a cerrar los ojos y seguí con atención la punta afilada de su vieja navaja que penetraba en mi piel haciéndome amables cortes. Sólo se hundió cuando al fin llegó al clímax. Tuve que coser mi piel como cada noche mientras mi dorado cabello me cobijaba sin darme consuelo.

-Hoy vamos a intentar algo diferente- dijo quitándose la camisa y el pantalón con rapidez.-Creo que ya saben lo que sigue, ¿no? Comiencen.

Ante la orden, las dos mujeres se miraron al fin y se atrevieron a reconocerse. Sus labios se unieron con timidez y un viejo cariño emergió con la fuerza del olvido. El beso aumentó su intensidad y sus manos se aventuraron por el cuerpo de la otra. Habían realizado esa actividad ante él en tantas ocasiones que fue como regresar cariñosamente a una agradable costumbre ya extrañada. Se acostaron en la cama sin dejar de acariciarse, de comprenderse. Como antes formaron una dupla perfecta. En un sillón que estaba colocado de cara a la cama, él se masturbaba con fuerza sin parar de gemir y aferrar la navaja. Lo mejor estaba por venir.

“Hola, guapa. ¿Vienes sola?”. Lo miré indiferente a través de la cortina de negro cabello que me cubría y seguí con mi bebida. Se sentó a mi lado y lo intentó de nuevo. Lancé una sonrisa forzada y lo escuché pedirme una bebida.

Roto el cristal gracias al generoso alcohol nos enlazamos en una plática que terminó en gemidos entrecortados en su departamento.

Una semana después estaba loca por él. Me rogó que nos fuéramos a vivir juntos. Accedí porque estaba enamorada y él me adoraba, ¿qué podía salir mal?

Sus ausencias comenzaron a hacerse más prolongadas. Cada vez discutíamos con mayor frecuencia. Sus golpes se convirtieron en una costumbre que curaba con buen sexo.
El círculo se cerró en torno a mi cuello y ni siquiera me di cuenta. Cerré los ojos y me abrí a su amor calcinante y avasallador que me consumió hasta borrarme.

Al percatarse de la creciente excitación que crecía entre ambas decidió incorporarse al juego. Un puñetazo limpio y eficaz puso a la morena fuera de combate. Montó a la mujer rubia, delicada y enfermiza que durante diez años había sido suya y la gozó como en los viejos tiempos. Su placer trocose en decepción al notar como el brillo desaparecía de los ojos de ella al sentir sus caricias. La golpeó hasta que sintió la sangre manar de sus labios. Su erección se mantuvo al tiempo que sacaba la navaja y la hundía en una de sus viejas marcas, sintió que estaba por llegar al éxtasis, transportado durante unos segundos a ese lugar que no era el cielo, ni siquiera el infierno. Luego todo fue oscuridad.

La mujer de dorados cabellos abrió los ojos al sentir algo caliente y espeso que le salpicaba el rostro. Con un grito de terror se lo quitó de encima y saltó de la cama. La sangre nutría las sábanas y el colchón.

-¡Qué hiciste?
-Lo que debí hacer desde hace cinco años.
-¡Está muerto!
-No podía soportar que te siguiera lastimando.

Ambas mujeres se abrazaron sin cesar de temblar.

-¿Y ahora qué hacemos con él?
-Deshacernos del cuerpo, supongo.

Salieron del cuarto para buscar herramientas y se dedicaron a recorrer el lugar donde él las obligó a iniciar la relación que terminaría por destruirlo. A cada paso, a cada recuerdo, iban desdibujando sus huellas de aquella historia que nunca debió escribirse.

Un golpe seco en la puerta las hizo detenerse. El peso que comenzaba a desaparecer regresó con toda su fuerza. Inmóviles, sin atreverse ni a pensar, esperaron el momento en el que él regresara a ajustar cuentas.

Más golpes. Un sudor frío escurría de sus miembros y el temblor regresó como parte de su ser. Al final algo pareció romperse y la rubia regresó sin atreverse a mirar atrás. La morena no tardó en unírsele y tomadas de la mano retrocedieron cruzando los largos corredores.

Se percataron de que los golpes provenían de la puerta principal y ahí dirigieron sus inseguros pasos. La mujer rubia se adelantó y abrió con cautela. Sus ojos se abrieron de asombro ante el grupo de hombres que se aglutinaba queriendo entrar. De entre ellos se adelantó uno, un hombre brutal y alcoholizado en el que reconoció a su compadre Eustacio.

-¡Ámbarcita! ¡Qué gusto encontrarla! ¿Ya está todo listo?

Ella lo miró sin comprender. Por sobre su hombro se asomó la morena y el regocijo del grupo fue casi palpable.

-¡Así que también está aquí Mónica! Ese compadre es todo un macho. Ámbarcita, ¿ya está la comida? ¿Qué no le dijo mi compadre? Vamos a tener una reunión para celebrar los… ya sabe, debe recordar tan bien como yo, los viejos tiempos.

Una luz que ya no podría apagarse se encendió en los ojos de la rubia. Con voz mesurada les avisó que estaría todo dispuesto para la cena y les cerró la puerta en la cara.

Sin parar de murmurar para sí misma se dirigió al cuarto donde yacía el cadáver de su esposo y ex amor de su vida. Con desprecio lo contempló ahí tendido, helado y patético, y no pudo evitar un suspiro.

Tomó sus pies y lo arrastró fuera de la cama trabajosamente. La morena los miraba en silencio.

-Ámbar, ¿qué se supone qué haces?
-Mónica, no olvides tu promesa.
-La recuerdo todos los días. ¿Qué haremos?
-¿No es evidente? Darles de comer.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Destino

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Sujetando con fuerza la bolsa en la que guardas lo más valioso de tus posesiones vuelves a mirar el cartel fluorescente:

SE RENTA HABITACIÓN PARA DAMA. CON TODOS LOS SERVICIOS. INFORMES EN LA VENTANA.

Vacilante cruzas la pequeña valla y te adentras en el pasto. Tocas la ventana con desmayada fuerza. Se abre luego de unos minutos y una vieja de milenario aspecto te observa con la ceja arqueada.

“Quisiera…”

“¡Ah! Eres tú. Te estaba esperando. Pasa.”

Cierras la boca confundida y te apresuras a entrar ante los ademanes enérgicos de la anciana. El interior del edificio es oscuro y frío pero te sientes a gusto. Apenas reparas en las puertas cerradas a cal y canto mientras recorres el pasillo con la vieja como guía.

Se detienen finalmente ante una puerta negra. “Las cosas están tal como las dejaste. Bienvenida a casa.” Tus ojos se detienen en los centenares de libros, ropa y objetos de diversa procedencia que cubren el departamento. Los sostienes entre tus manos intentado reconocerte en ellos pero fallas.

“Ella me confunde. Debería decírselo. Yo no soy quién piensa.”

Sales y la buscas sin éxito. Regresas al departamento y te acomodas a tu gusto. Después de larga e indecisa reflexión decides permanecer un tiempo ahí y marcharte en cuanto se descubra la verdad.

El sol comienza a acariciar cada rincón de la unidad habitacional. Te levantas con una inusual sonrisa pintándote el rostro. Desayunas en su compañía y le preguntas si puedes servirle en algo pero ella parece no escucharte.

“Lo primero es encontrar un trabajo”, te dices con ánimo renovado. Caminas sin rumbo en espera de topar con otro cartel que dicte tu destino pero no sucede. Regresas al anochecer con el firme propósito de continuar al día siguiente y el siguiente del siguiente. En eso transcurre la noria de tus días, te dejas arrastrar por la corriente pero nada sucede. La cotidianeidad te asfixia, el aburrimiento te posee, todo vuelve a perder su color.

Un día que te sabe levemente diferente tropiezas con él. Sabes quién es al mirarlo a los ojos claros, serenos, que irradian oro verduzco. Él también te reconoce y sonriendo te toma de la mano. Pasean durante tardes sin término, a su lado todo te parece radicalmente diferente.

En rededor se va gestando algo, lo sientes en el ambiente, las palabras, la sonrisa rota de la gente. Se avecina un cambio, puedes presentirlo pero no verlo, tus ojos están velados desde que lo encontraste. Y la anciana que se te perdió entre las sombras, que no está para explicarte qué carajo te rodea, cuál es tu destino. Impotente te limitas a dejarte arrastrar, como siempre.

Tropiezas con ella, por fin, una noche de estrellas apagadas. Se limita a observarte y luego se va. Le diriges preguntas sosegadas que se transforman en gritos que topan contra la fría pared de su indiferencia. Decides acudir a él para que te explique lo que es evidente que también presiente, pero no logras encontrarlo.

Todo ha cambiado, la gente se te confunde, afirmas estar en lugares que nunca existieron -al menos, no todavía- y te pierdes contemplando edificios que dejaron de existir. El velo se niega a caer y te van entrando ganas de arrancarlo a coste de sangre y dolor.

Ella sigue sin hablarte y tú piensas que enloquecerás, que ella siempre supo que tú no eras a la que buscaba y esto es su particular forma de cobrarse por tu estancia, que todo es un plan armado con él para desquiciarte. Armas tu maleta con la firme decisión de largarte y dejar ese lugar de sombras y realidades a medias. Cuando te dispones a salir ella abre la puerta y te obliga a sentarte en una silla.

“Esta vez no te me irás, mi cielo. Me costó tanto hacerte venir, tienes que quedarte.”

“Usted me confunde. Yo no soy quién busca, no soy ella. Prometo pagarle todo pero déjeme ir.”

“Y él que prometió venir por ti pronto. ¿Por qué tardará? Si no salen a tiempo van a encontrarse con la marcha y ya sabes lo que dicen de esos chismes.”

“Pero, ¿de qué me está hablando? Hace años que no se celebra, a nadie le importan los caídos del 68.”

“¿Prometes visitarme, verdad? Estoy tan sola sin ti que eres alma de mi alma.”

“¡No! ¡No quiero regresar! ¿Qué significa todo esto? ¿Quién es usted? ¿Quién soy yo? ¡Explíqueme!”

“¡Oh! Ya lo oigo subir las escaleras.”

Ignorándote sale con agilidad desconcertante. Las náuseas te invaden y llegas al lavabo con dificultad. Vomitas vacío. Te enjuagas la cara, chocas con el espejo y te pierdes en tus ojos oro verduzco.

Lo que viene al final es todo confusión y sangre. Tomas su mano -¿no es acaso tu mano?- y te reflejas en sus ojos claros -¿qué no son los tuyos?-. La gente corre de un lado a otro esa fría tarde de octubre, los soldados disparan.

Caes al sentir el impacto de algo contra tu nuca. Una hemorragia te corona y lava el velo de tus ojos. La marea de personas que corren, matan y mueren, desaparece. Agonizando lo miras -te miras- mientras sus lágrimas bañan tu rostro. Todo se desvanece. Entonces, recuerdas.

La anciana, que se ha convertido en una bella joven, te mira con lástima y toma tu mano -su mano-.

“El juego del gato y el ratón ha terminado.”, dice, “te he atrapado. “Yo gané. ¿Recuerdas que te dije que no podrías huir de mí? Como ves, ya seas hombre, mujer o quimera; en pasado, presente o futuro, siempre iré un paso por delante de ti. Lo he conseguido.”

Se inclina y te besa –lo besa- saboreándote con religiosidad. Acaricia tu rostro -el suyo- y se marcha dejándolos desangrarse convertidos, tras mucho escapar, en un solo espíritu.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH) 

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Descubrimiento

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No creí que volvería a encontrarlo después de aquella, nuestra última vez. Sentí mis mejillas enrojecer y casi pude ver cómo mis ojos recuperaban su luz.

Él no notó mi presencia al principio y eso me dio la oportunidad de observarlo a placer. Su aspecto apenas había cambiado: la tez infantil había sido sustituida por una más varonil, sus ojos brillaban más que nunca y todo su ser transmitía seguridad y simpatía; firmeza y dulzura.

Me senté en un rincón y cerré los ojos suspirando con suavidad. Sus palabras eran un bálsamo y una guía, casi creí su discurso.

Terminó tan rápido que no sentí pasar el tiempo. Abrí los ojos de golpe y tuve que soportar las impertinentes miradas de rechazo por mi atrevimiento. Me encogí de hombros y eso generó expresiones de desaprobación.

Siguiendo un impulso me levanté y caminé hacia él, deteniéndome sólo a escasos centímetros a pesar de las personas que lo rodeaban. La timidez que siempre sufría en su presencia volvió con fuerza arrolladora y me arrepentí de mi “valiente” impulso.

Levantó la vista como obedeciendo a un presentimiento y nuestros ojos se reconocieron. Noté su palidez instantánea, la vacilación en cada uno de sus gestos. Retrocedí para marcharme pero me detuvo reduciendo la distancia entre ambos. Iba a abrir la boca cuando lo llamaron provocando nuestro sobresalto y se dio la vuelta así sin más. Abandoné el recinto con un sabor agridulce en el alma y me prometí no regresar.

Sin embargo, cae más pronto un hablador que un cojo y a la siguiente semana estaba ahí, de nuevo en el rincón.

Sus palabras volvieron a transportarme, a convencerme. Habló del amor y lo mostró como nunca lo imaginé. Abrí los ojos y tropecé con su atenta mirada, otra vez el rubor, otra vez la desaprobación.

Sin poder resistirlo volví a acercarme. Me saludó con una sonrisa cautelosa y me invitó un café. Acepté sin pensarlo. Pronto las anécdotas de nuestra infancia sustituyeron al incómodo silencio. Las risas no tardaron en fluir.

Lo acompañé de regreso. El ambiente de compañerismo que habíamos establecido fue diluyéndose.

Nos detuvimos ante su puerta. Se inclinó para abrazarme y dejé que mis labios impusieran su voluntad. No me rechazó. El contacto se hizo más intenso. Entramos con torpeza y nos desplomamos sobre la cama. Se levantó para quitarse el pantalón, alzó la mirada y pareció herido por un rayo.

Alejándose de mí me pidió que no regresara.

Un frío paralizante sustituyó al calor de hace unos instantes. Me paré torpemente y me vestí negándome a irme hasta recibir una explicación.  Inicié con suavidad pero terminé mis preguntas a gritos. Él permanecía impasible y sereno. De pronto, suspiró pesadamente y se dio la vuelta. Lágrimas caían de sus ojos. Dejando caer un objeto a mis pies salió de la habitación.

Lo levanté con sorpresa y repugnancia: la negra sotana oscilaba con burlona seguridad.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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Michelle

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 Desde esta blanca habitación atisbo por la ventana y veo la luna, inmaculada y lejana, que no deja de susurrar su nombre, introduciéndolo en mis poros, clavando su esencia y consecuencias en mi piel.

Michelle…

Muevo mis labios, aunque ningún sonido brota de ellos, invoco su figura, sus movimientos, sus palabras, su deseo insatisfecho. El recuerdo flagela a tal grado mis sentidos que considero seriamente llamar al enfermero para una dosis extra esta noche. Las drogas son el único camino para combatir las pesadillas. El terror tiene una sola salida: la inconsciencia.

Si al menos Andrea no hubiera insistido en que saliéramos esa noche. Si hubiera abandonado la estúpida idea de apartarme de mis libros y mi mundo de ficción.

Caminábamos por la avenida Madero un viernes. Pasaban de las once de la noche. En mi casa no pusieron reparos ante mi ausencia nocturna. “Necesitas divertirte. Vas a secarte el cerebro y quemar tus pestañas si continuas tras esos libros”, había dicho mi madre. De alguna extraña manera todo parecía más brillante: los anuncios, los locales, la gente. La calle se encontraba casi a reventar, nos detuvimos ante una puerta inusitadamente oscura donde un cadenero, con aspecto de gorila, custodiaba la entrada.

Mostramos las identificaciones y accedimos a ese universo desconocido-al menos para mí-. Luces cegadoras y el humo de numerosos cigarros formaban el ambiente. La música estaba a tope, la mayoría se movía al ritmo desenfrenado de las notas mientras otros se entregaban a sus instintos en cubículos. Una alegría cristalizada y desafortunadamente falsa flotaba por encima de todo, completando el cuadro.

Andrea se acercó a la barra por bebidas y me pidió brindáramos por mi introducción al mundo real. Volteé a mi alrededor, para ser el mundo real todos tenían aspecto de criaturas condenadas, ángeles caídos que para no hundirse en el olvido se entregaban a sus pasiones. Bebió el contenido de su vaso con rapidez y, con un grito de euforia, me invitó a bailar. Se veía preciosa: su largo cabello negro caía en ondas hasta su cintura y contrastaba con su blanca piel, la cual podía ver en todo su esplendor gracias al ceñido vestido rojo que apenas la cubría. Se acercaba a mí dispuesta a seducirme, eso me confundió y emocionó, me entregué a sus promesas, anhelaba olvidarme de mí y darle rienda suelta a mis deseos.

Bailamos hasta que ya no sentí el cuerpo, provocándonos cada vez más. Tomándome de la mano me guió, no a un cubículo como pensé en un principio sino a un cuarto que parecía estar clausurado. Me besó, la acaricié, nos embriagamos con la culminación de nuestros apetitos más primarios. Con mareo creciente me sumergí en una vorágine que concluía con la satisfacción de todo lo que llevaba dentro. Me asusté al no vislumbrar el fin.

Ahora pienso que Andrea también se dio cuenta que no había un final. Quiso apartarse de mí, no se lo permití. Nos debatimos durante una eternidad, logró zafarse con un empujón violento y salió corriendo.

Trocado el placer en aflicción fui tras ella. De un segundo a otro todo se había tornado confuso.

Tropezó. Salido de quién sabe dónde un muchacho de complexión delgada se acercó a ella. La golpeó sin misericordia. Azotó su cabeza contra el suelo hasta que la sangre brotó como un manantial. Inmóvil, lo contemplé sin atreverme a intervenir. Su aspecto se tatuó en mis pupilas: pantalón de mezclilla, camisa y una gorra negra que no permitía ver su rostro. Tenía un no sé qué de suave en la forma de moverse a pesar de lo violento de sus acciones.

Giró su rostro hacia mí. Estaba delineado con delicadeza: boca pequeña, nariz afilada, ojos azules, pestañas largas y negras como la noche… no, no podía ser un muchacho, no podía serlo. Pensé en un ángel, un ángel dispuesto a vengar la no culminación del deseo.

Se acercó a mí con deliberada lentitud y gracia juguetona. Tomó mi mano y salimos de ahí, el cuerpo de Andrea quedó como mudo testigo…

Con urgente necesidad entro al baño y choco con un espejo que la enfermera olvidó cubrir. Me acerco a él con curiosidad. Pago cara su distracción. Los alaridos brotan de mi garganta, el paisaje se tiñe de rojo mientras los enfermeros entran e intentan contenerme. El reflejo se ríe de mí, multiplicado por cien. Ni todas las drogas del mundo podrán hacerme olvidar la última burla de un rostro delicadamente delineado, de boca pequeña y ojos nocturnamente azules. Mi propio reflejo, espejo del deseo jamás satisfecho.

Escucho a la luna pronunciar su nombre, mi nombre, como una oración blasfema: Michelle.

Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

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